Nueva 313

Esclavos en América

EL VIAJE DE LOS CONDENADOS

En África los cazaban como animales. Como animales los traían en los barcos y como animales los hacían trabajar sus compradores. La piedad de fray Bartolomé de las Casas fue la responsable: el maltrato hacia los indios le causó tanto horror que no tuvo mejor idea que recomendar la trata de negros.

Por Amanda Paltrinieri

El territorio que había descubierto Cristóbal Colón tenía, afortunadamente, una numerosa población. Para los españoles era una suerte de paraíso terrenal: el trabajo del blanco se limitaría a lograr que trabajaran los nativos. A lo sumo era cuestión de encargarse de los rebeldes, para quienes la mayor muestra de piedad era darles una muerte rápida (aunque, por supuesto, no se trataba de mostrarse piadosos con esos renegados).

El problema era que los indios tenían poco aguante y morían como moscas en las minas. En aquel viva la pepa de los conquistadores, tan lejos del Viejo Mundo, ¿quién iba a preocuparse por las condiciones de vida de aquellos infieles? Los americanos fueron diezmados en unos pocos años.

Tanta mortandad llegó a preocupar a los Reyes Católicos, quienes enviaron a varios sacerdotes para que comprobaran si eran ciertos los rumores que corrían acerca de las atrocidades de los españoles.

Uno de ellos, fray Bartolomé de las Casas, quedó escandalizado por lo que vio en su primera estadía americana (entre 1502 y 1516), durante la cual se ordenó sacerdote. En 1517 presentó al gobierno del joven rey Carlos I sus Memoriales, en los que daba su parecer: los indios tenían alma y, por tanto, humanidad. ¿Cómo, entonces, esclavizarlos? Eso era pecado. Mejor sería importar negros de África, que -aparte de que rendían más- carecían del soplo divino y, en consecuencia, estaban a medio camino entre lo humano y lo animal (y tanto era así que los primeros cargamentos se contrataban por toneladas).

La nave infernal

La corte española aceptó la propuesta, cosa que para los indígenas no significó demasiado: a lo sumo disminuyó un poco el altísimo índice de mortandad, pues de esclavizados pasaron a ser "encomendados" a los conquistadores para que éstos los cristianizaran... a cambio de trabajo. Así, su suerte dependía de que el patrón que les tocaba estuviera más interesado en salvar almas que en sacar provecho de sus propiedades. (Además, había otros sistemas de reparto como la "mita", el servicio obligatorio que hizo morir a miles de personas en las minas andinas.)

Pero había un inmenso continente que explotar y otro inmenso continente de donde obtener la mano de obra necesaria: para eso se desarrolló una nueva "industria" derivada: la de los negreros. Ingleses, portugueses y holandeses fueron verdaderos especialistas en el ramo.

Los datos dicen que entre el siglo dieciséis y mediados del diecinueve se vendieron en América cincuenta millones de esclavos, pero la cifra no es nada si se toma en cuenta que -como promedio- detrás de cada uno vendido habían muerto cuatro o cinco en el camino: el tráfico costó la vida de entre doscientos y trescientos millones de personas.

Los negreros no se limitaban a salir de redada: en muchas ocasiones negociaban con algunas tribus para que éstas hicieran el trabajo pesado de "cazar" a las tribus vecinas.

Para los negros las penurias empezaban mucho antes de embarcar, pues éstos solían zarpar desde la costa occidental. La primera tanda moría en la travesía -que no era precisamente una excursión- hacia el puerto.

Pero el verdadero infierno comenzaba en los barcos, que salían sólo cuando las bodegas no daban abasto. Encadenados unos a otros, marcados con hierros candentes, llenos de piojos y agusanados, viajaban peor que ganado en medio de la inmundicia, pues no tenían siquiera cómo hacer sus necesidades.

Durante el viaje la mayoría moría por debilidad; algunos como represalia por amotinamientos; otros, que por algún motivo zafaban de sus cadenas, se arrojaban por la borda.

Rebelarse, de todos modos, no era garantía de una muerte salvadora. Un esclavo que en semejantes condiciones tuviera el estado físico para hacerlo era una mercancía valiosa: en lugar de matarlo, sus captores lo molían a latigazos y "curaban" las heridas con una mezcla de salmuera, pimienta, jugo de limón y pólvora que evitaba posibles gangrenas, pero lo hacían sufrir espantosamente.

En tierra firme

¿Rendía el negocio? Un viaje en el que se perdiera diez por ciento del cargamento humano era un éxito comercial; por el contrario, hubo casos en que diez por ciento era la cantidad de gente que llegaba viva. Pero los traficantes se aseguraban cobrando diez veces lo que gastaban en las expediciones. Había tanto negreros independientes cuanto grandes empresas, como la Compañía Inglesa o la Compañía Portuguesa de Guinea.

La llegada de un barco no suponía la venta inmediata: los esclavos eran alojados en barracones -tan hacinados como en las naves-, donde pasaban un tiempo de cuarentena pera evitar riesgos de epidemias. También era el período de "engorde", pues si durante el viaje a veces los llevaban a cubierta para evitar que sus músculos se atrofiaran, ya en tierra los alimentaban un poco más para poder mostrarlos vigorosos. Todo esto era parte de un tratamiento "cosmético" -que incluía maquillaje para disimular las heridas y la unción de aceite para resaltar los músculos- destinado a encarecerlos.

La forma de venta variaba según las circunstancias: los esclavos eran rematados o comprados por trato directo entre el mercader y el futuro dueño. Primero (y a mayor precio) eran vendidos los hombres más fuertes y las adolescentes, buenas para trabajar y tener hijos. El "rezago" iba a parar a manos de los más pobretones.

"Ganado de color"

Salvo en el caso del Río de la Plata -donde no existían grandes plantaciones- y con la excepción de unos pocos destinados a servicios caseros, la mayoría de los esclavos iba a parar a los campos de cultivo (algodón, tabaco, café, cacao o caña de azúcar, según la región).

Las condiciones de vida variaban -siempre entre malas y peores- de colonia en colonia. Caer en manos de dueños españoles era mejor que ir a parar a manos portuguesas, y éstas eran mucho más deseables que amos ingleses, franceses o -después de la independencia- estadounidenses, quienes los consideraban "ganado de color". Para algunos dueños era cuestión de optimizar costos: los esclavos que llegaban a viejos (entre treinta y cinco y cuarenta años) generaban más gastos de lo que podían rendir.

En líneas generales trabajaban de sol a sol, e incluso de noche si había buena luna. Los que peor la pasaban eran los que procesaban caña de azúcar: el rigor del trabajo solía derivar en mutilaciones por accidentes en los trapiches.

Se los castigaba por cualquier cosa: comer demasiado, rendir menos de lo esperado, guardarse algún objeto, contestar de mal modo, o por las dudas. Según el "crimen" que cometían, tanto podían darles unos garrotazos cuanto marcarlos al rojo vivo, castrarlos o cortarles las orejas. En Santo Domingo la crueldad se generalizó tanto que -a fines del siglo dieciocho- el gobernador debió promulgar un edicto que prohibía cortarles los miembros o matar a los esclavos. Pegarles, sí, pero no más de cincuenta azotes por vez...

En los Estados Unidos, los campesinos pobres trataban un poco mejor a su gente: no podían darse el lujo de arruinarla. No ocurría lo mismo en las grandes plantaciones, donde no duraban más de diez años, y menos aun desde que -obligados por la prohibición, en 1808, del tráfico de esclavos- encontraron la vuelta de los criaderos: en ellos, un plantel de padrillos y reproductoras aseguraban al amo la reposición de la mercancía.

¿El fin?

La desaparición de la esclavitud en nuestro continente insumió prácticamente todo el siglo diecinueve. Las ideas de la Revolución Francesa -libertad, igualdad y fraternidad- que inspiraron la emancipación americana no siempre beneficiaban a la población negra. Así, en la Argentina se abolió la esclavitud en 1853, en tanto los Estados Unidos no lo hicieron hasta 1863 (y el abolicionismo fue uno de los motivos de la Guerra de Secesión que había comenzado dos años antes).

Brasil recién terminó con ese flagelo en 1888. Durante décadas, muchos esclavos que lograron huir de las plantaciones "gaúchas" trataban de alcanzar suelo argentino, donde se convertían en hombres libres. De todos modos, la ley abolicionista del país vecino no corría para los dueños de las grandes plantaciones: durante muchos años el tráfico inhumano continuó bajo cuerda y los barcos negreros recalaban en puertos naturales escondidos a lo largo de sus costas.

Más allá de las convicciones personales de los abolicionistas -como se llamaba a quienes se oponían a la esclavitud-, ese movimiento prosperó por razones económicas. Los Estados Unidos son el mejor ejemplo: el abolicionismo era visto con simpatía en el norte del país, que comenzaba a industrializarse. En cambio el sur no quería dar la libertad a los negros, pues su economía dependía de las plantaciones de algodón.

Paralelamente, los tratantes de esclavos se encontraron con un nuevo comisario: los ingleses -antiguos traficantes-, que tenían muchos intereses en África, con la excusa de patrullar las costas para combatir el tráfico se adueñaban del comercio marítimo.

En América la esclavitud de los negros es asunto cerrado. Pero ellos no han sido los únicos esclavos y, de hecho -aunque en los papeles desapareció en 1960-, esa práctica se mantiene bajo otras formas en los cinco continentes (Nueva 98) y es todavía un excelente negocio.

© 1997

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