Nueva 338, 4/1/1998
Charlotte, Emily y Anne Brontë LAS HIJAS DEL PÁRAMO
En una región desolada, tres hermanas tuberculosas, hijas de un padre alcohólico, encontraron en la literatura romántica un refugio para sus vidas. Dos de ellas dejaron Cumbres borrascosas y Jane Eyre, melodramas cuyas versiones fílmicas todavía arrancan lágrimas. Por Amanda Paltrinieri
¿Quién no lloró con el amor obsesivo de Heathcliff-Laurence Olivier por Cathy-Merle Oberon en Cumbres borrascosas? ¿Quién no sufrió con la terrible infancia de Jane Eyre-Joan Fontaine y el pasado tormentoso de Rochester-Orson Welles en Jane Eyre?
La primera tuvo hace poco una floja remake con Ralph Fiennes y Julliette Binoche; la segunda -más reciente- fue rehecha con los rostros de William Hurt y Charlotte Gainsbourg.
Si alguien escribiera ahora esas novelas, sería despedazado por la crítica. Pero desde que fueron publicadas, generaciones enteras se conmovieron con los padecimientos de esos personajes que oponían un amor a toda prueba -e incluso hasta la locura- a la desolación de sus vidas. Para miles de personas, la palabra "páramo", más que una referencia topográfica se asocia directamente con la triste geografía de Cumbres...
El reino de la muerte
El páramo tiene un nombre: Haworth, al norte de Inglaterra. Su paisaje es el mismo en el que Emily Brontë enmarcó la vida de Cathy y de Heathcliff: una vieja casa de piedra sobre un terreno pedregoso, de pastos sin vida, barrido por el viento.
Allí, en el presbiterio, vivían el reverendo Patrick Brontë, su esposa Mary y sus hijos, Charlotte (1816-1855), Emily (1818-1848), Anne (1820-1849), Mary, Elizabeth y el único varón, Branwell.
A poco de haber nacido Anne murió la madre, y desde entonces la muerte no dejó de acosar a la familia: Brontë se convirtió en un tirano alcohólico; Mary y Elizabeth no sobrevivieron mucho tiempo a la tuberculosis, que pasó a ser un mal familiar; Branwell, quien podría haber sido un buen artista, terminó sus días víctima del alcohol y el opio. Las únicas mujeres adultas de la casa eran una hermana de la madre que se hizo cargo de las criaturas (la tía Elizabeth, un alma en pena) y Tabby, una vieja criada.
Vaya a saberse cómo, el rigor paterno no impidió que las chicas se formaran por su cuenta y se apasionaran por la literatura. Algunas fueron enviadas a Cowan Roe, una institución creada para hijos de clérigos, en donde el maltrato era moneda corriente, tal como describió Charlotte en Jane Eyre.
Sin embargo las tres hermanas tenían un refugio: escribir. Charlotte lo hacía desde los quince años: enviaba a las editoriales una novela tras otra, que eran rechazadas metódicamente. Como era lo común entonces, por las dudas usaba el seudónimo masculino de Currer Bell.
También hicieron intentos de escapar. Charlotte, por ejemplo, fue directora de una escuela en otra localidad y se llevó sucesivamente a Emily y a Anne. Pero el padre, borracho perdido e hipocondríaco, las hizo volver. Un par de años después Charlotte y Emily (Anne, la más minada por la tuberculosis, quedó en Haworth) intentaron probar suerte en Bélgica.
En algún momento quisieron abrir una escuela en Inglaterra, pero fracasaron por falta de alumnos: el hermano de ellas, Branwell, ya se había hecho famoso como drogadicto y su reputación les jugó en contra.
Interludio en Bruselas
Charlotte volvió a Bélgica. Había debido interrumpir su estadía por la muerte de la tía Elizabeth, quien dejó a las hermanas una pequeña herencia que les significaba un mínimo desahogo. El motivo de su segundo viaje tenía nombre y apellido: Constantin Heger, en cuya casa se había alojado.
Pero Heger -un hombre sensible y, para ella, espíritu afín- estaba casado, y no respondió a la pasión de Charlotte, a pesar de sus demandas: "Si mi maestro me retira enteramente su amistad -le escribió ella-, quedaré sin esperanza; si me da un poco, muy poco, estaré contenta, dichosa: tendré un motivo para vivir, para trabajar." Charlotte regresó deprimida por el rechazo de Heger y los celos de la mujer de éste.
¿Cómo extrañarse de esas súplicas? Hasta entonces, la vida de las Brontë había sido un infierno. Intentaron escribir poemas y novelas para pagar las deudas de su hermano y una operación de cataratas del padre. Usando el mismo apellido que Charlotte, Emily y Anne eligieron seudónimos en los que conservaban sus iniciales: Ellis y Acton, respectivamente. Aunque la mayor parte de los manuscritos les fueron devueltos uno tras otro y no les rindieron un centavo, pusieron en la literatura la emoción que no tuvieron en sus vidas.
En 1846 publicaron a sus expensas los Poemas de Currer, Ellis y Acton Bell. Vendieron dos ejemplares. A pesar de todo -Emily y Anne moribundas- continuaron escribiendo: finalmente, al año siguiente pareció que comenzaba la buena racha: a Emily aceptaron editarle su manuscrito de Cumbres borrascosas y a Anne, Agnes Grey. A Charlotte le rechazaron su original de El profesor pero, en cambio, publicaron su Jane Eyre, una novela con mucho de autobiográfico, especialmente la parte referida al maltrato hacia los niños en las instituciones de caridad.
Mucha muerte y un poco de tranquilidad
Las novelas fueron exitosas, pero la alegría no duró demasiado: en septiembre de 1848 murió Branwell, después de varios episodios de delirium tremens, y el frío sufrido durante el funeral agravó la tuberculosis de Emily. Pero ella eligió morir: se negó a que la vieran los médicos y ni siquiera disfrutó de las buenas críticas recibidas por Cumbres borrascosas. A pesar de los ahogos, sólo aceptó la presencia de un doctor el 19 de diciembre, su día final.
Anne no sobrevivió demasiado, pero llegó a ver editada su última novela, La castellana de Wildfield Hall, e hizo su elección: no quiso morir en el "páramo", en Haworth. Viajó con Charlotte a la localidad de Scarborough, donde falleció -el 20 de mayo de 1849- junto a una ventana, mirando el mar.
Aunque había quedado sola, Charlotte tuvo más oportunidades: viajó a Londres varias veces, invitada por sus editores, gozó del prestigio ganado con sus obras (después publicó Shirley, un retrato de la vida rural inglesa, y Villette, obra tan celebrada como discutida) y pudo moverse algo en el ambiente literario.
A pesar del amor no correspondido hacia Heger y de tres propuestas de matrimonio que rechazó, finalmente se casó con un pastor -Arthur Bell, vicario de la parroquia de su padre en Haworth- después de tratar durante varios meses de obtener el consentimiento del señor Brontë. La boda fue en junio de 1854, y la felicidad no le duró demasiado: quedó embarazada, pero ya estaba gravemente enferma y no llegó a dar a luz. Murió el 31 de marzo de 1855. Su primera novela, El profesor, fue publicada dos años después.
Las hermanas fueron -son- objetos de culto: se discutió mucho cuál era mejor escritora, cuál mejor poetisa. Lo cierto es que el romanticismo extremo de sus obras -tanto más salvaje cuanto más desesperanzadas eran sus vidas- todavía conmueve: la muerte en vida y la desesperación de Heathcliff son de la propia Emily; la infancia desamparada de Jane Eyre es la misma de Charlotte. Y si sus versiones cinematográficas se convirtieron en clásicos es simplemente porque supieron tocar esa cuerda a la que todos somos sensibles: la que habla de la necesidad de amar y ser amados.
© 1997