Nueva 316

Moctezuma II

EL OCASO DE LOS AZTECAS

Durante su reinado se perdió el imperio: por algo los mexicanos prefieren honrar el recuerdo de su sobrino Cuauhtémoc, último emperador y primer héroe de esa nación.

Por Amanda Paltrinieri

Malos augurios tuvo el emperador Moctezuma en esos tiempos. El primero fue, dos años atrás, la aparición de un cometa por el Este. Él se enteró por boca de un sacerdote, pues ninguno de sus astrólogos lo había descubierto. Cuando fue al observatorio y lo vio con sus ojos, ordenó que encerraran a los ineptos y los dejaran morir de hambre.

El segundo fue un sueño, en el que un labrador le quemaba el muslo con una caña. Se asustó mucho cuando vio que tenía la marca en su pierna.

Pero lo realmente preocupante fue la tercera señal: desde la costa le informaban que unos cerros se movían en el mar. Mandó encarcelar por loco al hombre que había dicho esto, pero luego le llegaron noticias más precisas: los tales cerros eran en realidad casas de las que salían hombres barbados.

Las profecías eran claras: cuando Quetzalcoatl, la Serpiente Emplumada, el dios blanco que había enseñado a los hombres la virtud y odiaba los sacrificios humanos, desapareció de la Tierra, se dijo que volvería por Oriente y su regreso significaría el fin del imperio azteca.

¿Serían esos hombres enviados de Quetzalcoatl? ¿Tenía que pasarle eso justo a él? Moctezuma II decidió llamar a Consejo. Corría el decimoséptimo año de su reinado; para los recién llegados era el año del Señor de 1519.

El déspota

Los aztecas o mexicas llevaban casi cuatro siglos en el lugar, procedentes del Norte. La región ya había visto crecer y morir otros imperios: mayas, olmecas, chichimecas, toltecas...

Hacia 1345, en un islote del lago Texcoco, encontraron la señal que, según los sacerdotes, enviaban los dioses: un águila, posada en una planta, devoraba una serpiente. En ese lugar fundaron Tenochtitlán (hoy México D.F.), el corazón del imperio.

A la muerte de su tío Ahuitzotl, entre 1502 y 1503, Moctezuma fue designado emperador. Tenía treinta y seis años y reunía más méritos que sus hermanos, pues además de sus aptitudes militares tenía formación sacerdotal y, como monarca, debía hacer las veces de sacerdote de Huitzilopochtli, dios de la guerra.

Se decía que era muy supersticioso, pero lo cierto es que los mexicas eran muy religiosos y su vida cotidiana estaba muy ligada a la liturgia. Vivían combatiendo con otros pueblos, pero no sólo por dominarlos política o económicamente, sino porque sus dioses eran muy exigentes y sólo se aplacaban con la sangre de los sacrificios.

Por lo pronto, cuando lo nombraron siguió el ejemplo de sus antecesores: emprendió una campaña contra un pueblo vecino y volvió victorioso con una gran cantidad de prisioneros para ofrendar durante la fiesta de coronación.

Los primeros años los pasó guerreando contra sus vecinos tlaxcaltecas, demasiado celosos de su independencia. No le fue muy bien e incluso murió en combate uno de sus hijos, pero se consoló pensando que por lo menos desgastaba a sus propios aliados, lo que a la larga lo beneficiaría.

Moctezuma era muy consciente de su dignidad, aunque algunos dicen que le gustaba ostentar y, sobre todo, recibir el homenaje de sus súbditos. Pero ¿cómo no agrandarse si hasta mirarlo a los ojos era un crimen contra su divinidad? Lo cierto es que tenía palacios espléndidos, varias mujeres, cantidad de servidores, una delicadísima vajilla de oro que usaba en ciertas ocasiones y joyas y adornos que nada tenían que envidiar a los de las casas reales más ricas.

Para dar mayor esplendor a su corte echó de ella a todos los empleados de origen plebeyo, y no fue menos duro para con los nobles: los obligó a andar descalzos en su presencia y les prohibió usar adornos si no lo exigía alguna ceremonia importante.

Con el tiempo, con o sin motivos, se volvió algo paranoico y decretó que los grandes señores sólo podrían abandonar la corte si previamente dejaban como rehenes a sus hijos o a sus parientes más cercanos.

Tras las derrotas sufridas a manos de los tlaxcaltecas, se desató una hambruna que forzó la emigración de muchas familias y llevó a más de un padre a vender a sus hijos.

Apenas mejoró la situación volvió a guerrear, esta vez triunfalmente: no sólo consiguió miles de prisioneros para los sacrificios (mixtecas, zapotecas, itzecas, tecuhtepecas, xochitepecas, yopitzingas...), sino que extendió sus dominios. Una tras otra cayeron decenas de ciudades: hasta llegó a atravesar las regiones de Chiapas y Guatemala y a apoderarse de Honduras y Nicaragua.

Pero en tanta victoria estaba el germen de la derrota, como pudo comprobar años después, cuando algunos de esos pueblos -incluso los indómitos tlaxcaltecas-, luego de presentar batalla a los blancos llegados del mar, se aliaron con ellos para combatir al tirano azteca.

El enviado de Quetzalcoatl

En 1519 llegó a suelo mexicano un contingente de españoles atraídos por el oro que había obtenido Juan de Grijalba en una expedición anterior. Al mando iba el extremeño Hernán Cortés, declarado en rebeldía pues a último momento el gobernador de Santo Domingo, Diego Velázquez, le negó autorización para partir.

Tomó algunas ciudades, fundó otras. Combatió exitosamente gracias a que la caballería sembraba el terror entre los nativos: éstos creían que "caballo e caballero era todo un cuerpo", al decir de un cronista. Tuvieron la suerte de llevar indios apresados en la expedición de Grijalba y de rescatar a algunos españoles que habían quedado allí: entre todos oficiaron de traductores, lo que permitió a Cortés darse cuenta rápidamente de la situación política de esos pueblos y aprovechar el temor y el odio que despertaban los aztecas.

Entretanto, a medida que pactaban con distintos caciques, recibían lo que más les interesaba: oro y mujeres. Además de ambicioso, Cortés era un mujeriego impenitente (incluso se dijo que después asesinó a su primera esposa española), pero era "buen cristiano" y antes de tomar a las indias las hacía bautizar.

Entre las jóvenes que le entregaron hubo una -Malintzin o Malinche- que jugó un papel fundamental en la caída del imperio. Se dice que era hija de los caciques de un pueblo llamado Painala y que fue vendida en secreto por su padrastro. Después de otra venta fue a parar a Tabasco, cuyo jefe la entregó a Cortés. El español la hizo bautizar como Marina y tuvo con ella a su hijo Martín (fue su amante más duradera). La Malinche ofició para él de traductora -pues conocía varias lenguas del lugar, incluido el nahuatl de los aztecas-, lo salvó de una emboscada y le aconsejó cómo manejarse diplomáticamente con los distintos pueblos.

Mientras tanto, Cortés, experto en hipocresías y acciones taimadas, neutralizó a los partidarios del gobernador Velázquez, destruyó sus propias naves para evitar que le llevaran la denuncia de su traición y creó situaciones que tanto sirvieron para forzar la alianza con los pueblos que iban conociendo como para mostrar su poderío a Moctezuma.

El encuentro

Al principio el emperador, después de haber consultado con el Consejo, estuvo de acuerdo con su hermano Cuitláhuac en enviar a los blancos ricos presentes (que fueron aceptados) y una invitación a retirarse (que fue rechazada).

Pero Moctezuma era profundamente religioso y dudaba: aunque en más de una ocasión sus soldados le habían llevado la cabeza de algún español, como para demostrarle que los conquistadores eran humanos, no podía dejar de pensar que esos hombres llegaban enviados por Quetzalcoatl. Le asombraba la capacidad de Cortés para conseguir que pueblos antes sometidos se levantaran contra los mexicas y para salir bien parado de las trampas que les tendían los aztecas. Lo que ocurrió en el pueblo de Cholula -adonde Moctezuma había ordenado que lo emboscaran- fue el colmo. No sólo salió vivo, sino que entre él y sus aliados nativos pasaron a cuchillo a casi toda la ciudad y hasta se dio el lujo de hacerle llegar un mensaje hipócrita: que él, Cortés, sabía que Moctezuma no había tenido que ver en el asunto y que esperaba verlo pronto.

A pesar de las negativas anteriores, cuando los españoles se acercaron a Tenochtitlán Moctezuma decidió que no podía evitar el encuentro.

Lo recibió con gran pompa y logró impresionar a Cortés con la majestuosidad de la capital, sus inmensos palacios, el acueducto y las fabulosas riquezas. Parecía que todo iba bien, pero el extremeño no pudo con su genio y comenzó a hablar pestes de los dioses aztecas (y eso que el propio cura que iba en la expedicón le aconsejaba que fuera diplomático).

Fue una metida de pata sin retorno, pues los mexicas podían admitir cualquier cosa, salvo que les basurearan la religión. Moctezuma contestó airado que no podía permitir semejante insulto y obligó a Cortés a pedir disculpas.

El episodio dejó a todos mal parados: el español destruyó su propio mito de enviado de Quetzalcoatl y Moctezuma perdió jerarquía ante el pueblo, que lo criticaba por haber recibido a aquellos impostores.

La muerte

A pesar de encontrarse en situación de debilidad, Cortés audazmente tomó al emperador como rehén. ¿Por qué se sometió a ello Moctezuma? No se entiende muy bien, aunque se sabe que Marina terminó de convencerlo.

Lo cierto es que, en adelante, le prodigaron una humillación tras otra: perdió sus tesoros, lo obligaron a presenciar cómo quemaban vivos a unos prisioneros y hasta lo hicieron jurar como vasallo del rey Carlos.

La gota que rebasó el vaso y provocó la rebelión de los aztecas fue una matanza ocurrida durante la fiesta de Tóxcatl, en honor del dios Tezcatlipoca. Cortés había salido a enfrentar a los soldados enviados por el gobernador Velázquez para atraparlo por rebelde y había dejado todo en manos de su lugarteniente Pedro de Alvarado. Y éste -porque sí, por las dudas- hizo degollar a dos o tres mil personas que celebraban en el templo.

Cortés había conseguido reducir a sus contrincantes cuando le llegó la noticia del alzamiento de Tenochtitlán bajo las órdenes de un sobrino de Moctezuma, Cuauhtémoc. Volvió disparado a la capital y sólo atinó a tratar de que el emperador se asomara a la terraza del palacio para pacificar a su gente.

Pero Moctezuma ya no inspiraba respeto: apenas salió a enfrentar a la multitud le gritaron que no era nadie y que en su lugar habían nombrado a su hermano Cuitláhuac. Para que no quedaran dudas, lo derribaron a cascotazos.

Para él -a quien hacía sólo unos meses nadie se atrevía a mirarlo a los ojos- esa afrenta resultó insoportable: no volvió a probar alimento y se dejó morir de bronca y humillación.

Epílogo de Cuauhtémoc

Tenochtitlán quedó en manos de sus dueños, y los españoles -en la que llamaron "la noche triste", el 30 de junio de 1520- huyeron con todo el oro que pudieron rapiñar (que no fue mucho). Los rezagados por culpa de su carga fueron atrapados por los aztecas y sacrificados a los dioses.

Pero no les duró demasiado: Cuitláhuac murió al poco tiempo en un combate y su sucesor, Cuauhtémoc, sólo resistió hasta agosto de 1521, cuando Cortés pudo desquitarse y destruir la ciudad después de sitiarla durante ochenta y cinco días.

Cuauhtémoc no era Moctezuma. El propio Cortés escribió que cuando lo atraparon y lo llevaron a su presencia "puso la mano en un puñal que yo tenía, diciéndome que le dise de puñaladas e le matase".

Lo sometieron a torturas para que confesara dónde estaba el tesoro. Cuentan que, como no hablaba, lo colocaron a él y a otro noble -el señor de Tlacopán- sobre unas parrillas. Cuauhtémoc soportó el tormento en silencio, pero llegó un momento en que su compañero comenzó a dar alaridos por las quemaduras. El emperador lo hizo callar con una pregunta: "¿Acaso estoy yo en un lecho de rosas?"

Cortés hizo ejecutar a Cuauhtémoc cuatro años después, en 1525, luego de un proceso ficticio que indignó a muchos de sus seguidores, tal como escribió Bernal Díaz del Castillo, cronista que acompañó al extremeño: "Y fue esta muerte que le dieron muy injustamente dada, y pareció mal a todos los que íbamos a aquella jornada"•

© 1998

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