La Historia y sus modas

AHORA, LOS ETRUSCOS

Hace unos años fueron los celtas. En estos días, el halo misterioso que envuelve a la civilización etrusca entusiasmó al propio Steven Spielberg: él proyecta filmar una película sobre su último rey, cuya caída marcó el inicio de Roma como República y condenó a su pueblo al olvido.

Por Amanda Paltrinieri

Claudio (10 aC-54 dC), el emperador romano que pasó a la Historia como un tonto redomado, fue sin embargo un erudito que supo ver que en su época morían los últimos etruscos y pasó varios años de su vida reconstruyendo su cultura y su lengua. Lamentablemente esa obra se perdió, aunque a él se lo recuerda como el primer etruscólogo: los romanos, que habían vivido bajo el dominio etrusco, se encargaron de borrar sus huellas aunque (o porque) le debían gran parte de su cultura.

Pasaron casi mil ochocientos años de algún pequeño hallazgo que otro, hasta que en el siglo pasado apareció una tumba en tierras de Luciano Bonaparte, príncipe de Canino, quien vio el filón y comenzó a organizar excavaciones. Bonaparte hizo fortuna con ellas y el mundo comenzó, por fin, a descubrir poco a poco algunos de los misterios que rodean a la civilización etrusca.

¿De dónde salieron?

Mientras en el Mediterráneo oriental nacían y caían ciudades e imperios, Italia estaba todavía en estado primitivo y recibía a sus pueblos más antiguos (ligures, ilirios, italiotas, entre otros). Algunos de ellos, los primeros en llegar, todavía ni siquiera conocían el bronce.

Cuando, hacia el siglo ocho antes de Cristo, comenzaron a llegar los promeros colonos fenicios y griegos, encontraron para su sorpresa una cultura floreciente en la región toscana. Se llamaban a sí mismos rasna o rasenna; los griegos los llamaron tirrenos o tirsenos y los latinos, tusci (de donde viene el nombre de la Toscana) o etrusci.

El misterio ante el que se hallaron griegos y fenicios todavía no fue totalmente develado. Para algunos, los estruscos eran autóctonos, es decir, anteriores a las invasiones de los pueblos indoeuropeos. Para otros, llegaron desde la región de Lidia, en el Asia Menor.

Lo cierto es que hacia el siglo ocho la cultura etrusca (su arte, su religión, su forma de vida) tenía que ver más con el refinamiento del Asia Menor, e incluso sus prácticas adivinatorias eran parecidas a las de la antigua Babilonia. Además, algunas palabras etruscas (habían adoptado el alfabeto griego) son parecidas a términos lidios. Para horror de los griegos, las mujeres etruscas gozaban de una igualdad que les permitía (como a las mujeres lidias) participar de banquetes y juegos. No eran meros objetos destinados al gineceo.

Pero los defensores de la tesis autoctonista tienen también argumentos contundentes. Incluso la posición que ocupaba la mujer en la sociedad puede ser considerada como preindoeuropea. La lingüística apoya mucho esta teoría.

Por ahora, el origen de los etruscos es tan misterioso como el de los vascos.

¿Cómo eran?

Etruria no se limitó a la Toscana: durante su expansión ocupó el Lacio, donde Roma era apenas un pueblito. Fundaron muchas ciudades, algunas de las cuales hoy se mantienen (Tarquinia, Arezzo, Peruggia, Orvieto, Viterbo); otras son ruinas cerca de algún centro urbano: en Veies, por ejemplo, cerca de Roma, se levantan los restos de un antiguo templo en cuyas piscinas los enfermos curaban sus dolencias.

La civilización etrusca duró unos pocos siglos, entre el ocho y el tres antes de Cristo. Pero ellos mismos eran fatalistas y "sabían" que su cultura no iba a durar demasiado. Tal vez por eso eran un pueblo que disfrutaba de los placeres, los amores, los festines y los juegos.

Se habían organizado en una confederación de Estados, monárquicos primero y republicanos después. Sus representantes se reunían cada primavera en un santuario federal dedicado a Voltumna, uno de sus dioses. Esas ceremonias parecían festivales, pues además de los ritos religiosos que se cumplían y de las discusiones políticas, se celebraban ferias y concursos de gimnasia y música.

Sus ciudades estaban en manos de una pequeña aristrocracia. La escala social descendía a una numerosa ciudadanía libre y dos categorías de esclavos, unos -los más instruidos- destinados al placer, otros al trabajo.

El griego Hesíodo contaba que los etruscos se jactaban de descender de los hijos de la hechicera Circe y Ulises (Nueva XXX), considerados los primeros reyes tirrenos. Lo cierto es que su magia y su medicina eran bien conocidas: Esquilo llamaba a la Etruria "el país que produce medicamentos" y eran famosos sus establecimientos termales.

Les gustaban los espectáculos gimnásticos, pero no al estilo griego: en todo caso, de ellos proviene el mucho más grosero circo romano. En cambio, amaban el teatro y la música y tenían una cultura muy avanzada y refinada.

A primera vista, su arte parece una copia del grecorromano. Pero no es tan así. La influencia helénica era inevitable, pues griegos y etruscos comerciaron muy intensamente, pero los tirrenos no perdieron su personalidad, más exuberante y sobrecargada que la griega. Les gustaban mucho los objetos utilitarios y pronto aprendieron a trabajr el oro y el marfil. En cuanto a los romanos, prácticamente no hay terreno artístico que no sea deudor del etrusco, desde la arquitectura a la pintura.

En manos del destino

Lamentablemente sabemos muy poco sobre la vida cotidiana. Salvo lo que se desprende de los hallazgos arqueológicos, las referencias a sus costumbres están teñidas por la incomprensión de los griegos y el odio de los romanos.

Varios frescos muestran banquetes en los que están reunidas familias enteras, incluidos los hijos. Aparentemente, el matrimonio era indisoluble.

Para los romanos, los etruscos eran unos libertinos. Ellos no les iban en zaga en cuanto a las orgías, pero se escandalizaban por la afición etrusca a la danza (bailar, para los romanos, era cosa de esclavos o de seres despreciables; el término histrión, que los latinos usaban para los actores, deriva de hister, el bailarín etrusco).

Su religión era bastante complicada: tenían un gran panteón de dioses mayores y menores, muy entrelazada con la grecolatina. Los principales dioses -Tinia, Uni y Mernva- fueron asimilados como Júpiter, Juno y Minerva. Pero, a diferencia de griegos y romanos, conservaban el culto a las Diosas Madres más antiguas.

Y tenían otras particularidades: la de ellos era una religión "revelada", con libros sagrados, y eran fatalistas: creían que el hombre estaba sujeto a un Destino. Quizá por eso eran maestros en las prácticas adivinatorias y estaban muy apegados a ritos y ceremonias que regían casi todas las actividades, desde las ofrendas a los dioses hogareños hasta las pompas triunfales. Todo eso fue tomado por los romanos.

Días de gloria

Los etruscos eran buenos negociantes y comerciaron con Grecia y Oriente: vendían minerales y productos agrícolas y compraban objetos de arte, telas, perfumes y joyas. Buenos agricultores, también supieron industrializarse y terminaron vendiendo trípodes, bronces, lámparas y objetos de arte a los propios helenos.

A fines del siglo seis dominaban casi toda Italia salvo el sur, donde los colonos griegos lograron frenarlos. Organizaron un ejército poderoso y una flota marítima importante (dicen que inventaron el ancla, y de ellos viene el nombre del mar Tirreno). De tanto en tanto, guerrearon con sus competidores griegos. Contra ellos -y después contra Roma- se aliaron con los cartagineses.

Los etruscos vivieron su período de esplendor hasta principios del siglo cinco antes de Cristo. Para su desgracia durante ese tiempo dominaron -pues era parte de su territorio- a un pequeño pueblo de origen latino-sabino, Roma, a la que pronto dieron el brillo de las ciudades etruscas de entonces, incluidas la arquitectura de sus templos y el estilo de sus esculturas.

En ese período de Roma, anterior a la República- la Historia se confunde con la leyenda. Es posible que el dominio etrusco haya sido más económico que político, pero los romanos hablan de dos reyes etruscos en su ciudad: Tarquino el Viejo (quien construyó la Cloaca Máxima) y Tarquino el Soberbio, cuya destitución marcó el inicio de la República y quien aparentemente entusiasmó a Steven Spielberg como para pensar en rodar algún filme sobre él.

De esa época nos llegan los pocos nombres etruscos que conocemos: Mastarna, Cailo Vibenna y Aulo Vibenna, militares que en una ocasión tomaron la ciudad.

Lo curioso es que, según lo único que sobrevivió de los estudios de Claudio, el tal Mastarna no fue otro que Servio Tulio, a quien los antiguos romanos consideraron el mejor de sus reyes... Probablemente ha sido así, pero Roma creció como creció y reescribió la historia a su manera. Debía tanto a los "extranjeros" etruscos, pero ¿a qué imperio le gusta reconocer sus deudas?

La caída

Servio Tulio casó a sus hijas con los hijos de Tarquino el Viejo. Uno de ellos, Tarquino el Soberbio, aseninó a su suegro y ocupó el trono. Su gobierno fue tan desastroso que terminó con un gran levantamiento y la proclamación de la República en 509.

La pérdida de Roma fue el principio del fin para el poderío etrusco. Lentamente, entre períodos de guerra y períodos de paz, la República creció a expensas del territorio etrusco, cuyas ciudades estaban muy divididas entre sí.

La decadencia se agudizó con las invasiones de los galos y con la primera guerra púnica, durante la cual se aliaron con los cartagineses, el bando perdedor.

Desde entonces, cada tanto protagonizaron algún levantamiento, pero fueron languideciendo hasta desaparecer en los tiempos de Claudio. Sin embargo, cuando Augusto organizó el Imperio, tuvo como consejero favorito a un etrusco que se reconocía como tal, Mecenas, cuyo amor por la vida y las cosas bellas -tan característico de su pueblo- lo hizo pasar a la Historia como sinónimo de protector de las artes.

© 1998

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