Nueva 326, 12/10/1997
Relatos del Descubrimiento
Miguel de Cúneo fue un amigo de Cristóbal Colón que participó del segundo viaje a nuestro continente. Una larguísima carta que escribió a su regreso se convirtió en un triste registro: el de la primera violación documentada de una americana.
Por Amanda Paltrinieri
De chicos, Miguel de Cúneo y Cristóbal Colón jugaban juntos en las calles de Savona, allá en Génova. Seguramente esto pesó mucho cuando el descubridor lo incluyó como tripulante de la segunda expedición a las Indias: bastante mal le había ido en la primera con Martín Alonso Pinzón, quien le hizo cuanta zancadilla pudo.
Aunque de diferente condición -Colón padre era cardador de lana y don Cúneo tenía una flota naviera-, las dos familias se frecuentaron durante un tiempo, hasta que tuvieron un pleito que llegó a los tribunales. Pero para entonces Cristóbal y Miguel ya estaban en lo suyo -en el mar el primero y en la Universidad de Milán el segundo- y no tuvieron parte en la disputa.
La participación de Cúneo (o Miguel de Savona, como también se lo llamaba) en el segundo viaje rindió sus frutos: salvo el informe del médico Diego Álvarez Chanca, la larguísima carta que escribió a un amigo suyo es el único relato que se conserva de la expedición.
"El original está guardado en los Archivos de Génova -dice Carlos Cúneo, descendiente de la familia savonesa-. Miguel había vuelto a Europa en febrero de 1495, y en octubre escribió esta carta a un amigo, Jerónimo Annari, contándole en detalle las aventuras."
El viaje de Miguel de Savona duró diecisiete meses. La flota (diecisiete barcos con mil doscientos hombres) partió de Cádiz el 25 de septiembre de 1493. Casi un año y medio después, el savonés regresó junto con Diego Colón -hermano del Almirante- en un grupo de cuatro carabelas, mientras el resto quedaba en el nuevo continente.
"Miguel hizo su propio descubrimiento -comenta Carlos Cúneo-: una isla que está frente a Haití, a la que bautizó la Bella Savonesa y que le fue regalada por Colón. Según la carta, allí vivían unas treinta mil personas. De todos modos, Miguel no vivió para sacar ganancia alguna de Saona, como todavía se llama."
La carta es un entretenido relato de aventuras (los encuentros con taínos y caribes, el descubrimiento de las Antillas, la antropofagia, el hallazgo del Fuerte Navidad -que había quedado del primer viaje- en ruinas), pero también se convirtió en un raro documento: al narrar sus peripecias, Savona contó cómo doblegó a latigazos a una caribe que le había sido entregada. Tal como está contado, fue sólo un episodio más de los tantos vividos por Cúneo en nuestro continente: vista con nuestros ojos, la suya fue la primera violación documentada de la conquista americana.
El siguiente es un extracto de la carta.
A los 15 días de octubre de 1495 en Savona.
Al noble señor Jerónimo Annari.
Oh noble y honorable señor: He recibido una vuestra del 26 del pasado, a la cual di breve respuesta pensando que dentro de pocos días estaría personalmente con vos.
(…)
En dicha isla Santa María Galante cargamos agua y leña; está deshabitada aun cuando es llana y está cubierta de árboles. Ese mismo día izamos velas y llegamos a una isla grande que está poblada por caníbales, los cuales al vernos huyeron en seguida a las montañas. En esa isla bajamos a tierra y allí nos quedamos cerca de seis días; la causa fue que once hombres de los nuestros, que habían acordado formar una banda e ir a robar, entraron en el desierto cinco o seis millas; cuando quisieron retornar no supieron encontrar el camino, aunque todos eran marineros y observaban el sol, pero no lo podían ver bien por la espesura de los bosques y las breñas.
Cuando el señor Almirante vio que estos hombres no volvían ni se sabía dónde estaban, mandó doscientos hombres divididos en cuatro cuadrillas, con trompas, cuernos y linternas, pero tampoco así pudo encontrárselos y momentos hubo en que más temimos por los doscientos que por los primeros. Pero plugo a Dios que los doscientos volvieran, aunque con gran hambre y fatiga. Juzgamos que los primeros once habían sido comidos por los caníbales, como acostumbran hacerlo.
Sin embargo, luego de cinco o seis días, plugo a Dios que dichos once hombres, cuando ya no teníamos esperanzas de encontrarlos, encendieran un fuego en un cabo; nosotros, viendo el fuego, juzgamos que eran ellos y enviamos una barca a buscarlos y así fueron recobrados. Si no hubiera sido por una mujer vieja que nos mostró el camino, allí hubieran quedado desamparados, pues al día siguiente debíamos hacernos a la vela para seguir nuestro viaje.
En dicha isla apresamos doce mujeres, muy bellas y gordas, entre quince y dieciséis años de edad, y con ellas a dos mozos de la misma edad, los cuales tenían cortado el miembro generativo al ras del vientre; juzgamos que le habían hecho eso para que no se mezclaran con sus mujeres o tal vez para engordarlos y después comerlos. Estos mozos y mozas que habían sido apresados por los caníbales los mandamos a España como muestra para el Rey. A dicha isla el señor Almirante le puso como nombre Santa María de Guadalupe.
(…)
Uno de esos días en que habíamos echado anclas vimos venir desde un cabo una canoa -es decir, una barca, pues así la llaman en su lengua- dándole a los remos que parecía un bergantín bien armado, y en ella venían tres o cuatro caníbales, dos mujeres caníbales y dos indios que venían cautivos, a los cuales, como hacen siempre los caníbales con sus vecinos de las otras islas cuando los apresan, les acababan de cortar el miembro generativo al ras del vientre, de modo que aún estaban dolientes. Como teníamos en tierra el batel del capitán, al ver venir esa canoa prestamente saltamos al batel y dimos caza a la canoa. Al acercarnos, los caníbales nos flecharon tan reciamente con sus arcos, que si no hubiera sido por los paveses, nos hubiesen malherido; os diré que a un compañero que sostenía una adarga, le tiraron una flecha que atravesó el escudo y le entró tres dedos en el pecho, de tal modo que murió a los pocos días. Apresamos la canoa con todos los hombres y un caníbal fue herido de un lanzazo en forma que pensamos que había sido muerto y lo tiramos al mar dándolo por tal; pero vimos que súbitamente se echaba a nadar, de modo que lo pescamos con un bichero, y lo acercamos al borde de la barca y allí le cortamos la cabeza con una segur. Los otros caníbales, junto con los esclavos, fueron enviados a España. Como yo estaba en el batel, apresé a una caníbal bellísima y el señor Almirante me la regaló. Yo la tenía en mi camarote y como según su costumbre estaba desnuda, me vinieron deseos de solazarme con ella. Cuando quise poner en ejecución mi deseo ella se opuso y me atacó en tal forma con las uñas, que no hubiera querido haber empezado. Pero así las cosas, para contaros todo de una vez, tomé una soga y la azoté tan bien que lanzó gritos tan inauditos como no podríais creerlo. Finalmente nos pusimos en tal forma de acuerdo que baste con deciros que realmente parecía amaestrada en una escuela de rameras. Al dicho cabo de esa isla el señor Almirante le puso el nombre de Cabo de la Flecha, por aquel que había sido muerto por una flecha.
(…)
Después de haber dicho la naturaleza y calidad de las bestias, ahora me resta hablar de los hombres. Así pues diré que los hombres, de uno y otro sexo, son de color oliváceo, como los de las Canarias; tienen la cabeza chata y la cara de tártaros; son de pequeña estatura: la mayor parte tienen muy poca barba, piernas bellísimas y piel muy dura. Las mujeres tienen los pechos muy redondeados, firmes y bien formados. Éstas, en su mayor parte, en cuanto paren llevan sus hijitos al agua para lavarlos y lavarse ellas mismas; después del parto no se les arruga el vientre, sino que les queda tirante lo mismo que los pechos. Todos van desnudos, aun cuando las mujeres, después de que han conocido hombre, se cubren por delante con hojas de árbol, con un pedazo de tela de algodón o con bragas de la misma tela.
Comen toda clase de animales salvajes y aun venenosos, tales como serpientes, que pesan entre quince y veinte libras cada una; cuando tropiezan con las más grandes, éstas se los comen a ellos. Cuando quieren comer una de esas serpientes, la asan al fuego sostenida por dos leños; alguna vez que nos faltó comida nosotros también las comimos y nos parecieron muy buenas: tienen la carne blanquísima. También comen perros, que no son demasiado buenos. Además comen culebras, lagartos y unas arañas que tienen el tamaño de pollitos; además comen algunos grillos venenosos, que nacen en los pantanos, y son grandes y pesan de libra a libra y media. Del mismo modo comen, a manera de pan, aquellas grandes raíces semejantes a nuestro rábano de que os he contado antes; su bebida es el agua.
Los caníbales e indios, aun cuando son innumerables y habitan en inmensos territorios muy distantes entre sí y poco frecuentados, hablan sin embargo el mismo lenguaje, viven de la misma manera y por su aspecto parecen una sola nación, salvo que los caníbales son más feroces y más agudos que los indios. Cuando los caníbales apresan a los indios, los comen como nosotros comeríamos un cabrito; dicen que la carne de los mozos es mucho mejor que la de las mujeres. Son muy golosos de carne humana y por comerla algunos salen de su país por seis, ocho y diez años sin repatriarse; y se quedan hasta agotar la población de la isla. Si no ocurriese esto, los indios se multiplicarían tanto que cubrirían la tierra. La razón de esto es que comienzan a generar en cuanto llegan a la edad propicia y sólo mantienen continencia frente a las hermanas: el resto es común. Hemos querido averiguar de los caníbales cómo apresan a los indios y nos han dicho que se esconden durante la noche y al amanecer rodean las casas y los apresan.
Los caníbales y los indios se cortan el pelo y la barba, lo mismo que las mujeres; los hombres se rasuran con cañas y con los dedos se arrancan los pelos de las narices. Sus cuchillos son piedras afiladas como verdaderos cuchillos; les colocan un mango y con ellos cortan y trabajan sus barcas, que ellos llaman canoas, que son árboles ahuecados a fuerza de cuchillo y en ellas navegan de isla a isla. No usan velas sino remos, que se parecen a las palas para majar el cáñamo.
(…)
Alzamos velas para seguir costeando hacia la mencionada isla Lamahich, donde decían que había ese bendito oro e hicimos la travesía con un tiempo pésimo; juzgamos que fueron unas ciento cincuenta millas navegando a palo seco.
Arribamos a un puerto muy bueno y muy poblado, y apenas anclamos, súbitamente teníamos al pie cerca de sesenta canoas; cuando las vimos hicimos diez o doce disparos de bombarda sin bala y al oírlos huyeron a tierra. Cuando quisimos bajar nos atacaron reciamente con piedras de tal modo que las barcas debieron retornar a las naves. Armamos entonces las barcas con paveses, ballestas y bombardas y volvimos a tierra. Nos recibieron de la misma forma; pero ahora con las ballestas les matamos dieciséis o dieciocho hombres y con las bombardas cinco o seis. Esto ocurrió cuando ya había salido la estrella vespertina y entonces volvimos a las carabelas. Volvimos al día siguiente, dispuestos a combatir, pero esos hombres, todos con los brazos en cruz, nos pidieron misericordia, ofreciéndonos todas sus cosas: o sea gran cantidad de panes preparados como arriba se dijo, pescados, raíces y calabazas llenas de agua. Entre otras cosas, nos trajeron incluso sus propias armas. Bajamos entonces a tierra y les repartimos de lo nuestro, entre otras cosas cascabeles, que tuvieron más aceptación que el resto y que rápidamente se sujetaron a las orejas y a la nariz, que todos, hombres y mujeres, tenían agujereados para ponerse cosas. Les preguntamos por el oro, y nos contestaron que no lo habían visto nunca ni sabían qué cosa era.
(…)
De ahí volvimos a la isla Española, que juzgamos estaba a unas cuarenta leguas; dimos la vuelta a casi toda la isla Jamahich y no encontramos nada mejor que en las otras. Navegando así, pues, hacia la Española, fui el primero en descubrir tierra. Por lo que el señor Almirante mandó tomar tierra en ese lugar en un cabo donde había un puerto muy bueno y por mí le puso al cabo el nombre de San Miguel Savonés y así lo anotó en su libro. Navegando, siempre costeando, encontramos playas y buenos puertos, bajamos muchas veces a tierra y solamente encontrábamos gente sin fin como de costumbre. Así, siguiendo la costa hacia nuestra población encontramos una isla bellísima, que comenzaba en un cabo, no demasiado alargada, y que también fui el primero en descubrir. Tiene una vuelta de una veinticinco leguas y también por amor a mí el señor Almirante le llamó "La Bella Savonesa" y me la regaló. De acuerdo con las formas y modos convenientes tomé posesión de ella, tal como el señor Almirante hacía con las otras en nombre de su Majestad El Rey, o sea yo, en virtud del instrumento notarial, sobre dicha isla arranqué hierbas, corté árboles, planté la cruz y también la horca, y en nombre de Dios la bauticé con el nombre de la Bella Savonesa. Y realmente se la puede llamar bella, porque allí hay más de treinta y siete caseríos con treinta mil almas, por lo menos. Todo esto lo anotó también el señor Almirante en su libro.
(…)
Como nuestras carabelas debían partir hacia España y yo quería repatriarme con ellas, juntamos en nuestra población mil seiscientos indios, entre mujeres y hombres, de los cuales el 17 de febrero de 1495 cargamos en dichas carabelas quinientos cincuenta almas, de los mejores hombres y mujeres. Se dio un bando diciendo que quien quisiera tomara a su gusto del resto, y así fue hecho. Cuando cada uno quedó provisto, sobraron todavía unos cuatrocientos, a los que se dio permiso para que se marchasen donde quisieran: entre ellos había muchas mujeres que tenían hijuelos a sus pechos y que para huir mejor de nosotros, por miedo de que las volviésemos a apresar, huyeron como desesperadas dejando tirados sus hijitos por el suelo en cualquier parte; tan lejos fueron, que se alejaron de nuestro asiento de la Isabela siete y ocho jornadas, al otro lado de montañas y ríos grandísimos, tales que, por cierto, no será posible ver otros semejantes. Entre la gente apresada había uno de sus reyes y dos jefes, que habíamos resuelto asaetar al día siguiente y por ello los pusimos en los cepos; pero durante la noche tan bien supieron roer con sus dientes el uno junto a los tobillos del otro que se soltaron de los cepos y huyeron.
(…)
Cuando llegamos a los mares de España murieron cerca de doscientos de los indios y los tiramos al mar; pienso que fue el aire frío, tan insólito para ellos. La primera tierra que vimos fue el cabo Espartel y bien pronto fondeamos en Cádiz. Allí descargamos todos los esclavos, que estaban medio enfermos. Para vuestro conocimiento os diré que no son hombres esforzados, temen mucho al frío y no tienen larga vida.
(…)
No se me ocurre otra cosa en la presente, sino que quedo a la disposición de vuestra señoría. Terminada en Savona el día 28 de ese mes.
Vuestro Michael de Cúneo •
© 1997