Diosas, estrellas y estrellitas LAS CHICAS DEL AFICHE
Ya no se usa la palabra pinup (término inglés que significa clavar un póster en la pared). Con él se había bautizado a las herederas de las vampiresas del cine mudo: un grupo de mujeres dueñas de un físico descomunal -cuyos atributos alegraron durante décadas las paredes de habitaciones juveniles, talleres, fábricas y comercios- que protagonizaron los sueños más secretos de millones de hombres en todo el mundo y beneficiaron a Hollywood en cifras multimillonarias.
Lo que menos se esperaba de ellas era que supieran actuar, lo que no extraña pues comenzaron a brillar apenas el cine dejó de ser arte para convertirse en industria de la mano de los grandes estudios. En realidad la mayoría no fue más que un producto publicitario, moldeado por productores que las hicieron famosas aun antes de que aparecieran en la pantalla.
Señoras de posters y almanaques, la única exigencia que debían cumplir era dar una imagen provocativa; los estudios cinematográficos y las revistas especializadas se encargarían del resto. Pero también debían pagar otros precios: los productores solían cobrarse generosamente sus servicios y las desechaban apenas aparecía otra cara bonita.
El destino de las pinups fue diverso: algunas (Jean Harlow, Marilyn Monroe) no resistieron y adelantaron su propia muerte; otras (Diana Dors) fueron dejadas de lado y envejecieron convertidas en caricaturas de sí mismas. Un tercer grupo (Jane Fonda, Sharon Stone) tuvo más suerte: pudieron zafar de la trituradora y mostrar que, además, eran buenas actrices. Ellas reorganizaron su carrera en torno de un atributo más genuino: el talento.
BETTY GRABLE
Decenas de películas de la Segunda Guerra Mundial mostraban a soldados cuyo más preciado tesoro era una foto de la Grable. Y así era: dueña de las piernas más famosas de los años cuarenta, sus rasgos de mujer común y corriente -en contraposición con divas sofisticadas- la acercaban al público masculino. Supo aprovechar la fama sin tomarla en serio. También pasar la posta con altura: "Cariño, yo ya lo he conseguido; ahora te toca a ti", le dijo a una ascendente Marilyn Monroe en Cómo pescar a un millonario, filme enel que también trabajó Lauren Bacall.
JEAN HARLOW
Bautizada "la diosa de platino", fue la máxima exponente de las flappers, un grupo de muchachas para quienes todo se reducía a fiestas, champaña y excesos. La vendieron como "la rubia que se puede encontrar a la vuelta de la esquina... dispuesta a solucionar, generosamente, cualquier frustración masculina". La Harlow, mito viviente, no pudo distinguir ficción de realidad y su vida consistió en imitar en los clubes nocturnos lo que había hecho en los sets durante el día. Revistas y diarios llenaron infinidad de páginas con sus cuatro divorcios, sus innumerables amantes y su muerte prematura, a los veintiséis años.
MARILYN MONROE
Fue la pinup por excelencia: el famoso almanaque que la mostraba desnuda sobre un fondo de terciopelo rojo se vendió a rabiar por mérito propio y no por el aparato publicitario de los estudios. "Lo hice porque tenía hambre", dijo años después, cuando ya era famosa y había posado para cientos de afiches que poblaron el mundo. Su conocida historia se convirtió en paradigmática: de miles de estrellitas que hacían cualquier cosa por ser reconocidas dentro de los sets, ella sobresalió como nadie, pero terminó devorada por una maquinaria impiadosa y murió en circunstancias todavía dudosas (Nueva 100).
JAYNE MANSFIELD
Su carrera fue una mala imitación de la de Marilyn Monroe: no era buena actriz (aunque no le hacía falta) y no se caracterizaba precisamente por el buen gusto o la sutileza en sus gestos y poses provocativas. Sin embargo, Hollywood se rindió a sus pies. Sólo pudo ganar a la Monroe en la espectacularidad de su muerte, pues falleció decapitada en un accidente automovilístico.
RITA HAYWORTH
Aunque había hecho varios papeles menores en su adolescencia, la protagonista de Gilda se afirmó en Hollywood gracias a su matrimonio con un señor influyente. Cuando no existían cirugías plásticas como las actuales, la Hayworth soportó que su esposo decidiera cómo rediseñarle el rostro cambiando, entre otras cosas, la línea de implantación del pelo. Su ascenso fue fulgurante, e incluso llegó a casarse con un príncipe, Alí Khan, de quien se divorció al poco tiempo por "torturas mentales". A su personaje Gilda dedicaron la bomba atómica experimental que se hizo estallar en el atolón de Bikini: ella compartió con Betty Grable el ratoneo de los soldados en las guerras del Pacífico y de Corea, aunque su tipo era más el de la vampiresa que el de pinup. Los años, el alcoholismo y el mal de Alzheimer hicieron estragos y ella murió en soledad absoluta varios años después de haber sido declarada insana.
CARROLL BAKER
Trabajó con nombres de la talla de Elia Kazan, John Ford y William Wyler, pero el escándalo que causó su segunda película, Baby Doll -que la mostraba tumbada en la cama con el pulgar en la boca- le dio una imagen de la que no pudo salir. La mayoría de sus filmes fueron mediocres y sólo sobrevivió gracias a la fama de Baby Doll. Continúa de todos modos haciendo cine, y cada tanto tiene algún papel en productos de cierta importancia como Star 80, dirigida por el desaparecido Bob Fosse.
JANE RUSSELL
Lanzada por Howard Hughes, quien de paso la hizo su amante, su aparición en El proscripto le dio un éxito fulminante y un apodo: "El busto". La película fue censurada durante varios años, pero eso no fue problema. Después vinieron, entre otras, El carapálida y la mítica Los caballeros las prefieren rubias, que protagonizó junto a Marilyn Monroe. Supo administrar el dinero que ganó como para seguir viviendo sin trabajar cuando le llegó la hora del retiro, aunque tuvo problemas de alcoholismo (incluso pasó un par de días en la cárcel por conducir ebria). Cada tanto hizo presentaciones como cantante y colaboró con el expresidente Ronald Reagan en misiones de paz.
DIANA DORS
Regordeta, como se estilaba entonces, fue la versión inglesa de pinup platinada, más cerca de la Mansfield que de Marilyn. Chica de almanaque (antes de dedicarse al cine participó en concursos de belleza e hizo anuncios publicitarios), trabajó en cine durante casi cuarenta años, aun después de convertirse en una rechoncha mujerona. Aunque tuvo buenos directores, nunca pasó de ser un objeto decorativo.
JANE FONDA
A partir de los años sesenta, las mujeres tuvieron mejores posibilidades de independizarse de la tiranía de los estudios y de sus descubridores. Jane Fonda es un buen ejemplo. Casada con Roger Vadim (quien también lanzó a Brigitte Bardot y Catherine Deneuve), éste la convirtió en Barbarella, una especie de sex symbol de ciencia ficción. Tiempo después la Fonda renegó de esa imagen -más por su militancia contra la guerra de Vietnam que por sus trabajos- y orientó su carrera hacia papeles comprometidos. Actualmente está casada con el magnate televisivo Ted Turner.
RAQUEL WELCH
"Si tienes atractivo físico, no te hace falta actuar." La frase le pertenecía y supo explotarla. Si Jane Russell fue "El busto", la Welch fue "El cuerpo": sex symbol de los años sesenta, su imagen en revistas y afiches la hizo mucho más famosa que las películas -olvidables todas- en las que trabajó.
FARRAH FAWCETT
Fue la imagen de los ochenta, cuando todavía llevaba el apellido Majors de su ex marido Lee, El hombre nuclear. Producto televisivo -ganó su fama con Los ángeles de Charlie-, causó furor especialmente entre los adolescentes: no había habitación que careciera de un póster con su figura y su espectacular cabellera. Eso sí: su paso por el cine fue un fiasco total.
SHARON STONE
Símbolo sexual de los noventa, la Stone trata desesperadamente de desprenderse de ese rótulo. No porque le preocupe demasiado, sino porque considera que ya pagó su derecho de piso. Sus orígenes, sin embargo, no difieren mucho de los de las estrellas de décadas anteriores: sesiones de fotos con poca ropa y años de papelitos en filmes de diversa calidad. Alcanzó el estrellato con Bajos instintos, no por sus méritos actorales, sino por su famoso cruce de piernas y las audaces escenas rodadas con Michael Douglas.
PAMELA ANDERSON
En tren de equivalencias, Pamela Anderson es a Sharon Stone lo que Jayne Mansfield era a Marilyn: un cuerpo infartante, pero sin el menor refinamiento. Conocida por la serie televisiva Baywatch (de actuación, nada: descubrieron sus méritos cuando presenciaba un partido de fútbol americano), es más famosa por su tumultuosa vida privada -aunque ahora parece haberse calmado un poco- que por sus cualidades artísticas.
© 1997