Nueva 426, 12/9/1999
Napoleón y Nelson N VERSUS N
Una exploración submarina, cuyos avatares podrán verse esta noche por televisión, trae el recuerdo de la campaña de Egipto y el enfrentamiento entre el futuro emperador francés y el almirante más querido por los ingleses. Por Amanda Paltrinieri
Parecía que a esta altura de la Historia ya no había nada que explorar en este planeta, pero desde que la tecnología permitió abrir juego a especializaciones antes impensadas, la arqueología submarina volvió a despertar los sueños de aventura de mucha gente.
Y los mares ya comenzaron a devolver lo que sus aguas escamotearon a la Historia. El Mediterráneo está haciendo lo suyo, como podrá verse en un programa especial que este domingo a las 22 pone en el aire el Discovery Channel: la flota perdida de Napoleón (y así se llama el programa), hundida hace dos siglos frente al puerto de Alejandría en una de las batallas navales más famosas. El descubrimiento de L’Orient, la nave insignia, lo hizo Frank Goddio, el mismo explorador que hace poco encontró los restos sumergidos del palacio de la reina Cleopatra.
La flota perdida... propone contrapunto tras contrapunto: uno, entre dos aventuras: la del propio Goddio –su expedición y su hallazgo– y la campaña napoleónica de Egipto. Otro, entre la Alejandría de hoy y el mundo de aquella época. Finalmente, el duelo entre dos de las personalidades más descollantes de esos tiempos, Napoleón y lord Nelson, un duelo que tuvo uno de sus hitos más importantes en la bahía egipcia de Aboukir y que devino en dos imperios: el marítimo que Nelson devolvió a su país y el que Napoleón se dio a sí mismo.
Revolución y después
Francia, 1798. No había pasado una década desde la revolución, y el nuevo país ya era viejo en experiencias: había conocido la República, proclamada en 1792; había conocido las guerras –contra Austria, contra Prusia, contra Inglaterra, contra España–, y había conocido el Terror, esa época que a fuerza de cabezas cortadas pasó así, con mayúsculas, a la Historia. También había descubierto cómo las revoluciones se vuelven contra sí mismas por querer mantenerse y visto cómo, una tras otra, rodaron las testas de sus dirigentes. Y escuchado en boca de madame Roland una de las frases más célebres de la época, que la cultísima esposa del que había sido ministro del interior de la Revolución pronunció instantes antes de ser guillotinada: "¡Libertad, cuántos crímenes se cometen en tu nombre!".
Convivían los sueños de libertad, igualdad y fraternidad con el hambre, la inflación y las peleas por el poder por más pequeño que fuese. Las necesidades de la guerra habían llevado a decretar el servicio militar obligatorio que, gracias a la masividad de tropas que aportó, ayudó a que Francia –atacada por varios flancos– pasara a la ofensiva y cambió de raíz la mentalidad del ejército: los ascensos ya no se decidían por linaje sino por méritos. Y los méritos fueron dando ascensos a un oscuro personaje que ni siquiera había nacido en territorio continental, sino en uno de sus dominios, la isla de Córcega: Napoleón Bonaparte (1769-1821), que había ingresado como artillero en 1785.
El militar estrella
Oscuro, sí: pertenecientes a la nobleza, los Bonaparte conocieron después de la revolución los rigores del destierro, pero él se las arregló no sólo para que su familia saliera indemne a pesar de las estrecheces que debieron pasar sino para comenzar a escalar posiciones en el sector más extremo, el de los jacobinos. Tiempo después fue arrestado por su jacobinismo y su amistad con Robespierre, experiencia de la que también salió ganancioso, a cargo de la expedición militar a Italia.
Pero más allá de sus tejemanejes políticos, su carrera militar fue brillante, y en 1793, después de su primer arresto, fue nombrado general (el más joven del ejército revolucionario) por haber definido con su estrategia el sitio de Tolón contra los ingleses.
En Italia, contra los austríacos, fue de victoria en victoria y como producto de la campaña se crearon varias repúblicas profrancesas: la Cisalpina (sobre lo que era el Milanesado, en Lombardía), la Ligur (en Génova), la Helvética (Suiza), la Romana (los Estados Pontificios) y la Partenopea (Nápoles). Por si fuera poco, las contribuciones mpuestas a los italianos salvaron de la bancarrota al gobierno francés.
Pero a medida que la fama de Napoleón crecía y era recibido con honores y celebraciones en Francia, muchos trataban de quitárselo de encima pues veían con recelo tanta notoriedad. La campaña a Egipto, propuesta por el Directorio que gobernaba el país, fue una de las ideas para alejarlo.
El almirante heroico
Parecida en cuanto a honores y diferente en cuanto a aspiraciones fue la carrera del británico Horace Nelson (1758-1805). Marino, su carrera –mercante y militar– lo llevó por todos los mares, desde la India hasta el Ártico, de Centroamérica al Mediterráneo. Cuando Inglaterra declaró la guerra a los revolucionarios franceses, como capitán del navío Agamenón tuvo su primer encuentro con Napoleón en el sitio de Tolón, el mismo que le brindó el generalato al corso.
Conoció éxitos y derrotas (como la sufrida durante la guerra contra España, cuando intentó tomar la ciudad de Santa Cruz de Tenerife) y a lo largo de su vida recibió ascensos y títulos nobiliarios. Pagó, eso sí, con su propio cuerpo: perdió un ojo en el sitio de Calvi (Córcega) en 1794 y un brazo en el fallido intento de las Canarias). Pero esas pérdidas le ganaron la adoración del pueblo inglés y no hicieron mella en el romance que vivía con lady Emma Hamilton, a quien conoció como esposa del embajador de Inglaterra en las Dos Sicilias... En ese otro terreno, el del amor, también se diferenciaba de Napoleón: mientras Nelson defendió su relación contra viento y marea (se separó de su mujer, tuvo una hija con la Hamilton y enfrentó la desaprobación popular hacia su amada), el corso, pese a haber estado locamente enamorado de Josefina, no tuvo empacho en desembarazarse de ella cuando, varios años después de su coronación como emperador, tuvo la posibilidad de establecer una alianza con Austria, casamiento con la princesa María Luisa mediante.
La batalla de Aboukir
Ya habían coincidido en Tolón. Pero los dos estaban destinados a ser cada uno, en cierto modo, el fantasma del otro. Por esos días, Napoleón ya se había casado por civil con su Josefina y Nelson había conocido a su Emma.
Para Napoleón, la campaña a Egipto iba a ser el comienzo de una expedición mucho más ambiciosa: la conquista de las colonias inglesas en la India. Comenzó bien: zarpó desde Francia el 19 de mayo de 1798 y en poco más de un mes tomó la isla de Malta y desembarcó en Alejandría. La flota de 13 buques, al mando del almirante Brueys, respondía a la nave insignia hallada por Goddio, L’Orient, poderoso barco que llevaba 120 cañones en sus cuatro puentes cuyo timón tenía 11 metros de largo y pesaba 13,5 toneladas.
Brueys recomendaba resguardar los barcos en la isla de Corfú, menos expuesta a posibles ataques. Napoleón no quiso escuchar y le ordenó soltar anclas en la bahía de Aboukir.
Tomada Alejandría el 2 de julio, el 21 se produjo la batalla de las Pirámides, en la que Napoleón usó una táctica que le permitió derrotar a un ejército tres veces mayor que el suyo. Tres días después, Bonaparte entró en El Cairo.
A todo esto, Nelson llevaba meses navegando las aguas mediterráneas en busca de los franceses, hasta que finalmente los encontró en Aboukir cuando anochecía el 1º de agosto. Brueys los vio en el horizonte, pero la cuarta parte de su tripulación había desembarcado y pensó que, de todos modos, los ingleses no lucharían de noche.
Se equivocaba: después de acercarse lentamente, Nelson dio la orden de ataque. Más aun: dio libertad a sus capitanes para que cada barco actuara con independencia, por lo que uno de ellos navegó alrededor de la línea francesa y atacó su lado desarmado. De nada les valió a los franceses haber tenido cañones dos veces más pesados. De inmediato, el resto de las naves inglesas lo imitaron y se desató la carnicería: entre los 1.700 franceses que murieron esa noche estuvo el almirante Brueys quien, mal herido, luchó hasta que una bala de cañón lo partió en dos. Del bando enemigo hubo 900 bajas y el propio Nelson recibió una herida que le dejó el cráneo al descubierto y le hizo pensar que le había tocado la hora.
A las 10 de la noche cayó L’Orient: la detonación de los depósitos de pólvora provocaron una explosión que se oyó a 32 kilómetros de distancia e iluminó la ciudad de Alejandría, a 16 kilómetros del campo de batalla. Esa contundencia sacudió incluso a los ingleses, que demoraron varios minutos en reanudar el fuego, y definió el combate, que de todas maneras se prolongó hasta la media tarde del día siguiente, cuando la mayoría de los barcos franceses que quedaban en pie se rindieron.
Dos siglos después
L’Orient fue el eje de la aventura que Discovery encaró con Frank Goddio doscientos años después. Goddio, junto a un equipo internacional de exploradores y buzos, recorrieron la bahía de Aboukir hasta encontrar el sitio donde fue a parar el buque insignia. Los expedicionarios lograron rescatar piezas bélicas y otros tesoros de valor histórico, desde monedas de oro maltesas que se habían llevado cuando tomaron la isla hasta broches de mujer, ollas y restos de zapatos de marineros.
En el programa, estos objetos dan pie para narrar cómo era la vida en los barcos de esa época y contar algunas curiosidades relacionadas con la actividad marinera. Por ejemplo, que siempre viajaban mujeres y niños de seis o más años, a quienes usaban para pasar la pólvora durante el combate. O datos más ligados a lo militar, como que cuando se preparaban para la batalla, los marineros esparcían arena sobre los puentes para evitar resbalarse sobre la sangre que iba a derramarse, que la parte central de los barcos erra llamada "el matadero" porque hacía allí apuntaban siempre los cañones enemigos y que, además de las tradicionales balas de cañón redondas, los destructores usaban también unas alargadas con puntas esféricas, diseñadas para destrozar mástiles y velas. También, pequeñas historias personales, como que tanto Nelson como Napoleón se mareaban al embarcarse, o la tragedia de Louis Casabianca, capitán de L’Orient, quien había llevado a su hijo de nueve años para comenzar a prepararlo como marino. El niño fue herido y su padre se negó a dejarlo solo, a pesar de que L’Orient se iba a pique.
Pequeño epílogo
La batalla de Aboukir no sólo provocó la pérdida de la flota napoleónica sino que marcó el fracaso de la campaña a Egipto. Napoleón estuvo algo más de un año en Medio Oriente y, después de ser derrotado en San Juan de Acre (actual Israel), abandonó Egipto dejando a sus tropas víctimas de una plaga.
Curioso destino el de los oponentes: para el derrotado, la campaña egipcia fue la antesala del imperio, pues apenas llegado a París dio el golpe de Estado de 18 Brumario (9 de noviembre de 1799) por el que se hizo con el poder, primero como cónsul y después como emperador ( desde 1804). Al almirante triunfador de Aboukir lo esperaban varias victorias en lo militar, pero también un creciente desprestigio a causa de su relación con lady Hamilton.
Sus fuerzas iban a enfrentarse una vez más, en 1805, en Trafalgar, también con un resultado contradictorio. Para Napoleón, derrotado nuevamente por mar, no influyó en su arrollador avance sobre Europa, y pocos días después tomaba la ciudad de Viena. Con la victoria, Nelson había asegurado para Inglaterra el dominio marítimo, pero la batalla le costó la vida, aunque alcanzó a tener noticias de su éxito.