Nueva 402, 28/3/1999

Cornelio Saavedra

EL PRÓCER GRIS

Protagonista fundamental de la revolución de Mayo, apenas se sabe qué fue de su vida después de aquellas jornadas. Confinado y condenado al exilio, peleó por su rehabilitación política casi hasta su muerte, de la que se cumplen ciento setenta años.

Por Amanda Paltrinieri

Fue una de las principales figuras de los últimos años de la Colonia: jugó un papel importante durante la defensa contra las invasiones inglesas, se convirtió en un polo de poder gracias a la creación del regimiento de Patricios y ganó tal prestigio que su apoyo resultó decisivo para que los días de Mayo siguieran el cauce esperado. Presidió la Primera Junta, después la Junta Grande... y desapareció de los manuales de Historia. Pocos recuerdan que Cornelio Saavedra (Nueva 306) fue obligado a recorrer los caminos del exilio, como para que se cumpliera el viejo axioma de que toda revolución termina devorando a sus hijos.

Nacido en Potosí en 1759, donde pasó su primera infancia, hizo sus estudios en en Colegio San Carlos, en Buenos Aires. Allí, paralelamente a sus actividades comerciales, ocupó diversos cargos de la administración virreinal.

Era moderado, sí, pero una conocida anécdota lo pinta más acabadamente: aunque frecuentaba los círculos revolucionarios Saavedra -partidario de un cambio ordenado- no participó de las primeras intrigas. Cuando, el 17 de mayo de 1810, llegaron noticias de la caída de Sevilla y la disolución de la Junta Central, Manuel Belgrano consideró que el momento era lo suficientemente dramático como para mandarlo a llamar. Al día siguiente, en una reunión realizada en casa de Nicolás Rodríguez Peña, Saavedra pronunció unas palabras que se hicieron célebres: "Señores, ahora digo que no sólo es tiempo, sino que no se debe perder una sola hora". En ese encuentro se terminó de poner en marcha el movimiento que desembocó en el 25 de Mayo (Nueva 253).

Las dos caras de la moneda

Aunque la Junta, en teoría, había sido proclamada en nombre de Fernando VII, prontó quedó claro que se trataba de un proceso dirigido hacia la independencia de España, y no todo el virreinato estaba de acuerdo con el cariz que tomaba la situación (Nueva 208). El nuevo gobierno tenía, por lo tanto, una doble tarea: organizar una administración y expandir la revolución.

La imagen clásica opone un Mariano Moreno como fogoso idealista a un Saavedra conservador. La oposición se notaba, especialmente, en los métodos: mientras éste era partidario de una actitud más moderada hacia quienes se mostraban reacios a aceptar la Junta, el primero abogaba por una política violenta, como la del fusilamiento "ejemplificador" del ex virrey Santiago de Liniers y sus seguidores, pese a los pedidos de clemencia hechos por el deán Funes y otras personalidades.

Detrás de ese enfrentamiento había, sin embargo, una cuestión más de fondo: ¿quién conduciría el proceso revolucionario? Los pasos que dio la Junta en ese sentido, impulsados por Moreno y sus seguidores, no eran demasiado alentadores y prenunciaron el posterior enfrentamiento entre unitarios y federales: el nombramiento de gobernadores porteños en Córdoba, Salta y Charcas -por ejemplo- no era una buena señal y mostraba un gran desprecio por las sociedades y las economías regionales. Como dijo en su momento el oriental José de Artigas: él no luchaba contra la tiranía española para verla reemplazada por otra porteña.

Junta Grande y después

El sector morenista inició una campaña difamatoria contra Saavedra que a la larga iba a terminar minando su prestigio: el episodio de la corona de azúcar que le ofrecieron a Saavedra, por ejemplo, fue magnificado a tal punto que derivó en un decreto que suprimía los honores a la persona del presidente, establecía la igualdad de todos los miembros de la Junta y exigía cuatro firmas para validar cualquier resolución (éste último punto era fundamental para Moreno, quien tenía mayoría).

La incorporación de los diputados del interior a la Junta y la renuncia y posterior muerte de Moreno parecieron equilibrar la balanza. Pero ocurrió precisamente lo contrario: los porteños, quienes ahora se encontraban en minoría, se dedicaron directamente a conspirar, encabezados por Domingo French, Nicolás Rodríguez Peña e Hipólito Vieytes.

El conflicto llegó a la calle la noche del 5 al 6 de abril de 1811, cuando una multitud de poncho y chiripá (dirigidos, eso sí, desde los cuarteles) salió a defender al bando saavedrista. Esa asonada desembocó en la detención de French y sus seguidores, pero también marcó la oposición irremediable entre porteños y provincianos.

Para colmo, las noticias que llegaban del Ejército Auxiliador que había ido al norte no era alentadoras: no sólo iban de desastre en desastre en lo militar, sino que sus abusos le habían ganado el odio de los pueblos por donde pasaban.

Saavedra renunció a la Junta y marchó hacia el norte a reorganizar el arma. Su partida terminó por facilitar un golpe institucional: se estableció un Triunvirato que disolvió la Junta y expulsó a los diputados del interior. Con ese movimiento, Buenos Aires se aseguró las riendas de la revolución.

Confinamiento y rehabilitación

Si había conocido la difamación y las intrigas, los días que vinieron le trajeron a Saavedra hambre, frío e incertidumbre. El Triunvirato no tardó en descargar su ira: él estaba en Salta cuando, en octubre de 1811 le llegó la orden de confinamiento en San Juan para un posterior proceso, que finalmente llevó a cabo la Asamblea del Año XIII, bajo los cargos de querer pertetuarse en el mando y de iniciar negociaciones con potencias extranjeras. En febrero de 1814 le ordenaron comparecer en la ciudad de Luján para notificarse de la sentencia.

Probablemente presumió que lo esperaba el pelotón de fusilamiento porque, ayudado por un baquiano, se refugió durante tres días en la localidad de Colangüil (San Juan) y cruzó la cordillera. No le duró demasiado el nuevo hogar: cuando Chile cayó en manos realistas, prefirió el riesgo de volver a Cuyo, de modo que cruzó nuevamente los Andes rumbo a Colangüil. Para Saavedra y su mujer fueron tiempos de hambre y frío. El único consuelo lo recibió de parte de San Martín, quien lo autorizó a vivir en San Juan. En 1815 pudo bajar a la provincia de Buenos Aires y comenzó una larga pelea por su rehabilitación. La logró recién en 1818, cuando una comisión nombrada por Juan Martín de Pueyrredón -por entonces Director Supremo- declaró "nulos, atentados y sin ningún valor los procedimientos" y recomendó que le repusiesen grados y honores. Unos años después, en 1822, pidió el retiro, para dedicarse a lograr una rehabilitación política plena y escribir sus memorias.

"... Se me conduzca al cementerio en un carro de última clase, sin más acompañamiento que el de mis hijos", pidió en su testamento. ¿Quiso remarcar que nunca había buscado honores, contra lo que decían los libelos morenistas? Quizá. Lo cierto es que cuando murió, el 29 de marzo de 1829, el país vivía su enésima crisis, derivada esta vez del fusilamiento de Dorrego, y los periódicos apenas dedicaron una líneas a recordarlo (el diario El tiempo, por ejemplo, informó de su muerte dos días después con sólo treinta y tres palabras). El primer decreto de honor del gobierno llegó recién nueve meses más tarde.

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