Nueva 347, 8/3/1998

Piedra preciosa

LA VIDA EN ÁMBAR

Los yacimientos de esta resina fosilizada hacen las delicias de los paleontólogos: pocos elementos ofrecen tanto material en perfectas condiciones para estudiar cómo era la vida hace millones de años.

Por Amanda Paltrinieri

Hace poco se encontró un pequeño saurio fósil que no llega a medir seis centímetros, cuya antigüedad se estima en unos cuarenta millones de años. La noticia mereció un pequeño espacio en los diarios: resulta que el bicho es el primer reptil que aparece encerrado en una pepita de ámbar.

Este material ya dio muchas alegrías a los paleontólogos, pues el estado de conservación en que se mantienen los animales y vegetales encapsulados es perfecto. Incluso en algunos casos se hallaron restos de ADN intactos, algo que hasta no hace mucho parecía imposible de obtener.

No es que sea fácil: el ámbar -una resina fosilizada- se origina de un solo género de plantas (Hymenaea) y los yacimientos no abundan. Los más generosos están en el mar Báltico y en el Caribe. Las pepitas que contienen fósiles no pasan de uno por ciento en el mejor de los casos, pero ofrecen un material invalorable.

Crónica de un milagro

Por algo es tan difícil encontrar piezas ricas en fósiles: su formación insume millones de años en condiciones especiales.

Los insectos hallados en los yacimientos de República Dominicana, por ejemplo, convivieron con los dinosaurios en el período cretácico, hace entre sesenta y cinco y ciento cuarenta millones de años. ¿Qué ocurrió con cualquiera de ellos para que llegara a nosotros encapsulado en ámbar?

Para empezar, el bicho tiene que haber tenido la mala suerte de acercarse demasiado a algún tronco de Hymenaea que exudara resina y quedar atrapado en ella. A medida que fluía, la savia terminó ahogándolo, envolviéndolo y evitando su descomposición: para eso, ciertas sustancias de la resina debieron penetrar en el animalejo, reemplazar el agua que poseían sus tejidos y matar las bacterias que pudiera contener.

Pero esto no es suficiente: la resina hubo de endurecer, caer al suelo y ser sepultada por sedimentos durante millones de años para que la presión producida por tanto peso encima la convirtieran en ámbar, una sustancia sólida y de aspecto vítreo. Por último, algún movimiento tectónico debió hacerla aflorar a la superficie.

Si tantas casualidades encadenadas pueden parecer casi milagrosas, todavía más notable es el estado en que se encontraron algunos especímenes: con células intactas, los tejidos deshidratados, pero no encogidos, y fragmentos de ADN en perfecto estado.

Lo que el ámbar ofrece bajo el microscopio es valiosísimo para los científicos, pero tan maravilloso como la reconstrucción de una secuencia de ADN es lo que muestra casi a simple vista: una instantánea tridimensional, escenas cotidianas congeladas en el momento de la muerte que nos permiten atisbar cómo era la vida hace decenas de millones de años.

© 1998

Volver