Paradojas argentinas: confesiones desde el ombligo
Desde el ombligo I: a la mañana, el timbre
Una día de junio, en Buenos Aires. La rutina familiar establece que durante tres mañanas por semana, mi marido y yo trabajamos un par de horas en el estudio, cada uno en su máquina y en sus cosas. Norberto, programador; yo, periodista: dadas nuestras profesiones, si esta nota hubiera sido escrita hace un año, la descripción de nuestro ambiente de trabajo no habría llamado mucho la atención: tres computadoras en red, hub, impresora, escáner y conexión a internet por ADSL. Hoy, el solo hecho de enumerar esta parafernalia da vergüenza; parece (¿o es?) ostentación.
Mi marido enfrascado en su Smalltalk; yo, escribiendo, navegando o bajando mails... lo de siempre: es fantástico cuando lográs concentrarte, y en el peor de los casos por lo menos leíste los diarios. Esa mañana, precisamente, releía un texto de Manuel Castells, Globalización y antiglobalización, escrito casi un año antes en El País.
(Pequeña digresión: casi un año antes es decir casi un siglo: antes del 11 de septiembre –el de las torres, claro, el único 11 de septiembre que debe doler... ¿quién se acuerda de Salvador Allende?–, antes del diciembre argentino y la devaluación de enero, antes del fallido golpe en Venezuela.)
En eso estaba, incómoda ante un artículo al que una vez suscribí por una objetividad que ahora sentía falsa (eso de machacar con que el dinero de "nuestros bancos y fondos de inversión" son "el suyo y el mío"... una no sabe si reírse o enojarse), cuando se hizo escuchar, inevitable, el timbre.
Porque desde hace unos meses la rutina matinal incluye otra, que no por repetida deja de ser brutal: el timbre, una o dos veces por mañana... y qué decir durante el fin de semana.
El timbre ya no significa la llegada del cartero o de alguna visita inesperada. El timbre oficia de aterrizaje forzoso, de escupida en la cara. El timbre es –te guste o no, te anestesies o te inmunices– una persona que pide tu ayuda. No es que antes no haya habido gente que pidiera o vendiera algo: "antes", en la otra vida, esa gente eran "otros", excluidos, marginados, esos a los que insensiblemente incorporaste –con la mirada desde arriba– como distintos de vos.
La diferencia entre "antes" y hoy es que cuando abrís la puerta te encontrás con tu posible futuro. O si no el tuyo, el de tus hermanos, el de tus amigos, el de tus vecinos. Ya no son tan "otros".
Incluso podés darte cuenta de cuánto hace que esa persona debió salir a la calle. En los primeros tiempos, el tono de la voz delata la vergüenza de verse obligado a vender –plantitas, paños de cocina, artesanías, lo que sea–, la sensación de estar mendigando. No es que todos la pierdan: algunos no pueden lograrlo, pero muchos después comienzan a animarse y, si no pueden vender algo, te preguntan si tenés ropa o comida que puedas darles... todo sirve.
También vos vas cambiando. Desde este lado (el de los privilegiados, el de los que todavía trabajan), también los primeros tiempos fueron los peores: quizá no te alcanza el sueldo, pero sos la que abre la puerta. No podés dejar de sentir que mirás desde lo alto. Una y otra vez te cuestionás todo, pero aprendés a vivir con eso. Entonces, quizás hasta podés llegar a tener un diálogo relativamente franco.
Eso sí: con todo, en algún momento aparece la vergüenza, aunque más no sea un chispazo. Porque estás cómoda en tu casa, porque tenés trabajo, porque no sabés si compartís lo tuyo o das las sobras, porque tenés la certeza de que con eso no cambiás nada, porque tus angustias personales te superan, porque te da culpa angustiarte cuando medio país no come, porque no vas a la asamblea, porque vas pero no alcanza, porque te sentís mezquina, porque te sentís impotente.
¿Cómo se vive con eso? Con un cierto ejercicio de la esquizofrenia: en algún momento debés hacer un "switch" para mantener un rincón de tu cerebro libre de angustia y dedicarte a tus cosas. Por lo menos hasta que vuelva a aparecer la culpa.
Claro que, a esta hora de la mañana, Castells se convirtió en un marciano.
Más allá del ombligo I
Septiembre, 2002. Pongamos los puntos sobre las íes: ¿qué culpa tiene Castells de lo que pasa acá, en la Argentina? Ninguna, desde ya, y no es cuestión de matar al mensajero. La "sociedad red" que él describe funciona con o sin crisis, dentro y fuera de Internet y en forma tan global como la maldita globalización nos lo impone.
Por dentro, un pequeño ejemplo de lo que la mayoría de los argentinos ni siquiera conocemos. Las comunidades mapuches mantienen una lucha sorda por sus tierras en el sur del país, una pelea que rara vez llega a los medios de comunicación gráficos, salvo algunos regionales como Río Negro. En ella están involucrados desde complejos de esquí hasta las estancias de la familia Benetton. Pero Internet abunda en información para quien quiera buscarla: las páginas de Indymedia argentina, desde ya, pero también infinidad de sitios web de los más extraños (para nosotros) puntos del planeta, como la Universidad de Upsala.
Por fuera, más allá de las diferencias políticas, piqueteros, desocupados, asambleístas y algunos grupos de militantes han armado redes que quieren ser no sólo de contención sino de organización, crecimiento y propuesta política y social.
Desde comedores nacidos al calor de las asambleas que se relacionan con emprendimientos autogestionados, hasta contrucciones políticas horizontales como el movimiento Autodeterminación y Libertad, la agrupación política que tiene como referente al actual diputado nacional Luis Zamora (uno de los pocos dirigentes respetados por la mayoría de la población), la red es la modalidad elegida –espontánea o deliberadamente- por quienes quieren cambiar el modelo tradicional de relaciones.
Aunque dividido en distintas tendencias, el movimiento piquetero –nacido a mediados de la década del ’90, cuando los primeros desocupados del menemismo comenzaron a organizarse en piquetes que cortaban las rutas para llegar a los medios de comunicación- también funciona como red, ya por sus ramificaciones en todo el país, ya por la forma en que toman y transmiten sus decisiones.
Desde el ombligo II: a la tarde, la noticia
Junio, 2002. La revista fue siempre una isla, algo único, y en más de un sentido. Nacida en 1991, como la convertibilidad, Nueva fue la primera dominical hecha exclusivamente para un mercado no porteño: seis diarios regionales (el mendocino Los Andes; el cordobés La Voz del Interior; el tucumano La Gaceta; el rosarino La Capital, el bahiense La Nueva Provincia y el patagónico Río Negro) crearon una empresa, Agrupación Diarios del Interior, para editar una publicación que saliera conjuntamente en sus ediciones de los domingos.
Aunque en Buenos Aires es prácticamente desconocida, su aparición sacudió el avispero: Clarín Revista murió para dejar paso a Viva, La Nación rediseñó la suya, aparecieron dos dominicales más (Nuestra y Magazin) exclusivos para el interior del país... Desde un principio fue la segunda dominical del país por su tirada, y se llegó a hacer una versión con menos páginas para otros diarios que no formaban parte de la empresa.
Con el tiempo, desde la Redacción fuimos notando algo curioso: no sólo que los lectores la usaban como material de apoyo para las escuelas sino que la guardaban, y a tal punto que debimos publicar un índice general. En mayo de 1998 salió el primero, y la costumbre se extendió a cada fin de año.
Siempre me pregunté si había en el mundo una revista dominical que también se coleccionara. En las publicaciones especializadas eso es muy común, pero ¿en dominicales?
Después se introdujo una vuelta de tuerca: la interacción. Pocas publicaciones dieron tanto espacio físico, tanta superficie, para que los lectores se expresaran.
Yo la vi nacer, trabajé en ella desde el primer número. Y también me pregunté cómo era posible que no se la estudiara en las carreras de Comunicación; cómo podía ser tan desconocida por el solo hecho de no salir en Buenos Aires.
Nueva conoció tiempos de gloria, entre 1993 y 1995. Llegó a tirar casi setecientos mil ejemplares cada domingo y embolsó lo suficiente como para que los dueños se lanzaran a construir una planta impresora y comprar –primero una y luego otra- dos rotativas... Mientras tanto, en la Redacción siempre nos preguntábamos por qué, en lugar de semejantes gastos, no se invertía en otras publicaciones para apoyar la circulación de los diarios, pero ya se sabe... los los gerentes suelen vivir en otros mundos...
Pero Nueva también conoció la otra cara: el proceso de concentración de medios. En unos años, la composición de los diarios dueños se modificó radicalmente: mientras Los Andes comenzó a sufrir en su provincia la competencia del diario Uno, perteneciente al llamado "Grupo Vila", de fulgurante ascenso durante el menemismo, lo tenía –tiene- como socio en Nueva, pues los Vila compraron el diario La Capital (el más antiguo del país, actualmente en convocatoria de acreedores).
Y no sólo eso: el propio Los Andes y La Voz del Interior fueron a su vez comprador por Cimeco, empresa formada por el español Grupo Correo y los argentinos Clarín y La Nación.
Ese día de junio, cuando ya terminaba el día de trabajo, alguien trajo la noticia en forma extraoficial: en ciertas empresas periodísticas se habían hecho bocetos de Nueva; la revista iba a ser tercerizada. En otras palabras: dejaba de existir la Redacción, pues la revista iba a ser hecha por otra empresa.
Al día siguiente llegó la confirmación: a fin de julio se "desvinculaba" a toda la Redacción, menos a mí, que de algún modo represento la memoria de la revista, aunque la actual no tenga nada que ver con la que fue. "Desvinculación" es el eufemismo legal que se usa para despedir al personal con la apariencia de una renuncia.
No hubo conflicto gremial, pues la empresa desembolsó lo que correspondía de acuerdo con ese concepto. Si hubiera habido despidos, tendrían que haber pagado doble indemnización (así lo establece una ley de emergencia dictada este año). Pero ésta es una de las aristas: otra es, por ejemplo, el caso de Elba, la redactora especial, cuyo marido llevaba entonces casi dos años sin trabajo... y todavía sigue así.
(Otra digresión: hay muchos paralelos entre Nueva y el país. No sólo porque nació con la convertibilidad; tuvo su época de oro más o menos cuando Menem fue reelecto y fue tercerizada poco después del derrumbe nacional. También por eso de que "Dios atiende en Buenos Aires" y lo que no es de allí no existe, o por la sensación de incomprensión que sentimos los periodistas por parte de los niveles gerenciales, tal vez parecida a la que genera el "qué quieren los argentinos, siempre quejándose".)
Como en todas las áreas, los despidos masivos en las empresas periodísticas están a la orden del día. Cuando pensás en Elba –o en tus hermanos, o en tus amigos o en tus vecinos-, las cifras adquieren otra dimensión aunque en términos absolutos ya son aterradoras. Elba estará incluida en las próximas estadísticas que se hagan sobre desocupados.
Más allá del ombligo II
Entre junio y septiembre. En Nueva no hubo conflicto gremial, decía. Sí lo había por esos días en editorial Perfil, cuyo dueño llamó a convocatoria de acreedores y no sólo amenazaba con despidos masivos sino que pretendía –con éxito en un principio– la aberración de que un juez del fuero comercial derogara el Estatuto del Periodista. El juez suspendió el convenio, pero la movilización del gremio logró que el Congreso lo ratificara.
En ese momento, la pelea en Perfil era emblemática: el del periodista es uno de los pocos estatutos especiales vigentes, y asegura, entre otras cosas, la libertad de pensamiento y la estabilidad laboral para los trabajadores de prensa. Las grandes empresas están más que interesadas en su derogación.
Como en cualquier área de la vida económica argentina, el proceso de concentración de los medios de comunicación ha corrido por carriles paralelos a los globales, pero con ingredientes propios de la corrupción que caracterizó al período menemista: no sólo se han formado grandes mono y oligopolios, sino que muchas empresas han ido a parar a manos de grupos cuyos integrantes aparecen ligados a lobbistas financieros o políticos cuando no son mencionados en investigaciones judiciales sobre lavado de dinero.
¿Y fuera del gremio, qué pasa? Pongamos números: el año pasado se destruyeron 750.000 puestos de trabajo. Según el Instituto Nacional de Estadísticas y Censos, en mayo la desocupación alcanzó al 21,5 por ciento de la población económicamente activa (esto es, a los que trabajan o buscan trabajo: a ese porcentaje habría que sumar la gente que toca el timbre y a los que ya no buscan porque saben que no van a encontrar). Si creés las cifras oficiales, que suelen ser un tanto benignas, dieciocho millones y medio de personas (más de medio país, ¿se entiende?) están bajo la línea de pobreza. De ellos, ocho millones setecientos mil directamente están en la indigencia.
Las cifras son más duras cuando se habla de los niños: el diario Página 12 informó en su edición del 29 de septiembre datos sobre un trabajo realizado por por la consultora Equis, que dirige el sociólogo Artemio López, a partir de información del Instituto Nacional de Estadísticas y Censos. En la Argentina hay alrededor de unos diez millones de niños menores de catorce años: de ellos, unos 7.430.000 (más del 74%) son pobres. De ellos, 2.920.000 son indigentes. ¿Qué significa indigencia en términos estadísticos? Es la falta de ingresos suficientes para adquirir los alimentos necesarios que permitan satisfacer requerimientos energéticos mínimos para realizar movimientos moderados.
Desde el ombligo III: a la noche, insomnio
Entre junio y julio. Soy una privilegiada, de eso no hay dudas: mantengo el trabajo (por lo menos, mientras escribo estas líneas); no me atrapó el corralito porque no tengo ahorros; el crédito con que pagaba el departamento que había comprado en 1997 fue pesificado y sólo sería ajustado por un índice de variación salarial... Claro que supe alimentar un monstruo que hace años venía devorando mis entrañas: para descubiertos bancarios y las tarjetas de crédito no hay índice que valga.
En gran medida, la culpa era sólo mía. Me habría gustado hacer como el yanqui ese que le hizo juicio a un banco porque éste lo indujo a endeudarse con cantos de sirenas y lo ganó. Pero, no: aunque no dejo de pensar que el señor ese tiene bastante razón, asumo que soy la única responsable por haber hecho pagos mínimos y dejado que la deuda creciera pese a que había cortado las compras con tarjeta desde hacía mucho tiempo. Aunque así como existe la figura del acoso sexual, debería crearse la del acoso bancario.
No tenía salida: pagaba los mínimos porque no me alcanzaban los ingresos y la deuda se agigantaba mes a mes.
Para colmo, aunque las ejecuciones hipotecarias estaban suspendidas temporariamente, desde hacía tiempo mi lado paranoico me decía que los bancos estaban muy interesados en nuestras propiedades, desde los latifundios hasta los más pequeños departamentos (la famosa frase que se escucha en la Argentina: "Vienen por las tierras").
Mi marido creía que exageraba: los bancos quieren dinero, decía, no propiedades... No tengo por qué alegrarme, pero esa discusión la gané. Una de las causas de que el FMI haya estancado las últimas negociaciones (como si fuera a hacer otra cosa) fue que el Congreso aprobó mantener un par de meses más la suspensión de las ejecuciones por deudas bancarias.
No fue esa noche de junio solamente, fueron varias las noches sin dormir. Sólo me restaba lo impensable: conseguir vender el departamento.
En plan de queja tanguera, debería hablar no sólo de lo que significaba como pérdida personal -mi primera propiedad- sino de que ésta era la prueba palpable de que todavía no terminó el proceso abierto por la dictadura militar. Veinte años después, yo repetía la historia paterna: el término "circular mil cincuenta" no significará nada para nadie, salvo que se trate de un argentino. Fue la trampa por la que miles de personas que habían accedido a créditos hipotecarios perdieron hogares y vidas. Corrían los primeros años en que el FMI, hasta entonces desconocido para nuestro país (cuya deuda por entonces no llegaba a ocho mil millones de dólares), empezó con gran amabilidad a prestarnos dinero y a sugerir políticas económicas. La circular 1050 liberaba las tasas de interés de los créditos hipotecarios, que llegaron a alcanzar el ciento por ciento anual. No hay datos sobre la gente que se suicidó entonces o la que sufrió infartos, hemiplejias o cuanta modalidad usara un cuerpo para decir que no aguantaba más.
Mi padre –que llegó a trabajar dieciséis horas diarias para la bendita cuota- vendió la casa luego de haber sufrido un ataque de hipertensión y un infarto. Murió unos años después. (Por supuesto, no necesitamos hacer trámites sucesorios.)
Para no llegar a esa situación, sólo quedaba –decía- lo impensable: poner precio a un departamento en un país que quedó, entre otras cosas, sin referencias inmobiliarias. Un precio lo suficientemente bajo como para tentar a un comprador, pero no tanto como para no terminar de cancelar las deudas.
Parece mentira, pero la venta se hizo: el grueso quedó en el banco hipotecario, el resto fue distribuido al día siguiente en el resto de los bancos que me desvelaban. Incluso quedó un saldito, sabiamente –creo- usado en actualizar las computadoras para enfrentar los tiempos venideros.
Nunca sabré si tuve mucha suerte o si regalé mi patrimonio. A veces me lo pregunto, pero no puedo quejarme: por lo menos, me quité de encima las deudas. Así será más fácil enfrentar lo que pueda venir. No muchos pueden decir lo mismo.
Más allá del ombligo III
Entre junio y septiembre. No soy la única que no puede dormir. Mientras doy vueltas en la cama, miles de personas dan vueltas por Buenos Aires y el Gran Buenos Aires: los más afortunados consiguen algo para comer de los desperdicios que dejan los restaurantes... Siempre que no se topen con alguna mafia –lumpen o policial, que hay de las dos- dedicada a organizar el repartos de los restos.
Otros no tienen tanta suerte. Los hambrientos que llegan a los basurales de la localidad de José León Suárez, donde se tira gran parte de los desperdicios capitalinos, suelen ser sacados a balazos por policías bonaerenses o guardias privados, como denunció el periodista Miguel Bonasso en el diario Página 12.
"Cirujas" se los llama en la Argentina. Algunos de ellos tienen su propia especialización: son los "cartoneros", que revuelven la basura para llevarse papeles, diarios y todo lo que encuentren de cartón. Bonasso calcula que sólo los cartoneros son unos cien mil.
Es tan grande la legión que la empresa Trenes de Buenos Aires (TBA) habilitó para ellos -aunque no gratuitamente- el llamado "tren blanco", que los lleva y los trae en ciertos horarios.
No vaya a creerse que son un fenómeno nuevo: desde hace años pululan por la ciudad, negados al principio por los ojos de los satisfechos, imposibles de evitar a medida que crece el hambre.
Muchos están en contacto con las asambleas. Una acción conjunta con las de los barrios de Palermo Viejo, de Colegiales y Chacarita logró que el tren blanco se detuviera en la estación de una zona clave y más aún: que el Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires implementara una campaña de vacunación en las estaciones (y en los horarios) donde los cartoneros suben cuando terminan su trabajo.
Desde el ombligo IV, y más allá de él: las veinticuatro horas, off-line
Septiembre. Pasaron tres meses desde aquel día en que releía a Castells y anunciaron la tercerización de la revista; casi dos meses de que me liberé del yugo bancario. Y todavía soy libre de hacer algunas elecciones, como la de irme de la revista, que acabo de tomar.
Pero quedaron otras cosas en el camino. Cada uno revienta a su manera, y una de ellas es replegarte sobre tu ombligo, sin poder dedicar una neurona a nada que no sea tu torbellino personal, como si la esquizofrenia se hubiese transformado directamente en autismo. ¿Los amigos? Bien, supongo, hace meses que no veo a nadie. ¿La red? La conexión, muy buena, pero no me enteré... Replegarte es replegarte, no podés hablar ni escuchar, se termina el intercambio porque te quedás sin palabras. Todo te supera, no te queda voluntad. Hablar de ciudadanía digital suena a sarcasmo en un país donde la cuarta parte de la población no sabe si volverá a comer dentro de uno o dos días. Las tecnologías de la información suenan a chino básico cuando la clase media sale a vender hasta las licuadoras.
La "sociedad red", sin embargo, siguió su curso. Cadenas de información, cadenas solidarias, redes de trueque, listas de discusión... Nada se detuvo, sólo vos, como comprobabas a cada instante mientras bajabas los mails para no leerlos y pasabas de una página a otra sin saber qué decía ninguna de ellas.
Ocurre que, ocupes el lugar que ocupes, la realidad te golpea a cada instante, en cada minucia de la vida cotidiana. Las tarifas de los servicios no aumentaron, pero aumentaron (¿cómo se entiende?) y amenazan con subir más. Las petroleras y sus empresas derivadas, que no se acordaron de los valores internacionales cuando bajaba el precio del crudo, ahora aumentan sus tarifas con el argumento de la devaluación.
Si pertenecés a la clase media, y aunque estés en el club de los que trabajan, probablemente te encuentres con que barajás las distintas alternativas sobre qué servicio cortar.
Un periodista, por ejemplo, ahora necesita mantener a toda costa la electricidad y el teléfono o el cable, por la computadora y la conexión a internet... Y a prepararse para cuando comience el deterioro: sólo pensar en los cortes de luz por falta de mantenimiento (las empresas privatizadas dejaron de invertir hace rato) o en los altibajos de la tensión eléctrica y la posibilidad de que se te quemen los artefactos te da pavor.
Eso, por no decir que nos convertiremos en lectores electrónicos avanzados: que se termine el cartucho de tinta de la impresora dejó de ser una molestia para volverse una desgracia. Nunca sabés cuándo podrás comprar otro... ¿Y los llamados telefónicos (¡Menos mal que existe el e-mail!)? ¿Cómo calcula ahora sus gastos un free-lance?
Resulta difícil darte cuenta de que nunca saliste del Tercer Mundo. De que ni siquiera te queda el consuelo de decir "fue lindo mientras duró" porque el costo lo palpás cuando mirás la cara de los que te rodean. De que te carcome la rabia por sentirte despojada: porque te quitaron la dignidad que da el derecho al trabajo, porque si lo tenés vivís con el temor a perderlo, porque si no tenés miedo a perderlo, el sueldo no te alcanza; porque si te alcanza, te da vergüenza aunque lo hayas ganado con el sudor de tu frente.
Resulta difícil asumir la paradoja de que, ante tanta desesperación, algunos podamos darnos el lujo de pensar en términos de crecimiento, no ya económico, pero sí personal.
También es difícil explicar, ponerle palabras a esta crisis tan profunda, tan terminal. ¿Cómo llegamos a esto? ¿Hasta qué punto somos responsables? Los desposeídos, desde ya que no... ¿y los que, bien que mal, estamos todavía "incluidos"? Para no hablar de los que verdaderos responsables...
El "que se vayan todos" tiene una contracara de la que nunca se hablará lo bastante: si están los que están, es porque faltan los que no están. No por nada nos gobiernan los que nos gobiernan: ésta no es nuestra clase dirigente, ésta es la que nos dejaron.
Quizá parezca delirante, pero si a la descripción de Castells sobre el proceso de la globalización le ponemos rostro argentino, podríamos acercarnos al lado siniestro. Que me perdone si no coincido con su asepsia (¿hasta qué punto puede separarse del neoliberalismo, por más que también sea global la resistencia?): el flujo de capitales tiene en la Argentina, por hablar desde el ombligo, un hilo conductor que relaciona la casa que perdió mi padre con mi departamento. Y por hablar desde afuera de él, un hilo conductor que comienza con la masacre de una generación joven y no casualmente explota un cuarto de siglo después, cuando se hace evidente que llegamos a este abismo porque falta esa generación.
Posdata culposa
Contar este ir y venir desde el ombligo me da cierto temor. Todavía soy una privilegiada: pude saldar mis deudas, pude volver a dormir, creo tener a raya la angustia e incluso me siento relativamente libre. Pero al escribir me aparece el miedo de escupir al cielo, de que me ocurra lo que a Niobe, cuya jactancia por sus hijos sólo le atrajo la desgracia.
Es un miedo mezquino. En estos días, mientras escribo, han baleado la casa de la presidenta de Abuelas de Plaza de Mayo, Estela Carlotto, y hay denuncias de personas desaparecidas luego de una violenta represión en la provincia de Jujuy.
Son las paradojas argentinas, las contradicciones con las que vivimos los que podemos darnos el lujo de tenerlas.
Si la globalización es un hecho (que lo es, claro), tal vez te pueda servir la experiencia de nuestra mala conciencia como atención: mi bienestar de clase media fue construido a costa del hambre de mi vecino. Si tomás conciencia de cuánto cuesta el tuyo, tal vez no esté todo perdido.
© 2002