Nueva 324, 28/9/1997

Anita Garibaldi

LA GUERRERA GAUCHA

El héroe, Giuseppe, la vio con el catalejos desde su barco. Ella, la muchacha, caminaba por la playa... El más espectacular filme hollywoodense es un poroto al lado de la historia que vivieron juntos.

Por Amanda Paltrinieri

Para Ana María de Jesús Ribeiro da Silva, gaúcha de Laguna, la vida comenzó a los diecinueve años. Hasta ese día de 1839 su única realidad se llamaba Manuel Duarte, un zapatero borracho e indolente al que su familia la había atado. Por eso iba a la playa: para robar a un matrimonio no deseado unos momentos de paz. No sabía que la espiaban desde uno de los barcos que atracaban en el puerto...

Eran días bravos en Brasil. Su ciudad, capital del estado de Santa Catalina, había sido tomada por los farraposos (harapientos), como llamaban a los revolucionarios que unos años antes se habían levantado contra el emperador Pedro II y proclamado la República de Río Grande.

Entre los combatientes había un grupo de italianos, exiliados por haber luchado en su país contra el dominio austríaco, al mando de un hombre de treinta años: Giuseppe Garibaldi, quien había cruzado el Atlántico escapando de una condena a muerte dictada en Génova por un sublevamiento fallido.

Como corsario de la efímera república Garibaldi había sufrido diversas peripecias -entre las que se incluía una estancia como prisionero en la provincia de Entre Ríos-, pero gracias a él pudieron organizar una flota cuya ayuda fue fundamental para que los insurgentes se apoderaran de Laguna.

Amor a primera vista

Desde el barco, era él quien espiaba a Anita. Alta, fuerte, dueña de unos ojos vivaces y un andar altivo, la criollaza flechó -sin saberlo- a Garibaldi hasta el punto de que lo hizo bajar a tierra para averiguar dónde vivía.

La casa de Anita era fácil de ubicar. Allí se presentó él, con su poncho y chambergo gaúchos que contrastaban con su pinta de gringo rubio de ojos celestes.

"Nos quedamos estáticos y silenciosos los dos -contó después en sus memorias-, mirándonos como dos personas que no se ven por primera vez. Finalmente la saludé y le dije: ‘Usted debe ser mía’."

Tan impresionado estaba Garibaldi que, a pesar de los años vividos en Brasil sólo atinó a hablar en italiano. Anita también era una mujer vehemente y pronto supo él de la fogosidad de su carácter. Fuera porque Giuseppe la raptó o porque ambos se fugaron, lo cierto es que el zapatero Duarte pasó a la historia.

Pero no todo era color de rosa: aunque vivieron un tiempito en la ciudad, a medida que la situación empeoraba para los republicanos arreciaban las murmuraciones contra la pareja y los amantes decidieron -por seguridad- instalarse en uno de los barcos.

Tuvieron como lecho nupcial la Itaparica, nave insignia de las fuerzas insurgentes. Quizá por eso fue tan fuerte la relación entre ambos: para Anita el amor quedó ligado al olor a pólvora, las canciones de guerra y los preparativos para el combate.

Pero una cosa eran las vísperas y otra la guerra en serio. Cuando se divisó de lejos la Andorinha, nave imperial varias veces mejor equipada que la Itaparica, Garibaldi ordenó que la joven bajara a tierra y se dedicó a organizar la lucha.

ˇJa! Apenas comenzó la batalla Anita salió del escondite donde se había ocultado y se puso a cargar armas, alcanzarlas, disparar ella misma, insultar al enemigo y azuzar a su gente. La cosa comenzaba a ponerse fea, cuando un providencial cañonazo asestado desde la costa dio en la nave enemiga y la obligó a retirarse.

De todos modos fue una victoria efímera, pues las fuerzas imperiales eran demasiado poderosas y sofocaron el movimiento. Los farraposos debieron refugiarse en la clandestinidad de la selva y alternar combates con retiradas.

Anita ya estaba embarazada cuando en una de las refriegas mataron su caballo y la tomaron prisionera. Era un botín demasiado precioso y los soldados esperaban usarla como carnada para capturar al italiano. Ella no les iba a dar el gusto: amparada por la noche, robó una cabalgadura y escapó. La persiguieron, y la dieron por perdida cuando la vieron lanzarse a un río caudaloso, lleno de remolinos. Sin embargo la gaúcha logró llegar a la orilla, asida a la cola del caballo.

Unos campesinos la recogieron desfalleciente y le dieron un poco de café. Cuando recuperó fuerzas se internó en la selva y deambuló por allí varios días, sin probar bocado, hasta que pudo encontrar el campamento de Garibaldi. Esa noche él se enteró de que iba a ser padre.

Al crío lo llamaron Menotti, en homenaje a un patriota italiano. Tenía una ligera deformación en la cabeza, producto de la caída de Anita cuando la apresaron, y no conoció más pañal que una bufanda paterna. Pasó su lactancia en el monte, ajeno por su edad al horroroso recuerdo de la huida.

Interludio montevideano

Por fin los Garibaldi consiguieron asilarse en Montevideo. Por un tiempo las únicas batallas fueron las de la pasión, pues mientras el italiano apreciaba el efecto que su halo de héroe romántico producía en las mujeres, el temperamento explosivo de Anita no le perdonaba esas escapadas. Cuentan que alguna vez se le apareció con dos pistolas, una destinada a matarlo a él y la segunda para liquidar a la dama de turno. De todos modos, Garibaldi amaba a su compañera, admiraba mucho su valía y no habría renunciado a ella ni loco. Durante la estancia montevideana se casaron (para lo que debieron falsificar un certificado de defunción del primer marido de Anita) y tuvieron tres hijos más: Rosita, Teresita y Riciotti.

Pero si allí esperaban encontrar paz, se equivocaron de medio a medio: los conflictos de la Banda Oriental desembocaron en el "sitio de Montevideo" puesto durante más de ocho años por el general Manuel Oribe, aliado uruguayo de Juan Manuel de Rosas.

Los extranjeros refugiados -incluidos los unitarios y federales argentinos que habían escapado del rosismo- se agruparon en legiones según su nacionalidad para defender la ciudad. Para vestir a la legión garibaldina, Anita usó unas túnicas que habían encargado los carniceros de Buenos Aires antes del bloqueo. El rojo de esas camisas y el negro de la bandera que eligieron como emblema fueron después los colores elegidos por movimientos rebeldes en todo el mundo.

Con un par de barcuchos, Garibaldi debía burlar la flota que mandaba el almirante Guillermo Brown. Su arrojo despertó la admiración del irlandés, quien tuvo la oportunidad de tomarlo prisionero y lo dejó escapar. Durante un viaje a Gran Bretaña, cuando la guerra todavía no había terminado, Brown hizo escala en la Banda Oriental para entrevistarse con su querido enemigo.

Dos victorias -Cerro y San Antonio de Salto- lo convirtieron en ídolo para los montevideanos, quienes lo hicieron desfilar por las calles. Pero la euforia del momento fue opacada por la muerte de la pequeña Rosita. Y coincidentemente, del otro lado del Atlántico llegaron noticias movilizadoras: en toda Italia se producían alzamientos y las condiciones parecían dadas para quitarse de encima a los austríacos.

La última batalla de Anita

En 1848 estalló la guerra en Italia y los piamonteses le pidieron auxilio a Garibaldi. Anita viajó primero, con sus hijos, para organizar la recepción de su marido. Después viajó él y se puso con tres mil voluntarios al servicio del rey de Cerdeña, Carlos María de Saboya.

Como siempre, el enemigo era demasiado poderoso: además de los austríacos, debían combatir contra ejércitos franceses y españoles y las tropas pontificias. Garibaldi derrotó dos veces a los franceses pero finalmente fue vencido en Roma, ciudad que habían logrado tomar. Anita, embarazada de cinco meses, combatió a su lado vestida con el uniforme garibaldino y un sombrero gaúcho, armada con sable y pistola.

Huyeron hacia el norte con cuatro ejércitos pisándoles los talones y se tomaron un respiro en la pequeña república de San Marino, donde fueron recibidos como héroes. Allí estaban a salvo y habrían podido quedarse (al menos Anita, que no estaba bien, hasta que diera a luz). Pero el plan era llegar a la ciudad de Ravena y la gaúcha se negó a separarse de su marido.

Apenas dejaron los muros de San Marino recomenzó la persecución. Ya cerca de Ravena hicieron un alto en una playa: semejante fuga, con las balas rozando sus cabezas, había sido demasiado para el embarazo de Anita y la fiebre se la llevaba. Pudo llegar un médico, amparado por la noche, pero no hubo nada que hacer: Anita murió el 4 de agosto de 1849, poco antes de cumplir treinta y dos años.

Garibaldi llegó a Ravena: estaba en la mitad de su vida, y la otra mitad fue tanto o más movida que la primera, con una sucesión de victorias y derrotas, exilios y retornos. La unidad italiana se alcanzó más de diez años después, en gran parte gracias a sus esfuerzos, que integraron a Sicilia y Nápoles en la nueva nación. Pero sufrió la paradoja de ver cómo su ciudad natal, Niza, quedaba en manos francesas por tejemanejes políticos.

También peleó junto a los franceses en la guerra con Prusia y, antes, Abraham Lincoln quiso que lo ayudara en la Guerra de Secesión. Fue un dios en vida, aclamado en cada lugar que pisaba.

Después de la muerte de Anita tardó diez años en volver a casarse, aunque ese matrimonio duró apenas un día pues su flamante esposa, una condesa, tenía un amante. Mejor le fue con su tercera mujer, que lo sobrevivió.

Anita fue enterrada a los apurones en aquella playa de Ravena. Unos perros la desenterraron, pero sus propios enemigos le dieron finalmente una sepultura digna: esa gaúcha que en treinta y un años amó como loca, se rió de las convenciones y libró tres guerras, se había ganado el respeto universal por sus propios méritos. En Laguna, una estatua y la casa convertida en pequeño museo recuerdan a su principal heroína •

© 1998

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