Nueva 312

Le cantamos la justa

El verdadero Hércules

Más allá de su espectacularidad, la película de Disney tiene muy poco que ver con el mito del héroe. Batman, Rambo, Terminator tienen bastante que envidiar a ese semidiós que ganó su fama con la sola ayuda de su descomunal fuerza.

Por Amanda Paltrinieri

Es sabido que los dioses griegos se la pasaban de jarana en jarana (Nueva 159) o peléandose unos contra otros. Cada tanto seducían a alguna -o algún- mortal y, producto de sus correrías, poblaron la tierra de una raza especial, mezcla de humana y divina: la de los héroes.

Sin embargo éstos no la pasaban demasiado bien, porque su existencia solía despertar las iras de otras deidades (generalmente esposas o esposos engañados), quienes los sometían a duras pruebas y desventuras. Pero sin esas complicaciones no habría historias dignas de ser contadas, de manera que cuanto más importante era el héroe, más grandes y difíciles eran sus aventuras.

Tal fue el caso de Heracles (más conocido por su nombre romano: Hércules), hijo dilecto de Zeus. Destinado a ser el más importante de los semidioses, se vio obligado a servir al más cobarde, tonto y celoso de los humanos: su hermano Euristeo.

Los celos de Hera

Zeus se había enamorado de una princesa, Alcmena, la más noble y honesta de las mujeres. Pero había un problema: Alcmena estaba casada y jamás habría aceptado engañar a su esposo.

El rey de los dioses tuvo que recurrir a un truco para poder conseguirla: como el marido -Anfitrión- estaba por regresar de una guerra, Zeus tomó su forma y le ganó de mano. Alcmena quedó embarazada de dos criaturas, pero mientras una de ellas, Heracles, poseía una fuerza sobrehumana, la otra -Euristeo- estaba destinado a ser un pusilánime.

En el Olimpo, Zeus estaba orgullosísimo y se ufanaba ante todos de que pronto iba a nacer su vástago preferido, que iba a dominar la poderosa ciudad de Argos (lo que equivalía por entonces a decir toda Grecia). Pero si todos celebraban con él el acontecimiento, había alguien que vivía la situación como un ultraje y no podía con la furia que sentía: Hera, la celosa esposa de Zeus.

Sin demora, la diosa ideó una venganza: apenas consiguió -mediante un ardid- que su marido jurara que el hijo mayor sería el dominador y el segundo el dominado, retardó el nacimiento de Heracles y anticipó el de Euristeo. De esta manera logró que el propio Zeus sellara el destino de servidumbre del más importante de los héroes.

No contenta con esto, mandó dos serpientes para que devoraran al bebé en la cuna. Pero el crío tenía una fuerza descomunal y aunque era recién nacido las estranguló mientras jugaba con ellas.

La guerra no terminó ahí. En una ocasión Zeus y su hija Atenea aprovecharon que la diosa dormía e hicieron que Heracles bebiera leche de su seno, con el fin de asegurarle la inmortalidad. Cuando Hera despertó echó al niño de su lado, y la leche derramada formó la Vía Láctea. Muchos años después, en una oportunidad en que Hera envió a Heracles una tempestad que casi acabó con él, Zeus la castigó colgándola de las manos en lo alto del cielo después de atarle dos yunques en los pies.

Los doce trabajos

Cuando los hermanos crecieron se cumplió el destino jurado por Zeus: Euristeo fue coronado rey de Argos y Heracles tuvo que servirlo. Euristeo tenía unos celos terribles de su hermano y además temía la superioridad de Heracles, por lo que le impuso una serie de trabajos imposibles, en los más lejanos rincones del mundo, seguro de que con cada uno lo condenaba a muerte. Sin embargo, Heracles se las arreglaba para salir indemne de cada uno de ellos.

Primero le ordenó luchar con el mítico león de Nemea, pues sabía que ninguna arma podía atravesar su piel. A Heracles le bastó la fuerza de sus manos y lo estranguló. De paso, se hizo un vestido con la piel del animal, con lo que se aseguró una armadura a prueba de flechas y espadas.

Acto seguido Euristeo le ordenó acabar con la Hidra de Lerna, una bestia de nueve cabezas, de las cuales una era inmortal... sin contar con que cada vez que se cortaba alguna de las otras ocho, crecían dos en su lugar. Por suerte, Heracles contaba con la ayuda de Yolao, su escudero, quien quemaba las heridas del animal cada vez que su patrón cortaba alguna cabeza, con lo que impedía que volvieran a crecer. En cuanto a la cabeza inmortal, la enterraron y le colocaron encima una piedra pesadísima. Después, Heracles le abrió el cuerpo y hundió sus flechas en el hígado para impregnarlas de un veneno mortal.

Cuando volvió a Argos, Euristeo no lo podía creer: su hermano no sólo sobrevivía sino que volvía cada vez mejor armado. Le impuso entonces un "trabajito" que no le aportaría gloria: capturar viva a Cerinita, una cierva de pies de bronce consagrada a Artemisa, tarea difícil porque el animal era prácticamente inalcanzable y porque, de conseguirlo, Heracles provocaría la cólera de la diosa. Pero después de un año de persecución el héroe se las arregló para atrapar a la cierva y para aplacar la ira de la diosa, quien le permitió llevar a Cerinita a Argos como prueba de que había cumplido.

El cuarto trabajo era parecido: capturar el jabalí de Erimanto, una bestia que devastaba una región cercana. Cuenta la leyenda que cuando Heracles le llevó su presa, Euristeo se asustó tanto que se metió de cabeza dentro de una gran tinaja.

El quinto trabajo consistía en limpiar en un día los establos del rey Augías, tarea imposible pues el tal rey tenía el rebaño más grande del mundo. Para cumplir, el héroe desvió el curso de dos ríos y los hizo pasar por los establos.

Para el sexto trabajo Heracles contó con la ayuda de Atenea: debía matar a los pájaros del lago Estínfale, unos bicharracos que anidaban en un bosque impenetrable y se alimentaban con carne humana. La diosa le dio unas castañuelas de bronce. El ruido hizo salir del bosque a los pájaros malditos y Heracles pudo abatirlos con sus flechas.

Después tuvo que atrapar al toro de Creta, a quien un dios había enfurecido para vengarse del rey Minos. Luego tuvo que capturar los caballos del rey Diomedes, antropófagos como los pájaros de Estínfale (de paso, durante esta expedición se enfrentó con la Muerte y logró arrebatarle una víctima).

El noveno trabajo consistía en traer el cinto de Hipólita, reina de las amazonas, para entregarlo a la hija de Euristeo. Aunque la tarea era difícil, pues las amazonas odiaban a los hombres, Hipólita -admiradora de las personas valientes- estaba dispuesta a darlo voluntariamente. Pero la intervención de Hera hizo que la aventura terminara trágicamente: las amazonas atacaron a Heracles, convencidas por la diosa de que su reina había sido hecha prisionera y el héroe, creyéndose traicionado, la mató.

Euristeo no sabía ya qué hacer para quitarse a su hermano de encima. Si los trabajos anteriores eran difíciles, los tres últimos tenían que costarle la vida: ya no se trataba de enfrentar animales o personas, sino a seres sobrenaturales, enemigos parejos o superiores a un semidiós.

El décimo desafío fue traer de más allá de toda tierra conocida el rebaño de Gerión -un gigante de tres cuerpos unidos por la cadera-, que estaba cuidado por un pastor y un perro de dos cabezas. El undécimo consistió en robar las manzanas del jardín de las Hespérides (que garantizaban la eterna juventud), custodiadas por un dragón, y el último -colmo de los colmos- obligó a Heracles a bajar a los infiernos y traer a su guardián: Cerbero, el perro de tres cabezas.

Doce no son nada

Para un héroe de la talla de Heracles, doce aventuras no son nada: antes, durante y después de la servidumbre a la que había sido obligado sufrió los avatares más diversos -algunos cómicos, otros trágicos-, de los cuales siempre salió indemne. Y, además, se dio tiempo entre empresa y empresa para inventar los Juegos Olímpicos.

Las flechas de Heracles causaron la muerte de Folo y Quirón, los dos únicos centauros justos, prudentes y generosos. El primero le había dado su hospitalidad y abrió en su honor un vino que le había regalado el dios Dionisos. Pero el olor de esa bebida era tan penetrante que enloqueció a todos los centauros de la vecindad (cosa nada difícil, pues esa raza de seres mitad hombres, mitad caballos, se caracterizaba por su brutalidad y su tendencia al desenfreno). Heracles los venció con sus flechas envenenadas, pero Folo, asombrado de que un arma tan pequeña sembrara tanta muerte, quiso estudiarla y la manipuló con tanta mala suerte que se hirió y murió.

El destino de Quirón fue parecido. Este sabio fue el maestro de Heracles durante su juventud. El héroe lo alcanzó con una flecha perdida, mientras luchaba contra otro centauro.

Ambos mitos hablan, quizá, de que la sabiduría y la bondad sucumben ante la fuerza bruta, pues aunque Heracles era justo de corazón, también se dejaba llevar por sus instintos. Le gustaba comer hasta hartarse y empinar el codo como pocos. Si se enamoraba podía hacer cualquier cosa: cuando cayó seducido por la reina Onfala llegó a vestirse de mujer e hilar lana para ella como su esclavo...

Y ¡pobre del que estuviera cerca cuando se encolerizaba! Cuando Augías se negó a pagarle el salario convenido por la limpieza de sus establos lo mató, lo mismo que hizo con el troyano Laomedonte, padre de Príamo (Nueva 130). Un monstruo marino enviado por Poseidón -a quien el rey había estafado- asolaba la ciudad: sólo se iría si Laomedonte le entregaba a su hija como comida. Heracles salvó a la joven, pero el rey se negó a pagarle lo convenido. Furioso, el héroe se apoderó de la ciudad, mató a Laomedonte y puso a Príamo en su lugar.

El fuego purificador

Una tragedia de Sófocles -Traquinia-, que narra la muerte del héroe, plantea la gran paradoja de Heracles: mientras estuvo al servicio de Euristeo, su actividad fue bienhechora y libró al mundo de infinidad de monstruos y bandidos; pero en cuanto fue libre y pudo poner su fuerza al servicio de sus pasiones sembró el desastre a su alrededor e incluso causó su propia muerte.

Heracles se había casado con una princesa, Deyanira, quien había despertado el deseo de un centauro llamado Neso. Cuando éste intentó raptarla fue herido de muerte por las flechas de Heracles. Antes de morir el centauro recogió un poco de su sangre envenenada y se la dio a Deyanira: le dijo que era un poderoso filtro para el amor y que la guardara por si su marido la abandonaba. Deyanira era una ingenua y le creyó.

Ella sabía que no necesitaba usarla, porque Heracles -aunque infiel de vez en cuando- regresaba siempre a ella atraído por su belleza. Pero pasaron los años y comenzó a envejecer... Cuando se enteró de que su marido se había enamorado de otra mujer y que para conseguirla se había apoderado de una ciudad, Deyanira impregnó una túnica en la sangre de Neso y se la envió.

Heracles se sintió morir y dispuso que levantaran una hoguera fúnebre...

En realidad, quien murió fue Deyanira, pues al enterarse de lo que sin querer había hecho, se suicidó. Para Heracles -quien al fin y al cabo era un semidiós- el fuego actuó como purificador y subió al Olimpo para vivir con los dioses.

No por nada su nombre significa la "gloria de Hera": en eso se convirtió pues se reconcilió con ella y se casó con Hebe -hija de Hera y Zeus-, diosa de la inmortal juventud. Más de un machista diría que Hera consumó así la más temible de las venganzas: se convirtió en su suegra •

© 1997

Volver