Legión Extranjera LA PATRIA DE LOS INDESEABLES
Es una sombra de lo que fue: según la óptica, último refugio para los desesperados o una fuerza de asesinos al servicio de un país colonialista. Perdieron hace décadas el desierto que los hizo famosos, pero se adaptaron a los nuevos tiempos y hoy reclutan desde su página en Internet. Por Amanda Paltrinieri
Comenzaba abril de 1831 cuando el rey Luis Felipe firmó el decreto. La fundación de la Legión Extranjera mataba dos pájaros de un tiro: con ella Francia se afirmaba en el norte de África y se sacaba de encima a gran cantidad de refugiados "indeseables". Como anzuelo, no preguntaban a los reclutas nada acerca de su pasado y les ofrecían, al cabo de cinco años, un nuevo nombre y la ciudadanía francesa.
Ingresaban quienes ya no tenían nada que perder: asesinos, perseguidos políticos, condenados a muerte. En teoría no podían entrar fugitivos de la Justicia, pero nadie preguntaba al recluta si el nombre que ponía en el contrato era verdadero o falso. Total, hacerse legionario era olvidarse de la vida anterior y convertirse en un ser anónimo, parte de una maquinaria hecha para vencer o morir. "La Legión es nuestra patria" era - es- su lema; "Francia es nuestra madre", canta el himno.
Tuvieron su bautismo de fuego en Argelia al año siguiente, contra árabes y beréberes que se resistían a la conquista. Triunfaron los extranjeros y cuentan que, después del combate, durante varios días en los mercados se vendieron miles de aros hechos con pedazos de orejas de los vencidos.
El mito
La leyenda no tardó en crecer: allá lejos, en fortines perdidos en las arenas del Sahara, un grupo de gente en el que cabía tanto un asesino múltiple como un corazón roto adquiría un nuevo código de honor basado en la lealtad y el valor.
Con el tiempo comenzaron a oírse relatos heroicos que cimentaron una imagen romántica de los legionarios tal como la retrató Hollywood en la película Beau Geste (1939).
Una de las historias habla del general Negrier, quien tenía a su cargo doscientos soldados. El jefe árabe había conseguido levantar en armas a las tribus de la región del Rif y comandaba cinco mil jinetes. "Legionarios -arengó Negrier-, ustedes son soldados destinados a morir… Preparen las armas porque ahora los llevaré al sitio de la muerte." Tenía razón: de los doscientos sólo volvieron treinta, todos heridos.
Pero nada conmueve tanto a los legionarios como el episodio ocurrido en Camarones (México), en abril de 1863, cuando los franceses invadieron el país. Un grupo de sesenta hombres al mando del capitán Jean Danjou fue rodeado por dos mil mexicanos. Diez horas después ya habían muerto casi todos, incluido Danjou (quien ya era famoso por su mano de madera, pues había perdido la izquierda en una acción anterior). Cuando sólo quedaban cinco legionarios vivos, éstos recibieron una oferta de rendición, pero se negaron a entregar sus armas. Se cuenta que, cuando ya estaban a punto de rematarlos, los propios mexicanos dejaron de combatir y presentaron armas ante los vencidos en homenaje al valor. La mano de Danjou fue recuperada y hoy es la máxima reliquia de la Legión, que todos los años celebra el aniversario del combate.
Hasta el límite
Para crear semejante máquina de matar o morir, se requería un entrenamiento de extrema crueldad. Al menos oficialmente, ya no se ordenan castigos clásicos como le tombeau (que consistía en dejar al recluta veincuatro horas enterrado hasta el cuello en la arena, sin agua ni comida) o la crapaudine, por el que el recluta era abandonado a los rigores desérticos -también durante un día, sin agua ni comida- con brazos y piernas atados a la espalda-. Pero todavía hay quien recuerda que la bienvenida a los novatos consistía en hacerlos limpiar el piso del cuartel con la lengua.
Sí se aplican sanciones como hacer correr a los soldados con la mochila cargada de piedra hasta la extenuación. El adiestramiento todavía es mucho más duro que el de cualquier otro cuerpo militar y culmina con una marcha forzada de casi doscientos kilómetros en tres días, a cuyo término sólo suele quedar en pie la mitad de los reclutas.
Una anécdota refleja la lógica legionaria. En la campaña del Rif contra los beréberes un recluta llegó a tal punto de desesperación que disparó sobre el comandante de su pelotón. Erró el tiro y, por supuesto, lo fusilaron. Pero el acta del consejo de guerra no consigna que la sentencia fue por insubordinación sino por haber errado el blanco a menos de quince metros.
La cara siniestra
Los legionarios no tuvieron sólo historias gloriosas. Derrotados por los prusianos en 1870, masacraron en París a unos obreros insurrectos. Otros, en Dahomey, acostumbraban practicar tiro sobre blanco móvil con los tribeños. Los argelinos sufrieron sus crueldades durante más de un siglo. Al fin y al cabo, la propia Legión nació cuando Francia era una potencia colonial.
Este siglo también dio a la Legión oportunidades de sangre. Durante la guerra de Indochina, en Dien Bien Phu fueron exterminados diez mil legionarios, la cuarta parte del total. Un día de mayo de 1954 llegó a París el siguiente telegrama: "Eliminar de las listas de la Legión a la totalidad de la fuerza de paracaídas".
Pero a lo largo de su historia también registra un altísimo nivel de muertes nada heroicas. En 1895 perdieron en Madagascar unos cinco mil hombres: sólo siete cayeron en acción; el resto murió de fiebres tropicales.
La locura también cobró su parte. Cuentan que, en 1923, seis legionarios destacados en un puesto aislado en el desierto se ahorcaron y el teniente que los mandaba se pegó un tiro.
Después de la lucha por la independencia de Argelia comenzó a discutirse abiertamente el sentido de la Legión Extranjera y a resquebrajarse el aura heroica de sus integrantes. Desde la década del sesenta comenzaron a oírse voces que pedían su disolución con un argumento contundente: ¿en qué se diferencia de cualquier ejército mercenario?
Entre el desprestigio y la pérdida de territorios, la Legión Extranjero hoy es apenas la sombra de lo que fue. Tiene más enclaves dentro de la propia Francia (seis) que fuera del país (en Córcega, Djibuti, Polinesia y la Guayana francesa).
Además debió adaptarse a los tiempos, y no sólo en cuanto al entrenamiento: para cambiar la imagen ahora investigan el pasado de los aspirantes y suelen aceptar ocho de cada diez. Pero los rechazos no pasan tanto por los antecedentes violentos de los candidatos: el legionario debe tener un físico privilegiado porque actualmente es considerado un soldado de elite. Ya no queda nada del héroe romántico y aventurero; ahora es, sin eufemismos, una máquina de matar.
© 1998