Nueva 387, 13/12/1998
La pregunta de siempre ¿QUIÉN ES PAPÁ NOEL?
Ahora es un anciano bonachón que vive en el Polo Norte, pero antes fue un obispo, un gnomo y un gigantón peludo. Alguna vez viajó en burro, hasta que prefirió el trineo tirado por renos. El que conocemos es un invento de la empresa Coca-Cola, pero san Nicolás habría nacido en el siglo tres. Aquí les revelamos los secretos de Santa Claus y de otros ritos navideños. Por Amanda Paltrinieri
¿En qué quedamos? ¿Papá Noel, San Nicolás o Santa Claus? En realidad, tiene también muchos otros nombres, pero eso no debería extrañarnos: antes de llegar a nosotros, este personaje recorrió varios países de tres continentes y sufrió transformaciones tan insólitas que si nos topáramos con el original no lo reconoceríamos.
Al principio fue Nicolás, quien según la leyenda nació en Asia Menor a fines del siglo tres. Provenía de familia adinerada y desde muy joven fue consagrado arzobispo de Myra. Era muy popular, especialmente como protector de los niños necesitados (a quienes donó su fortuna) y pronto comenzaron a atribuírseles montones de hechos milagrosos. Cuando murió, no tardó en ser santificado: por todo el Oriente cristiano (lo que después sería Bizancio) comenzaron a venerarlo como patrono de los niños, los marineros, las jóvenes casaderas, los comerciantes y muchos otros sectores.
Curiosamente, San Nicolás encontró unos buenos propagandistas en los vikingos (Nueva XXX), que comerciaban por la región y lo "adoptaron" por su fama de protector de navegantes. Ellos difundieron su devoción en Rusia y el norte de Europa. Por entonces -y hasta no hace mucho- se lo celebraba el 6 de diciembre: ese día, un San Nicolás vestido de obispo viajaba en burro por los pueblos para repartir regalos a los niños.
Probablemente el secreto de tanto éxito residió en que diciembre era el mes de los ritos de invierno con que los distintos pueblos del hemisferio norte honraban a sus dioses para asegurarse una buena cosecha en la primavera siguiente. El cristianismo era la religión oficial, pero durante varios siglos los europeos conservaron sus antiguas devociones.
A medida que se extendía su culto, San Nicolás se mezclaba con figuras locales y ganaba nuevos nombres: Nokas, Pelze-Nichol y Semiklaus en las regiones alemanas; Bonhomme Noèl en Alsacia, Father Christmas en Inglaterra, Sinter Klaas o Sint Nicolaas en los Países Bajos. La fiesta de San Nicolás tuvo un especial arraigo en Holanda, donde lo hacían llegar en barco y montar en un caballo blanco -seguido por su cortejo- para dar regalos a los niños buenos o reprobar a los desobedientes.
Hacia el siglo XVI, la Iglesia -a la que nunca entusiasmó demasiado un sacerdote tan paganizado- introdujo en la celebración la figura del Niño Jesús (Christkindel) y lo hizo distribuir sus regalos el día de Navidad. Un grabado germano muestra a San Nicolás con ropas de viejo (ya no de obispo), montado en un caballo detrás del Niño Jesús. En algunas regiones, incluso, crearon la tradición de que los regalos los repartía una joven, mientras que el pobre Nicolás se convertía en un gigantón peludo, vestido con pieles de oso, que se encargaba de distribuir los castigos.
Cuando el santo llegó a América
Pero, ¿qué tiene que ver aquel obispo con Papá Noel? Probablemente nada, si no hubiera sido por los holandeses que emigraron hacia América en el siglo XVII. Y aun así, lo de San Nicolás no habría pasado de ser sólo la fiesta de una colectividad extranjera más si no fuera por la imaginación de algunas personas.
Ocurre que el santo tuvo dos involuntarios publicistas. Uno fue el escritor Washington Irving (el autor de los Cuentos de la Alhambra), que a principios del siglo pasado publicó un libro que resultó todo un éxito. En él San Nicolás ya no era un obispo, sino un personaje alegre y bonachón que montaba en un corcel volador para dejar sus regalos por las chimeneas de las casas. Los estadounidenses hicieron suya la fiesta y Sinterkaas pasó a llamarse Santa Claus.
Unos años después, en el Sentinel de Nueva York apareció un poema escrito por el profesor Clement Moore para sus hijos, en el que Santa Claus aparecía en vísperas de Navidad en un trineo tirado por renos y adornado con sonoras campanillas.
Así resucitó la leyenda, que se expandió como un reguero de pólvora desde que Irving fue a vivir unos años en Inglaterra. Allí la celebración navideña había estado prohibida desde el siglo XVII como producto de las luchas religiosas, pero los ingleses pudieron reconocer en los relatos del escritor a su viejo Father Christmas y poco tiempo después los temas navideños eran éxitos editoriales, como los Cuentos de Navidad de Charles Dickens.
Del Reino Unido pasó al continente con nuevos bríos. Los franceses recuperaron al Bonhomme Noèl alsaciano y lo llamaron Père Noèl, de donde deriva nuestro Papá Noel.
Del gnomito al abuelo universal
En este proceso, que llevó varias décadas, Santa Claus modificó sus ropajes. Para algunos dibujantes era corpulento; para otros un gnomo, pero siempre se las arreglaba para meterse por las chimeneas y dejar sus regalos en los calcetines que se hacían colgar de ellas.
Un popular ilustrador de la publicación Harper’s Weekly, Thomas Nast, fue definiendo paulatinamente sus rasgos: el gnomo vestido de pieles creció un poco en estatura, se volvió barrigón y comenzó a usar un cinturón ancho adornado con una gran hebilla. En los dibujos de Nast había también otros elementos tradicionales, entre ellos el árbol de Navidad, el acebo y el muérdago. También se lo veía leyendo cartas que le enviaban los niños para convencerlo de que se portaban bien y se estableció que vivía en el Polo Norte.
La aparición de una técnica que permitía imprimir en colores vistió de rojos sus ropajes y originó la costumbre de las postales navideñas.
Pero el Papá Noel que nosotros conocemos se lo debemos a The Coca-Cola Company. Para la Navidad de 1930 habían incluido uno como tema de su campaña publicitaria y tuvieron tanto éxito que al año siguiente encargaron a un dibujante, Habdon Sundblom, que lo recreara para hacerlo inconfundible.
A pArtir de las ilustraciones de Nast, Sundblom nos dio a nuestro Santa Claus: más gordinflón que nunca, con grandes bigotazos y una generosa barba blanca; de ojos pícaros, cachetes sonrosados y siempre sonriente. El Papá Noel que todos esperamos cada Navidad, que no tiene todavía setenta años, pasó los mil setecientos como San Nicolás, y tiene unos miles más como el viejo espíritu del invierno que celebraban los antiguos europeos y se cuela en otros tantos ritos sin que lo sepamos.
Recuadro
El árbol de Navidad
Los celtas y otros pueblos europeos tenían varios árboles sagrados, pero ninguno tan importante como el roble. Hacia fin de año, cuando llegaban los fríos y caían sus hojas, la gente colocaba en sus ramas desnudas telas de colores y piedras pintadas. Al vestirlo de esta manera esperaban que a la siguiente primavera el árbol brotara.
Cuando se impuso el cristianismo, los ritos agrarios invernales fueron asociados con la Navidad y los primaverales (de resurrección de la Naturaleza) con la Pascua y la resurrección de Jesús.
Uno de los religiosos más activos, hacia el siglo ocho, fue san Bonifacio (llamado "el apóstol de Germania"). A él se debe la introducción del abeto como árbol de Navidad para contrarrestar los ritos del roble. Cuentan que en cierta ocasión un roble cayó sobre un abeto, pero éste quedó milagrosamente intacto. Enterado de esto, san Bonifacio proclamó al abeto como el "árbol del Niño Jesús".
La tradición del árbol navideño se limitó durante centurias al norte de Europa. Sólo entre los siglos diecisiete y diecinueve comenzó a expandirse por el resto del mundo occidental.
El acebo y el muérdago
El muérdago, una planta que crece sobre otras, era sagrado para los celtas (Nueva XXX), cuyos druidas lo recogían durante la noche del solsticio de invierno siguiendo un riguroso ritual. Le adjudicaban todo tipo de propiedades, especialmente curativas, y todavía se mantienen acerca de él tradiciones como la que dice que si una muchacha recibe en Nochebuena un beso bajo el muérdago se casará al año siguiente.
Para sustituir a una planta tan pagana, la Iglesia fomentó el uso del acebo, cuyas hojas pinchudas simbolizan las espinas de la corona de Cristo y cuyas bayas rojas, la sangre: no hay que olvidar que el Jesús que nace es el que morirá después en la cruz.
Este reemplazo sólo tuvo éxito total cuando se extendieron las tarjetas navideñas: el colorido contraste del acebo es mucho más atractivo que el verde del muérdago y terminó venciéndolo, aunque en muchos países no dejan de combinar las dos plantas para las coronas y los arreglos de las Fiestas.
Los colores navideños
A la hora de elegir adornos y guirnaldas, tres colores ganan la elección: rojo, verde y dorado. No hay muchas dudas acerca de su significado.
El verde es el color de la vida, de la Naturaleza, de lo fecundo: es verde todo aquello que se propicia durante el solsticio de invierno.
El rojo representa la sangre que derramó Cristo y, por lo tanto, simboliza la generosidad hacia los demás. Pero también tiene un significado más antiguo, como color del fuego y de la sangre, no ligada a la muerte sino en su sentido vital.
El dorado, color de la luz divina, también lo es del sol, del oro y de las espigas maduras de las que la gente dependía para sobrevivir. En ese aspecto, propicia también la prosperidad.
Velas, guirnaldas y bombitas
Están relacionadas con el fuego y, por lo tanto, con la purificación. Es casi todas las antiguas religiones le daban este sentido: en tanto consume todo lo que toca, el fuego cierra un círculo que se reabrirá cuando todo renazca. Además, pocas expresiones habían tan divinas como los rayos que caían del cielo.
Para el cristianismo el fuego también es importante como símbolo de luz: en cierta forma, la llama de una vela representa a Cristo como luz del mundo.
Las actuales guirnaldas de luces resultan una actualización (electricidad mediante) de la función sombólica de las velas navideñas.
Las bombitas que cuelgan de los árboles son derivados de las manzanas, que en muchas culturas -desde la griega hasta la celta- estaban ligadas a la noción del "más allá".
Las piñas y las estrellas
Las piñas (fruto de las plantas coníferas, de hojas perennes) son símbolos de eternidad, ya sea por el cíclico retorno de la Naturaleza o -en un sentido cristiano- por la vida que se espera tras la muerte.
Las estrellas representan el mundo celeste: muchas culturas trataban de leer en ellas los designios de los dioses. Para la cristiandad hay una excluyente: la de Belén, que anunció al mundo el nacimiento de Jesús.
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