Paz en Irlanda del Norte

UNA HISTORIA DE IRA

"Ejército Republicano" versus paramilitares; católicos versus protestantes; irlandeses versus ingleses. ¿Pueden desaparecer de un plumazo ochocientos años de odio? Las negociaciones van y vienen, y todo indica que en el largo plazo el Ulster formará parte de la República de Irlanda. También puede predecirse que la violencia no terminará pronto.

Por Amanda Paltrinieri

Tal como están las cosas, dentro de ocho días comenzará un nuevo diálogo por la paz en Irlanda del Norte. Hasta hace dos meses, el proceso parecía bien encaminado: apenas asumió su cargo, el primer ministro británico -Tony Blair- invitó a que el Sinn Fein (el partido político ligado a la guerrilla católica) participara de las negociaciones sin exigirles que el IRA (siglas en inglés de Ejército Republicano Irlandés) decrete previamente un alto el fuego. Aunque se preocuparon por destacar que no tienen influencia sobre el grupo armado, los líderes del SF Gerry Adams y Martin McGuinness aceptaron la propuesta. La actitud de los dirigentes protestantes fue variada: el moderado Partido Unionista del Ulster (UUP) prestó su apoyo, mientras que el más radicalizado y violento Partido Democrático Unionista (DUP, con buena llegada a los grupos paramilitares) la consideró una especie de rendición. Su líder, el reverendo Ian Paisley, acusó a Mo Mowlam -secretaria para Irlanda del Norte- de ser "prorrepublicana".

Pero, a principios de julio, la cancha se embarró totalmente cuando los integrantes de la Orden de Orange -protestantes- anunciaron que organizarían desfiles en toda la región para recordar la aplastante victoria del rey inglés Guillermo de Orange sobre los católicos irlandeses y escoceses. No sólo eso: el trayecto previsto incluía una recorrida por varios barrios católicos. Apenas se supo que la secretaria Mowlam había autorizado las marchas, el Sinn Fein llamó a la desobediencia civil: los irlandeses respondieron tanto que desbordaron al SF y ni Adams ni McGuinness pudieron frenar la violencia que se había desatado. El primer muerto fue un protestante a quien le explotó la bomba que estaba armando. Durante unos días se vivió un clima de guerra civil similar al de 1969, cuando los enfrentamientos dieron pie a la ocupación del Ulster por las tropas británicas.

La tranquilidad sólo volvió cuando la Orden de Orange anunció que iba a modificar su recorrido. Pero algo cambió: la secretaria Mowlam exigió al SF seis semanas de cese de fuego por parte del IRA. A fin de agosto ella evaluaría si éste había sido genuino, en cuyo caso invitaría nuevamente al SF al diálogo.

En cuanto a la actitud de la Orden de Orange, ¿fue despiste o provocación? Queda flotando la duda: aunque aceptó no marchar en barrios católicos, pidió a los partidos unionistas (que desean permanecer dentro del Reino Unido) que se retiraran de la mesa de negociaciones.

Al cierre de esta edición no se había cumplido todavía el plazo requerido por la doctora Mowlam, por lo que no se sabía en qué condiciones se habrá de llegar -si se llega- a la reunión del 15 de septiembre. Hasta ahora se dieron algunos pasos: el 12 de agosto, por ejemplo, McGuinness y uno de los líderes del UUP, Ken Maginnis, debatieron cara a cara en un programa de la BBC. En el otro extremo, la gente del reverendo Paisley está decidida a boicotear el diálogo.

Ochocientos años

La ciudad de Belfast tiene su propia versión del Muro de Berlín, unos paredones verdes que separan los barrios católicos de los protestantes. Comenzaron a construirse desde la llegada de las tropas británicas que arrasaron los barrios católicos tras los disturbios de 1969. No hace mucho que la gente comenzó a animarse a vivir en barrios mixtos y a relacionarse con los "otros", más o menos discretamente por temor a represalias. Allí, como en todo el Ulster, se vive y se muere por la religión a la que se pertenece.

Aunque los atentados del IRA son más conocidos por su espectacularidad, los grupos paramilitares protestantes como la UVF (Fuerza de Voluntarios del Ulster), UFF (Unión de Combatientes del Ulster) y UDF (Fuerzas de la Defensa del Ulster) no son menos letales: algunos suelen hacer rondas nocturnas y paran a los transeúntes para preguntarles si son católicos o protestantes. Con la respuesta se les puede ir la vida. Últimamente sus blancos preferidos son las parejas mixtas: una de las víctimas más recientes fue Bernadette Martin, una joven católica de dieciocho años asesinada el 15 de julio en la localidad de Aghlee, mientras dormía en la casa de su novio protestante.

¿Por qué tanto odio? La violencia de uno u otro lado no es cosa nueva: tiene ochocientos años de antigüedad, tantos como los de la ocupación inglesa.

La bella Eire

Eire -o Erin o Eriu- es el nombre que los celtas (Nueva 265) dieron a la isla en su lengua, la gaélica, y que los ingleses convirtieron en Ireland. Aquellos llegaron allí hacia el siglo cinco antes de Cristo y se fusionaron con sus antiguos habitantes, los pictos.

Su sociedad estaba organizada del mismo modo que la de otros pueblos célticos: la isla estaba dividida en cinco provincias (Ulster, Meath, Leinster, Munster y Connaught), que a su vez se dividían sucesivamente hasta llegar a la tribu y al clan.

Cuando, hace unos años, el dirigente del IRA Bobby Sands llevó su huelga de hambre hasta la muerte, no hizo más que resucitar una antiquísima tradición irlandesa, acorde con el sentido del honor que tenían los celtas: la víctima de una injusticia acostumbraba ayunar ante la morada de su ofensor, sabedor del descrédito en que caería éste si lo dejaba morir de hambre. (A principios de siglo ya había hecho lo mismo el alcalde de Cork, Terence MacSwiney, quien murió en prisión después de ayunar durante sesenta días.)

Convertidos al cristianismo hacia el siglo quinto gracias a Patricio, el obispo que después fue su santo patrono, vivieron tranquilos hasta que, a fines del siglo ocho, fueron invadidos por los daneses.

Los combatieron durante cuatro siglos y finalmente consiguieron expulsarlos, a un costo que todavía hoy están pagando: el príncipe Diarmaid (o Dermod), expulsado de la provincia de Leinster, se refugió en Inglaterra. Con ayuda inglesa volvió a Irlanda y obligó a huir al último de los príncipes daneses, pero un año después, en 1171, Enrique II de Inglaterra desembarcó en la isla y se proclamó señor del país. Suprimió la Constitución de Irlanda, introdujo el feudalismo, despojó a numerosos habitantes de sus tierras y las otorgó a los barones ingleses: con eso dio origen a un odio que todavía no cedió, así como dio pie al primero de los alzamientos.

Bajo el signo de la sangre

Después del primer despojo las cosas fueron de mal en peor. Robert Bruce, el rey que unificó Escocia, los ayudó en una oportunidad, pero fue derrotado y debió volver a su país en 1318. Dos siglos más tarde, Enrique VIII se proclamó rey de Irlanda. Su reforma religiosa, resistida en la isla, permutó el odio ya existente entre los "enemigos irlandeses" y los "sangrientos ingleses" por la hostilidad entre católicos y protestantes. A cada levantamiento -como los de los O’Neill, condes de Tyrone; o las guerras del conde de Desmond- siguió una represión peor.

Cuando subió al trono Jacobo I hubo una pequeña esperanza: quizás ese rey, de origen escocés y de una familia católica como los Estuardo, tendría alguna contemplación... Por el contrario, se organizaron nuevas confiscaciones de tierras que fueron cedidas a ingleses y escoceses, especialmente en la región del Ulster (de esa época data la fundación de Londonderry). No tardó en producirse una nueva rebelión, en 1641, comandada por los jefes de tribu Rory O’More, lord Cornelius Macguire y Phelim O’Neill, sobrino de uno de los condes de Tyrone. Como en muchos de los alzamientos anteriores, los irlandeses llevaron en algún momento las de ganar, pero en 1649, después de haber firmado un tratado de paz, el parlamento inglés envió a Oliver Cromwell a Irlanda: éste hizo pasar a cuchillo cuanta guarnición tomó y dejó instrucciones pavorosas. El resultado fue que la isla quedó casi despoblada de irlandeses: casi quinientos mil hombres murieron ejecutados (entre ellos O’Neill), por enfermedad o por hambre y otros cien mil fueron desterrados o emigraron. Los que quedaron, si habían tomado parte en la insurrección o no la habían combatido, perdieron sus bienes y fueron trasladados a la región del Connaught, donde les devolvieron una pequeñísima parte de lo que les habían quitado. Las tierras confiscadas en Ulster, Leinster y Munster fueron cedidas a colonizadores ingleses.

La última gran rebelión (hasta este siglo) fue cuando los irlandeses apoyaron a Jacobo II y a los escoceses en su intento por recuperar el trono, que a la sazón estaba en manos de su yerno, Guillermo de Orange. Éste derrotó a su suegro el 11 de julio de 1670 y terminó por someter a los irlandeses al año siguiente.

Las medidas que siguieron no ayudaron a mitigar el odio: más tierras confiscadas, se desarmó a los católicos y se les prohibió cualquier manifestación y enseñanza de su culto. Les quitaron también el derecho a votar y prohibieron los matrimonios mixtos.

El comienzo de la guerrilla

La política desarrollada contra la economía irlandesa afectó incluso los intereses de los propios colonos ingleses, quienes comenzaron a pedir que se suavizaran las leyes. Lentamente los irlandeses comenzaron a recuperar sus derechos (a practicar su culto libremente en 1782, la emancipación de los católicos y su derecho al voto en 1829). Pero esas leyes llegaron tarde: desde hacía décadas, sin fuerzas para una rebelión generalizada, los irlandeses habían comenzado a crear sociedades secretas como la de los Corazones de Roble o los Defensores y adoptado un sistema de atentados contra funcionarios y párrocos protestantes (que vivían, entre otras cosas, a expensas del diezmo obligatorio de los católicos).

Ya entrado el siglo pasado, sucesivas (tremendas) hambrunas obligaron a muchos irlandeses a migrar y los que quedaron fueron radicalizándose. En 1848 se creó la Liga de la Joven Irlanda y en 1861 la de los fenianos, partidarios de la acción violenta para lograr la separación de Irlanda del Reino Unido. Desde 1868 comenzaron a tratarse en Londres proyectos de home rule (gobierno autónomo) para Irlanda, su tratamiento se postergó durante décadas tanto por vaivenes políticos como por los atentados de los nacionalistas irlandeses, quienes llegaron a asesinar al secretario y al subsecretario de Estado para Irlanda en 1882.

El home rule nunca se llegó a sancionar, pero alcanzó para que los protestantes se preocuparan y solicitaran que, de reglamentarse, se decidiera también que el Ulster (donde ellos eran mayoría a causa del exterminio de los siglos anteriores) se desintegrara de Irlanda.

Pero si hasta entonces la acción violenta era muy discutida por los católicos, cuando el proyecto de autonomía fue dejado de lado en aras de la Primera Guerra Mundial los irlandeses abrazaron decididamente la violencia.

Rebelión otra vez

La bandera de la independencia fue tomada por un partido creado a principios de siglo: Sinn Fein ("nosotros solos", en gaélico). A todo esto, el gobierno británico había hecho un doble juego: mientras parecía dispuesto a aprobar el home rule, alentaba a los unionistas protestantes a que organizasen fuerzas de voluntarios (eufemismo por organizaciones armadas) para defender el Ulster.

Durante la Pascua de 1916 estalló una nueva rebelión, que fracasó. Dieciséis de sus líderes fueron ejecutados, a pesar de que les habían prometido ciertas garantías.

A fines de 1918, unas elecciones generales dieron el triunfo a los republicanos en toda la isla excepto el Ulster. Los diputados rehusaron sentarse en el Parlamento británico para no jurar fidelidad a la Corona (lo mismo que ocurre actualmente con Gerry Adams y Martin McGuinness, diputados electos pero no en funciones) y fueron más lejos: declararon la República Irlandesa, nombraron presidente a Eamon de Valera, dirigente del Sinn Fein, y establecieron un Parlamento propio. De esta época data la creación del IRA, el Ejército Republicano Irlandés.

La respuesta británica fue el terror: encarcelaron a los líderes republicanos y crearon un cuerpo de policía formado por criminales perdonados a cambio de servir en Irlanda; entre enero de 1920 y julio de 1921 incendiaron la ciudad de Corck y gran parte de las de Limerick, Granard y Balbriggan, además de cien aldeas y más de dos mil edificios en distintos lugares. Todo esto sin contar los asesinatos cometidos por los "voluntarios" y la matanza realizada por el ejército durante un partido de fútbol en Dublin.

La violencia del Sinn Fein -apoyado por hombres y mujeres de todas las edades y condiciones- no le iba en zaga: el obispo de Corck llegó a excomulgar a quienes tendían emboscadas dentro de su diócesis.

Pero finalmente la rebelión dio sus frutos: el gobierno del ministro Lloyd George debió negociar y el 6 de diciembre de 1921 se firmó el Tratado Anglo-Irlandés por el cual la isla se dividía entre el Estado Libre de Irlanda (Eire, que dependía, de todos modos, de la Corona británica) y la región de Irlanda del Norte, el Ulster, con el estatus de provincia autónoma del Reino Unido.

En realidad, el nuevo Estado nació con una guerra civil: a pesar de que las elecciones de 1922 (por las que William Cosgrave, dirigente del Sinn Fein, fue nombrado presidente) afianzaron su vida política, el sector feniano que respondía a De Valera se negó a aceptar nada que no fuera la independencia. Durante dos años el IRA peleó contra el ejército irlandés, hasta que sus dirigentes comprendieron que era una guerra inútil y depusieron las armas. De todos modos sus aspiraciones llegaron a cumplirse parcialmente: el Eire se separó del Commonwealth y se declaró independiente en 1949. El propio De Valera fue primer ministro y dos veces presidente. Eso sí: la República de Irlanda nunca dejó de reclamar la independencia de toda la isla.

La pelea en el Norte

En los seis condados que forman el Ulster nunca dejó de haber conflictos. Los católicos son ciudadanos de segunda, a cuyos padres o abuelos sorprendió la división en un territorio mayormente protestante: vaya como ejemplo el dato de que en West Belfast, el sector obrero de la ciudad, sólo quince por ciento de la gente tiene trabajo, porque la mayoría de los protestantes se niega a emplearlos.

Los incidentes más graves ocurrieron en 1969, cuando el gobierno británico detectó indicios de una resistencia armada católica. Era el resurgimiento del IRA. Las luchas callejeras fueron tales que los barrios católicos de Belfast y Derry resultaron arrasados. Durante veinticinco años, la violencia no cedió: el domingo 30 de enero de 1972 (uno de los tantos "domingos sangrientos" de la historia irlandesa), durante una manifestación murieron catorce personas a manos de las tropas británicas y otras tantas fueron heridas. Más de veinte mil soldados ocuparon el Ulster y fue disuelto el autogobierno. Desde entonces, entre los ataques del IRA y los de los paramilitares unionistas, murieron más de tres mil personas. El IRA, cada vez más osado, comenzó a "exportar" sus atentados: el mismo día en que dos bombas mataron a dieciocho soldados británicos, asesinó a lord Mountbatten, pariente de la reina Isabel II; atacó 10 Downing Street, la residencia oficial del primer ministro (por entonces Margaret Thatcher); atacó también, varias veces, el aeropuerto de Heathrow con morteros.

El atentado más sangriento se produjo en 1974, cuando dos bombas estallaron en bares de la ciudad de Birmingham y causaron la muerte a veintiuna personas.

Lo que es y lo que SERÁ

El Sinn Fein está embarcado en tratativas secretas de paz desde 1992. En 1993 el premier John Major y su colega irlandés, Robert Reynolds, firmaron una iniciativa en ese sentido. En 1994 el SF declaró un cese de fuego unilateral que, a menos de veinticuatro horas de iniciado, tuvo como respuesta el asesinato de un obrero católico a manos del UFF. La tregua duró quince meses y finalizó con una bomba en los muelles de Londres que causó dos muertos y cien heridos.

¿Cuánto apoyo tiene el SF? En las elecciones del año pasado para el llamado Foro de la Paz, se alzó con diecisiete bancas y quince por ciento de los votos (lo que equivale a un tercio de los votos católicos), a pesar de lo cual el todavía primer ministro Major le impidió participar del proceso de paz mientras no entregara las armas. La llegada de Tony Blair al gobierno trajo tranquilidad, pero ésta terminó en julio último.

Tanto Adams como McGuinness sostiene que las negociaciones deben hacerse junto a los unionistas. Éstos tienen sus razones para dudar de la sinceridad del IRA, pero los nacionalistas se pueden dar el lujo de gestos magnánimos porque ya se empiezan a ver los resultados de una poderosa arma de resistencia pasiva: la natalidad. Y no es broma: si cuando se dividió Irlanda, los católicos del Ulster arañaban treinta por ciento de la población total, ya son -a contrapelo de la tendencia europea- cuarenta y tres por ciento. La cifra es importante no sólo porque implica que en un futuro no muy lejano los católicos serán mayoría, sino porque -a causa de la severa desocupación- representan al Estado una verdadera sangría de subsidios.

Mal que pese a muchos, todos saben que -prosperen o no las próximas negociaciones- el Ulster será a la larga parte del Eire. El problema no es tanto cuándo sino en qué condiciones se llegará a ese momento. Durante los disturbios de julio, tanto católicos como protestantes realizaron en sus respectivas iglesias multitudinarias plegarias por la paz. Desde hace unos años, también, comenzaron a crearse agrupaciones que reúnen a personas de diferentes credos, como "Mujeres juntas por la paz", que trabajan para vencer prejuicios.

Pero el Ulster seguirá siendo un polvorín durante un buen tiempo. Por el lado nacionalista, el propio Sinn Fein pudo comprobar lo delicado de la situación cuando pidió sin éxito que terminaran los saqueos. Por el lado protestante, aunque los sectores moderados se esfuerzan por conciliar posiciones, habrá que ver la reacción de los unionistas más recalcitrantes y de los paramilitares a medida que se haga más evidente el camino que recorrerá Irlanda del Norte. Y cuando llegue el momento en que Irlanda sea una sola, vendrá lo más difícil: evitar la revancha •

© 1997

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