Nueva 469, 9/7/2000
Cómo nacen los países LOS CAMINOS DE LA LIBERTAD
Parafraseando a Churchill, sólo con sangre, sudor y lágrimas se consigue la independencia. Y más aun: a juzgar por la historia de la mayoría de los países, con sangre, sudor y lágrimas antes, durante y después de su declaración. Por Amanda Paltrinieri
El de la Argentina es un buen ejemplo: ¿cuántas décadas pasaron desde el 9 de julio de 1816 hasta que se pudo hablar de una Nación unificada, con los tres poderes establecidos y con un proyecto claro de país?
Por cercanos, conocemos más los avatares de las repúblicas latinoamericanas, pero incluso los países europeos, a los que más identificamos como naciones con varios siglos sobre sus espaldas debieron pagar con sangre, sudor y lágrimas los laureles conseguidos. Y algunos de ellos siguen pagando.
La búsqueda italiana
Cuando la Argentina declaró su independencia, a Italia le faltaba más de medio siglo para ser el país que conocemos hoy. A lo largo de las centurias, alemanes, franceses, sarracenos, griegos, españoles, austríacos habían metido sus manos (y sus soldados, sus paisanos, sus leyes, sus culturas...) simultánea o sucesivamente en las distintas regiones que la conforman. Y cuando no combatían contra los invasores, los señores de las principales ciudades lo hacían entre ellos.
Hacia 1816 –luego de la caída de Napoleón– Italia volvió a tener el estatus anterior al emperador: es decir, Venecia a manos de Austria, Toscana para un hermano del emperador austríaco; Módena, Mirandola, Reggio, Massa y Carrara para la casa Austria-Este; Parma, Piacenza y Guastalla para la viuda de Napoleón (hija del emperador de Austria); Lucca para la infanta María de Borbón; Nápoles para otro Borbón, el rey Fernando IV. Cerdeña siguió en manos de los Saboya y Sicilia en las de otro Borbón más, Francisco I. Como se ve, el grueso de la península estaba en manos austríacas, herederas del viejo imperio romano germánico.
No faltó mucho tiempo para que empezaran las sublevaciones, y podría decirse que los italianos deben su unidad al odio hacia los austríacos, cuyo rigor para reprimir y controlar derivó en movimientos como el de los carbonarios, que llegó a tener más de medio millón de seguidores.
Tres nombres fueron clave en la independencia italiana: Giuseppe Mazzini, Giuseppe Garibaldi y Camilo Cavour. Plebeyos y republicanos los dos primeros, noble y relacionado con la casa de Saboya el tercero, no siempre siempre se llevaron bien (más bien lo contrario). A Cavour se debió la entrada en escena del emperador Napoleón III, cuya presencia en la batalla de Solferino (aquella tan sangrienta que derivó en la creación de la Cruz Roja), en 1859, fue decisiva para la derrota austríaca.
Aun así, la unificación italiana llevó otros diez años de tratados, acciones diplomáticas y guerras, incluso contra los partidarios del Papa. Sólo cuando los franceses se retiraron de los Estados Pontificios, en 1870, Italia se vio libre de extranjeros. El 2 de julio de 1871, Víctor Manuel de Saboya entró en Roma como rey de Italia, y el 27 de noviembre se abrió el parlamento.
En Europa, tal vez sólo a Grecia y los países balcánicos, subyugados por el imperio otomano, les costó tanto como a los italianos lograr su independencia. Sin embargo hoy, Italia tiene un movimiento separatista y los países balcánicos siguen ensangrentados por conflictos étnicos. ¿E Irlanda? Dividida en un territorio independiente y otro bajo dominio británico, está muy lejos de su unificación. Irlanda del Norte, entre tanto, vive una paz precaria a la que los sectores más moderados dedican sus esfuerzos.
Olas que vienen, olas que van
Parecería que los procesos de independencia se dan por oleadas. En el siglo diecinueve le tocó a América, en los años posteriores a la Segunda Guerra Mundial al continente asiático y en los sesenta fue el turno de África.
Todo esto hace pensar que, además de la vocación de un país por lograr la independencia (por dar un ejemplo entre tantos, el caso de Indochina) hay motivos mucho más fuertes que subyacen en la decisión, más que de obtenerla, de darla. ¿Por qué un país colonialista va a conceder derechos gratuitamente a un territorio mientras puede sacarle el jugo?
El "poderoso don dinero" es el que a la larga define la situación, ya sea para que un país se vuelque hacia el imperialismo o para que lo abandone. En la historia latinoamericana tenemos un buen ejemplo: Gran Bretaña jugó un papel importante en los movimientos independientistas por la necesidad de expandir su mercado y en oposición a la política monopólica de España.
Esa misma necesidad llevó a las potencias de fines del siglo diecinueve a repartirse el continente africano como si fuera una torta. Y ha sido también, paradójicamente, esa necesidad, la que llevó a avalar desde las Naciones Unidas las políticas de descolonización: ante el riesgo de perder un mercado por convertirlo en enemigo, mejor es negociar con él. Por supuesto, no todo es tan lineal: nadie da lo que no se pide, y si no hubiera habido pueblos decididos a luchar, ¿de qué independencia estaríamos hablando? En la Historia hay otra ecuación: así como la actual globalización genera una reacción (todavía muy embrionaria) de defensa de las identidades culturales, el colonialismo exacerbó el sentimiento nacionalista en los territorios dominados. Con el paso del tiempo, comenzaron a aparecer distintos movimientos de liberación: ya sea ligados a la negritud, al nacionalismo a la lucha de clases o a diferentes religiones, el fermento para la violencia estaba bien preparado.
El botín africano
Hacia mediados del siglo diecinueve, las potencias europeas tenían claro que necesitaban territorios: África, apenas recorrida más allá de las regiones costeras se presentaba maravillosamente virgen. En la conferencia de Berlín, entre 1884 y 1885, se organizó el reparto más descarado: el que ocupaba la tierra, la tenía, aunque aceptando en el interior los derechos prioritarios de los países que se habían instalado en la costa.
Le dieron el gusto al rey Leopoldo de Bélgica con el Congo belga y el resto se lo repartieron entre el Reino Unido, Francia, Alemania, Italia, Portugal y España. Los límites fueron trazados según las potencias realizaban la ocupación, sin tomar en cuenta cuestiones culturales o étnicas.
A Nigeria -que reúne 250 etnias, diez de las cuales forman el 90 por ciento de la población- le tocó caer bajo dominio británico: en 1886 la consideraron colonia y en 1914, colonia y protectorado. Producto de la política de descolonización, en 1960 fue proclamado Estado independiente dentro del Commonwealth y República Federal en 1963. Pero comenzaron a surgir las rivalidades interétnicas y la tranquilidad no iba a durar: tres años después, en 1966, el gobierno fue derrocado y comenzaron las masacres y los desplazamientos de refugiados. Al año siguiente se decidió organizar el país en doce estados de bases étnicas en lugar de las cuatro regiones anteriores. Fue entonces cuando la región oriental declara su separación de Nigeria. La región era Biafra, cuyo nombre se recuerda con espanto: no obtuvo la independencia, sencillamente porque además de la guerra Biafra quedó despoblada, millones de personas muertas de hambre. Esa guerra terminó, pero la historia posterior de Nigeria fue una repetición de golpes, reelecciones, denuncias de fraude y matanzas periódicas.
El caso de Nigeria, y el de Biafra, no son en absoluto aislados: Somalia, Uganda, Etiopía, Sierra Leona, Ruanda... la década del noventa se llevó a más de diez millones de personas entre el hambre y las guerras civiles.
El proceso de independencia en África probablemente fue –si nos limitamos al período de declaración de independencia– más lento, pero menos traumático que el de los países del sudeste asiático. Con matices, claro: la semilla ya había sido sembrada al terminar la Primera Guerra Mundial, cuando se repartieron las tierras de la perdedora Alemania: Gran Bretaña y Francia no las recibieron como colonias sino como "mandatos", es decir, con el objeto de prepararlas para su independencia. El fin de la Segunda Guerra Mundial halló a las colonias ya sin miedo hacia los países centrales y, en cambio, con la conciencia clara de que ellas eran un soporte fundamental para la economía de las metrópolis. Y por si fuera poco, había dos nuevas potencias (la Unión Soviética y los Estados Unidos) muy interesadas, por distintos motivos, en la descolonización.
¿Habrían ocurrido igualmente las matanzas si África no hubiera sido repartida de la manera en que lo fue? Imposible saberlo, pero lo cierto es que las rivalidades entre las distintas etnias fueron fomentadas, cuando no creadas, por los países colonizadores, que en función de sus intereses favorecieron a algunas tribus con las que hicieron tratados en desmedro de otras.
"Papá, no vuelvo a casa"
América tiene historias riquísimas, pero pocos casos como el del emperador Pedro I de Brasil, quien se independizó... de su propio padre. La corte de los Braganza había venido a América en 1807, cuando Portugal cayó bajo las tropas napoleónicas. Pedro, hijo de don Juan (que era regente, puesto que su madre María estaba loca) y de la infanta Carlota Joaquina, hermana de Fernando VII, se enamoró del Brasil, que fue transformado en reino en 1815. Hacia 1822 ya había muerto María y don Juan, proclamado rey de Portugal, volvió a Lisboa y rebajó el estatus de Brasil nuevamente al de colonia. Fue cuando Pedro lanzó el llamado "Grito de Ipiranga" y fue proclamado al tiempo emperador de Brasil. Claro, papá no iba a oponerse demasiado... Tanto le gustó el cargo a Pedro, que a la muerte de Juan, como debía optar por una de las dos coronas, le cedió la de Portugal a su hija María y se quedó en tierra americana. Pero no por mucho tiempo: la independencia brasileña era bastante nominal, pues entre otras cosas Pedro daba preferencias a los portugueses en los empleos públicos. A principios de 1831 estalló la revolución y el emperador debió abdicar a favor de su hijo, Pedro II, quien mantuvo la corona hasta 1889, cuando se proclamó la república y debió exiliarse en Europa.
Guerrillas y algo más
Más allá de la política descolonizadora de las Naciones Unidas, la actividad de los grupos organizados en guerrillas fue clave para la que las metrópolis aceptaran las indepedencias. Tales los casos, entre otros, de algunas colonias portuguesas como Guinea-Bissau, Angola y Mozambique (paradójicamente, Portugal, un país de escaso desarrollo por entonces, y políticamente quedado en el tiempo, fue el último en soltar sus colonias).
Pero si hubo movimientos foquistas, en el norte de África, en Argelia, la situación llegó al nivel de insurrección civil: Francia se resistió como con ningún otro territorio a reconocer su derecho a la autodeterminación, incluso teniendo parte de la opinión pública francesa en contra.
Mucho más cruento aun fue el proceso que sufrió la península de Indochina, enfrentada a Francia, primero, y a Estados Unidos, después. La región (formada por la colonia de Cochinchina, la semicolonia de Tonkín y los protectoras de Anam, Laos y Camboya) era administrada exclusivamente al servicio de la metrópoli y de una pequeña oligarquía local. Hasta los años ’30, el nacionalismo en la región se había manifestado poco y nada, pero cuando la depresión comenzó a causar estragos, Ho Chi Minh organizó el Partido Comunista Indochino, que rápidamente se ubicó a la vanguardia del movimiento independientistas.
Los primeros brotes rebeldes, fuertemente reprimidos, sirvieron para incorporar a la lucha a grandes masas de campesinos. La Segunda Guerra Mundial trajo la invasión japonesa, y a su retirada Vietnam, Camboya y Laos se declararon independientes. Los franceses no tardaron en reaccionar y, apoyados por los países occidentales, iniciaron la ocupación. La insurrección ordenada por Ho Chi Minh finalizó en 1954, con la victoria sobre los franceses en Dien Bien Fu. En las negociaciones se reconoció la independencia de Camboya y Laos y partió a Vietnam en dos: el Norte, comunista, con capital en Hanoi, y el Sur, que pronto caería bajo la influencia estadounidense. Todavía quedaban veinte años más de conflicto, agravado desde que el presidente John Kennedy envió a los primeros militares. Los vietnamitas mantuvieron una guerra de desgaste que duró hasta 1975, cuando entraron a Saigón. El país se liberó (y dio al mundo una lección de voluntad), pero en 1979 fue invadido nuevamente, esta vez por China.
No les fue mejor a Laos, que terminó su guerra en 1973 y luego padeció bastante, ni a Camboya, invadida por estadounidenses y vietnamitas del sur en 1970, dominada desde 1975 por el Khmer Rojo, un movimiento local que masacró a dos millones y medio de camboyanos, y con conflictos posteriores.
La cantidad de muertes en las periódicas masacres africanas o las sangrientas guerras balcánicas espantan a cualquiera, al punto que más de un despistado se habrá preguntado para qué buscaron independizarse: la "civilización" occidental está tan lejos de semejantes atrocidades… Pero si miramos hacia atrás (y sin contabilizar siquiera las guerras mundiales), nuestro propio continente vivió décadas de guerras civiles (en Colombia, por ejemplo, están lejos de cicatrizar). Más que un punto de llegada, la independencia es un punto de partida y el proceso de desarrollo de la identidad nacional, más que una serena construcción ladrillo sobre ladrillo, un doloroso rito de iniciación.
Recuadro 1
Un caso curioso
Cuando, entre 1884 y 1885, las potencias de entonces se repartieron el continente africano durante la Conferencia de Berlín, sólo dos países se salvaron de caer en la volteada: uno era Etiopía, que tenía una tradición de varios siglos en materia de resistir invasiones; el otro fue Liberia, un rarísimo caso de país inventado.
Hacia 1816 fue creada en los Estados Unidos la Sociedad Americana de Colonización, que adquirió tierras en África occidental para trasladar allí esclavos liberados en los Estados Unidos: ese territorio fue llamado Liberia y su enclave principal, Monrovia, en homenaje al presidente James Monroe. En 1822 llegó el primer contingente. En 1847 estaba gobernada por Joseph Jenkins Robert, un mestizo nacido en Virginia, quien declaró la independencia respecto de los Estados Unidos y fue el primer presidente.
Entre 1848 y 1856 el país fue reconocido por las principales potencias, pero los norteamericanos sólo lo hicieron en 1862. Ese reconocimiento salvó a la república de ser repartida, pero igualmente Liberia no escapó al sino trágico del continente: durante su existencia hubo conflicto entre los colonizadores y los nativos y en la década dácada anterior ganó las primeras planas por las masacres ocurridas durante sus guerras civiles.
Recuadro 2
Temas pendientes
Todavía quedan territorios que, de un modo u otro, por las armas o mediante la diplomacia, esperan lograr su independencia. La Comisión de Política Especial y de Descolonización de la ONU observa, entre otros, los casos de Timor oriental, Sahara occidental, Puerto Rico, Palestina y Nueva Caledonia. Esos son los más notorios porque alguna vez alcanzaron las planas de los diarios, lo mismo que el caso de la devolución de las islas Malvinas y Gibraltar.
Pero los hay menos conocidos: los de Samoa estadounidense, Bermudas, Anguila, Guam, Islas Vírgenes británicas y estadounidenses, Islas Cayman, Monserrat, isla de Pitcairn y Santa Helena, entre otros.