Nueva 349, 22/3/1998

Armas biológicas

LOS BICHOS DE LA MUERTE

Varios países además de Irak se dedican a obtener este tipo de armamento. Peor aún: cualquier delirante puede fabricar su propio arsenal.

Por Amanda Paltrinieri

 

Casi en el mismo momento en que comenzaba a regir el ultimátum de los Estados Unidos a Irak, algunas publicaciones periodísticas informaron sobre otros dos costados del tema de las armas biológicas (Nueva 300) que han sido dejados de lado.

Uno, la denuncia de que Rusia vuelve a fabricar este tipo de armamento (o nunca dejó de hacerlo), desnuda el hecho de que Irak no es el único país que lo desarrolla, como podría pensarse. El otro es más pavoroso aún: la comprobación de que la tecnología necesaria para obtenerlo está al alcance de cualquiera.

Virus y bacterias

En los laboratorios se trabaja con diversos organismos infecciosos. De los ciento de agentes biológicos potenciales, los más conocidos son cuatro.

El bacilo del ántrax o carbunco, Bacillus anthracis, produce síntomas que al principio podrían tomarse como de enfermedades respiratorias, pero que derivan en fiebres altas, vómitos, dolores articulares, hemorragias internas y externas y, finalmente, la muerte.

La toxina liberada por una bacteria llamada Clostridium botulinum provoca botulismo, que cursa con náuseas, diarrea y parálisis respiratoria. Yersinia pestis es la causante de la peste bubónica, cuyos síntomas comienzan con fiebre y delirio y desembocan en la muerte. El virus Ébola, siniestra vedette, produce fiebre, artritis, delirio y hemorragias. También provoca la muerte.

Para algunos de estos agentes hay vacunas; otros pueden contrarrestarse con antibióticos. Pero la gran mayoría es letal (contra el Ébola, por ejemplo, no se conoce tratamiento alguno). Para que una población pudiera prevenirse eficazmente, debería saber de antemano con qué la van a atacar porque no existe ningún antídoto general. Hasta ahora, lo único que sirve son las máscaras respiratorias -cuyos filtros impiden que pasen partículas mayores de un micrón- y trajes especiales que impiden el contacto con la piel.

Del mostaza al ántrax

La Historia registra pocos casos de empleo de virus y bacterias como sistema de aniquilación del enemigo: se sabe, por ejemplo, que en la Edad Media los sitiadores de algunas ciudades catapultaban dentro de ellas cadáveres de víctimas de la peste y que oficiales ingleses distribuyeron entre algunas tribus norteamericanas mantas contaminadas de viruela para que la enfermedad causara estragos en la población. En este siglo, los japoneses usaron bacterias de la peste contra los chinos.

En cambio, se usaron más armas químicas, a pesar de la repulsión que causaron las imágenes del su "estreno" durante la Primera Guerra Mundial, que mostraban a las víctimas del gas mostaza echando espuma por la boca, presas de convulsiones, hasta morir asfixiados. Cuando, no hace muchos años, el propio Saddam Hussein masacró a los kurdos con agentes químicos (Nueva 179) nadie movió un dedo.

El poder de aniquilación que tienen las armas químicas y las biológicas es aterrador, pero aun entre ellas hay una diferencia pavorosa. Un producto químico es inanimado y, por lo tanto, pasado cierto tiempo desaparece o puede ser desactivado. Un agente biológico, por el contrario, puede reproducirse ilimitadamente: aunque pueda haber quien no sienta reparos morales para usarlo, está obligado al menos a pensar que este armamento se le puede volver en contra. Yersinia pestis, por ejemplo, puede multiplicarse más de mil veces en diez horas. Otro caso: "descontaminar" la isla de Gruinard -frente a la costa escocesa-, afectada por experimentos con ántrax durante los años cuarenta, insumió cuatro décadas.

El Recinto 19

En 1979 se desató una mortandad en la ciudad de Sverdlovsk (que ahora volvió a llamarse Ekaterimburgo, en Rusia): según la versión oficial, casi setenta personas habían fallecido por comer carne contaminada.

Lo extraño del caso fue que se enterró a las víctimas con cal, se roció la ciudad con productos químicos, se vacunó a la población y no dejaron vivo a ningún animal vagabundo. Incluso las historias clínicas de los enfermos quedaron en manos de la KGB.

Tanta premura resultó doblemente sospechosa: en las afueras de la ciudad hay una especie de pueblo conocido como Recinto 19, cuyo nombre real es Centro para Cuestiones Militares y Técnicas de Defensa Antibacteriológica.

En 1992 el presidente ruso, Boris Yeltsin, reconoció la verdad: la causa de tantas muertes no había sido carne contaminada sino esporas del bacilo del ántrax producido en el recinto, que se habían dispersado en el aire.

Rusia es firmante de la Convención sobre Armas Biológicas, ratificada por ciento cuarenta países que se comprometieron a desactivar este tipo de arsenales y no desarrollarlos excepto en mínimas cantidades para fines teóricamente preventivos o pacíficos. Aunque está en vigor, el tratado tiene un punto flaco: cómo hacer inspecciones realmente efectivas.

Mijail Gorbachov ya había ordenado destruir varias instalaciones, y Yeltsin anunció en su momento que Rusia renunciaba a las investigaciones para la guerra biológica ofensiva y que se limitaría a los fines defensivos. Varias plantas fueron inspeccionadas por vedores extranjeros, pero nadie pudo entrar en el Recinto 19.

Se supone que éste, según los dichos oficiales, está dedicado a investigaciones biológicas con fines pacíficos como la bacteria comepetróleo (Nueva , pero si es así no se entiende la seguridad que lo rodea, más parecida a la de las instalaciones nucleares que a un laboratorio.

En este marco, las denuncias del teniente coronel Yevgeni Tulykin cayeron como una bomba: el militar, quien trabajó en el Recinto hasta diciembre de 1996 como director de personal, afirma que allí reanudaron la fabricación de armas biológicas. Tulykin dice que desde 1994 comenzaron a reacondicionar las instalaciones y que los trabajos se aceleraron el año pasado. Según cree, por ahora sólo hacen producción de laboratorio, pero teme que las actuales autoridades del Recinto convenzan al gobierno de financiar la producción de armas. Con él coincide Andrei Mironov, militante de la organización de derechos humanos Memorial.

Tentaciones peligrosas

Rusia e Irak no son los únicos países sospechados. En 1995, varias oficinas gubernamentales de los Estados Unidos señalaron que otros quince países fabricaban armas biológicas: Bulgaria, Corea del Norte, Corea del Sur, Cuba, China, Egipto, India, Irán, Israel, Laos, Libia, Siria, Sudáfrica, Taiwán y Vietnam.

Aun suponiendo que los informes son reales y no están influidos por las necesidades geopolíticas de los Estados Unidos, que la producción de armamento biológico se mantenga dentro del ámbito estatal implica que está sometida a ciertos controles. Mucho más temible es que resulta muy fácil hacerse de un arsenal de este tipo: no cualquiera puede construir una bomba nuclear en su casa, pero sí -en las condiciones apropiadas- obtener un cultivo de bacterias letales.

El mes pasado, agentes del FBI arrestaron a dos hombres, Larry Wayne Harris y William Leavitt, miembros de un grupo pronazi llamado Nación Aria, acusados de producir ántrax en el laboratorio de una clínica de Las Vegas. La noticia conmovió a los estadounidenses, sensibilizados por la crisis con Irak, y el propio presidente Bill Clinton hizo declaraciones para tranquilizar a la gente.

Lo grave del asunto es que Harris ya fue detenido hace casi tres años por el mismo motivo. Había encargado por correo muestras de Yersinia pestis, pero el laboratorio que se las vendió entró en sospechas y lo informó al FBI. Cuando lo arrestaron se defendió diciendo que pensaba escribir un libro sobre la guerra bacteriológica, y sólo pudieron condenarlo como culpable de fraude postal.

En 1984, una tal Ma Anand Sheela diseminó en cuatro restaurantes bacterias del género Salmonella que infectaron a más de setecientas personas.

Al lado del bacilo de la peste o del ántrax, el episodio de la Sheela puede parecer ingenuo, pero ¿cuántos Harris puede haber por ahí? Todos recuerdan los atentados de 1995 con gas sarín (uno de los cuales causó más de diez muertes) producidos por la secta Verdad Suprema, en Japón. Tiempo antes, en 1992, el líder del grupo y varios seguidores habían viajado a Zaire. Ellos adujeron que con el propósito de ayudar a las víctimas del Ébola, pero todo indicaría que en realidad trataban de obtener muestras. Nadie parece querer pensarlo demasiado, pero ¿qué habría pasado si en vez de sarín hubieran esparcido en Japón un virus contra el cual no hay defensa alguna?

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