Nueva 329, 2/11/1997

Las favoritas

REINAS SIN CORONA

Si el príncipe de Gales y Camilla hubieran vivido siglos atrás, nadie se habría escandalizado por el romance. Los amoríos de los reyes eran públicos y conseguirles amantes resultaba muy buen negocio para sus cortesanos. El caso más extremo fue el de Francia, donde ellas eran toda una institución.

Por Amanda Paltrinieri

Cuando Camilla Parker-Bowles conoció al príncipe de Gales le contó que una antepasada de ella había sido amante de un antepasado de él. No es para sorprenderse: generalmente casados por cuestiones de Estado, a sus altezas reales se les perdonaban -cuando no se les fomentaban- sus escapadas amorosas.

Más aún: conseguir favoritas era un negocio formidable para los miembros de la Corte. Maridos, padres, tíos, la mayoría hacía la vista gorda si el rey depositaba sus ojos en alguna mujer cercana a ellos, y hasta se daba el caso de que ellos mismos empujaran a la mujer hacia la alcoba real. Ser pariente o benefactor de una de estas amantes significaba obtener tierras, títulos y dinero... y había que apurarse a conseguir todo eso antes de que apareciera una sucesora.

Estas mujeres eran mucho más importantes que las propias reinas, cuya razón de ser era únicamente la de aportar herederos a la corona. En Francia, incluso, se creó un título para ellas: maîtresse en titre. Ellas -si eran lo suficientemente inteligentes- o sus promotores ejercían más influencia sobre el rey que sus ministros, y a su alrededor se tejían infinidad de conspiraciones, ya fuera para mantenerlas en el lugar que ocupaban o para desbancarlas. Hubo casos extremos: Inés de Castro, amante del infante Pedro de Portugal (con quien llegó a casarse en secreto), fue asesinada por un grupo de nobles con la anuencia de su suegro, el rey Alfonso. La leyenda cuenta que cuando, años después, éste murió y Pedro subió al trono, hizo ejecutar a los asesinos y exhumar el cadáver de Inés. Luego ordenó vestirla de gala, coronarla y sentarla en el trono, y obligó a todos los nobles a rendir pleitesía a la muerta.

Simple lujuria o amor genuino: hubo de todo a lo largo de la Historia. Algunas de estas amantes llegaron a contraer matrimonio con sus reyes. Generalmente eran bodas morganáticas, que no conferían a las esposas categoría de reinas.

¿Y las reinas? La mayoría toleraba la situación, pues no les quedaba remedio. Algunas, a lo sumo, si tenían algún ascendiente sobre sus hijos se desquitaban del desprecio a la muerte de sus maridos, pero casi todas debían soportar la cercanía de las amantes, e incluso admitirlas como parte de su séquito personal. Más de una las aceptaba de buen grado. Catalina de Braganza solía jugar a las cartas con su marido, Carlos II de Inglaterra, y dos de las amantes de éste, Nell Gwyn y Luisa Portsmouth. Con Nell se llevaba bastante bien, pero la Portsmouth la hizo llorar más de una vez a causa de sus desplantes.

De los reyes ingleses, Carlos II fue muy prolífico en materia de amoríos. Antes de casarse ya era padre de cinco hijos e incluso había obligado a su hermano (el futuro Jacobo II) a casarse con una mujer a quien él mismo había dejado embarazada.

Nell Gwyn era de origen plebeyo y fue muy querida por el pueblo. Cuando murió, todo Londres asistió a su funeral y su oración fúnebre fue pronunciada por un vicario que después llegó a ser arzobispo de Canterbury. Cabe aclarar que tal muestra de afecto fue desinteresada, pues Carlos II había muerto dos años antes.

Pero Nell fue una excepción: generalmente las amantes reales eran odiadas. En ese sentido, las favoritas cumplieron un servicio extra a sus majestades. Como se consideraba que el poder de los reyes provenía directamente de Dios, era muy arriesgado, llegado el caso, despotricar contra ellos. La existencia de estas mujeres permitía desplazar los odios sin temor al castigo divino, de manera que cuanto más impopular era el rey, más injuriada resultaba su amante de turno. Para la fantasía popular, ellas eran responsables de cuanta plaga, cuanta guerra o cuanta hambruna hubiera.

El país del amor

En Francia, las favoritas brillaron como en ninguna otra parte y dotaron a la nobleza de gran cantidad de nuevos miembros: algunas competían con las reinas en materia de fecundidad (Madame de Montespan, por ejemplo, tuvo siete hijos de Luis XIV), y no era raro que muchos reyes prefirieran a sus hijos ilegítimos por sobre los legítimos. Generalmente los medio hermanos se criaban y educaban juntos y hubo algunos casos de afecto verdadero entre ellos.

Francisco I, en el siglo dieciséis, instaló la tradición del adulterio real, aunque ya había habido un antecedente en el siglo anterior (Carlos VII y Agnes Sorel). Francisco llegó al trono por su casamiento con Claudia de Francia. "Nada me seduce en su persona -escribió. ¡Pero qué importa! Quiero a esta niña. Cuestión de Estado. Para el amor hay otros prados donde, sin inclinarme siquiera, podré cortar a mi antojo las más apetitosas corolas."

Su primera amante oficial fue Francisca de Foix, condesa de Châteaubriant, dama de honor de la reina Claudia. A ella le sucedió Ana de Pisseleu, elegida por la propia madre de Francisco y promovida como gobernanta de las princesas. Desde entonces, y mientras duró la monarquía, cientos de mujeres pasaron por las alcobas reales. A Enrique IV se le conocieron cincuenta y seis amantes, sin contar las que no pudieron ser inventariadas.

Ana de Pisseleu recibió títulos y señoríos -entre ellos dos ducados-; consiguió altos cargos para sus familiares, amigos y amantes, y hasta se daba el lujo de impartir órdenes a los generales. Pero encontró la horma de su zapato en otra mujer: Diana de Poitiers, amante del delfín, el futuro Enrique II. Durante años la corte se divirtió con la guerra entre las favoritas, hasta que Francisco I murió y Ana pasó al olvido.

Diana de Poitiers fue un caso muy especial. Veinte años mayor que Enrique, basó su relación más en lo intelectual que en lo sensual. La pareja creó una mística que se correspondía perfectamente con el Renacimiento: ella era la Diana olímpica y él Apolo (muchos cuadros retrataron a la Poitiers personificando a la diosa). Organizaban cacerías y fiestas en las que se recreaba la atmósfera medieval de los trovadores y el amor galante.

En cuanto a lo político, la injerencia de Diana fue total, pero sabía manejarse con mucho tacto y sus consejos eran moderados.

La mayoría careció de la grandeza de la Poitiers. Para conseguir los favores de Luis XIV, Madame de Montespan -una de las más famosas cortesanas reales- fingió hacerse amiga de la favorita de turno, mademoiselle de La Vallière, y se lo birló. No contenta con esto, consultó a magos y brujas, realizó misas negras, compró filtros mágicos y, por las dudas, se acercó a una famosa envenenadora, la Voisin. Su situación se afianzó cuando nació su primer hijo y La Vallière se recluyó en un convento. Montespan fue amante del rey durante varios años, hasta que sus prácticas de brujería salieron a la luz y estalló un escándalo que llevó a varios a la horca. Su alteza consiguió mantenerla aparte del proceso, pero comenzó a retacearle sus favores.

La sucesora de Montespan, Madame de Maintenon, consiguió lo que ninguna había logrado en Francia hasta entonces: casarse con el rey. Era un matrimonio morganático y secreto, pero Luis XIV le confirió un gran honor: la admitió oficialmente en las reuniones de ministros y la consultaba para los asuntos de Estado.

Una que hizo época

¿Nunca se escandalizaron los cortesanos ante tanto amorío? Generalmente era cuestión de partidismo: si la favorita les era propicia, todo estaba bien, pero si afectaba los intereses de alguien, para éste se convertía automáticamente en una prostituta a la que había que reemplazar.

Sin embargo hubo una mujer que -al menos al principio- concitó el odio unánime: Madame de Pompadour, amante de Luis XV. Hasta entonces, las elegidas habían pertenecido a la Corte (e incluso, a veces, a una misma familia: el propio Luis XV había amado a tres hermanas), con lo que los beneficios que recibían sus adeptos se limitaban a ese círculo íntimo. Pero los tiempos -y las sociedades- cambian: una nueva clase, la burguesía, se había hecho muy fuerte en el siglo dieciocho, y la elección de Madame de Pompadour, hija de un hombre de negocios, no reflejó otra cosa que ese ascenso.

Sin embargo Juana Antonieta Poisson (ése era su nombre de nacimiento) no sólo era una casquivana que frecuentaba los salones parisienses: tenía una sólida formación intelectual y una inteligencia notable.

Durante las dos décadas que vivió junto al rey supo afianzar su posición y se convirtió en su mano derecha. No fue tanto compañera de placeres (por el contrario, ella misma elegía doncellas para Luis) como confidente y consejera. Con los años consiguió extender su influencia al gabinete de ministros y a la Corte. No siempre propició medidas acertadas, pero -sin desmerecer la autoridad real, pues Luis XV no era hombre de dejarse manejar- las veces que intervino en asuntos políticos lo hizo en favor de la tolerancia.

Su mayor mérito fue lograr que la cultura y el arte fueran cuestión de Estado. Consiguió mejores presupuestos, organizó concursos, protegió a filósofos, escritores, plásticos y poetas. "¿Habéis lamentado la muerte de Madame de Pompadour? -escribió Voltaire en 1764-. Sí, sin duda, pues en el fondo de su corazón era de los nuestros; ella protegía las letras tanto como podía: ¡ha terminado un bello sueño!" No se equivocaba: si el dieciocho fue en Francia el siglo de las luces, mucho de su esplendor se lo debió a ella.

Las profesionales

El vacío que dejó la muerte de la Pompadour fue tal que el rey tardó cinco años en tomar otra favorita. Y cuando se decidió, optó directamente por una profesional: Juana Bécu, conocida en los burdeles como la señorita Beauvernier y por la Historia como Madame Du Barry.

Cosa curiosa: mientras el origen de la Pompadour resultó escandaloso para la corte, ésta no tuvo inconvenientes en aceptar a una prostituta. Por el contrario: la Bécu fue presentada al rey por los enemigos de la favorita muerta, quienes además la casaron con el conde Du Barry (hermano de su rufián).

La única actuación política de la condesa fue para provocar la caída de los ministros a quienes había hecho nombrar la Pompadour y asegurar la posición de sus propios promotores. Después se dedicó a lo único que sabía: dar placer y gastar dinero, tanto que arruinó el Tesoro con su avidez de vestuario y objetos suntuosos.

Lo lamentable fue la actitud de la corte: salvo la familia real, que la despreciaba -en especial la entonces delfina, María Antonieta-, todos comenzaron a disputar su atención y tratar de obtener su simpatía.

No ocurrió lo mismo con el pueblo: la opinión pública esperaba la muerte del viejo rey para liberarse de la más despreciada cortesana. Cuando Luis XVI subió al trono, en 1774, la Du Barry debió ir al exilio durante un tiempo. Años después pudo volver a su hogar, pero no sobrevivió a la Revolución Francesa.

Cuando no hay amante a quien odiar

Tan repudiada como poco comprendida, en el destino final de María Antonieta jugó un papel importante la fidelidad de su marido. Hasta Luis XV, las destinatarias del odio popular habían sido las favoritas.

Hacía rato que la institución real había comenzado a ser cuestionada en los círculos intelectuales y políticos, aunque a nivel popular la devoción al rey se mantenía a salvo. Pero el encumbramiento de la Du Barry salpicó incluso la figura del rey. Para colmo, durante el reinado de Luis XVI no hubo amante a quien echar las culpas del mal gobierno: fue inevitable que el descontento alcanzara a la propia monarquía; el odio se trasladó a la reina, primero, y después al propio rey.

Paradójicamente, quienes sembraron el odio hacia la reina fueron precisamente los nobles, comenzando por sus propios cuñados (deseosos de ceñir la corona ellos mismos) y sus tías políticas. Cuando fue coronada, María Antonieta ya tenía su reputación por el piso, y cuando nació su hijo le endilgaron varios supuestos padres.

La Revolución Francesa no fue, desde luego, una cuestión de alcoba. Pero llama la atención que durante el período del Terror (1791-1794), cuando la guillotina estuvo más activa que nunca, tratando de borrar los restos del antiguo régimen, la cabeza de María Antonieta, la última reina, cayera con pocas semanas de diferencia que la de Madame Du Barry, la última favorita. El Terror no duró mucho más.

© 1997

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