Nueva 512, 6/5/2001
Túpac Amaru y el noroeste argentino
QUIEN QUIERA OÍR QUE OIGA
La rebelión de Túpac Amaru fue mucho más que un
alzamiento y se extendió desde nuestro país hasta el actual Ecuador. A 220 años
de su ejecución, les contamos la historia de una lucha que todavía sigue, como
lo demuestran los conflictos en los países andinos.
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Recuadro Antes y después de Túpac Túpac Amaru
tenía lazos familiares con los hermanos Catari. El
apresamiento de uno de ellos, Tomás, fue una de las tantas chispas que
extendieron la rebelión. Tan querido como el Inca, Tomás Catari
fue uno de los dirigentes que más reclamó por su gente ante los españoles,
incluido el propio virrey Vértiz. Después de la ejecución
de Condorcanqui, la sublevación continuó, dirigida
por Diego Cristóbal, Andrés y Miguel Túpac Amaru y un hermano de Tomás: Julián, recordado como Túpac Catari (otros dos
hermanos, Dámaso y Nicolás, habían sido ajusticiados entre abril y mayo). Fue
lo que se recuerda como la "segunda fase", que se extendió –con
distintas manifestaciones– desde Nueva Granada
hasta el Río de la Plata y en la que Andrés se destacó como político (llevó
muchos criollos a su causa) y como estratega (recurrió a la hidráulica,
desviando el curso de los ríos, para dirigir sus aguas sobre villas sitiadas). Entre 1781 y 1784
tuvieron en jaque a los españoles, quienes terminaron capturándolos poco a
poco con algunos triunfos militares y –muchas–
delaciones. Túpac Catari
cayó en 1781: uno de sus colaboradores lo llevó a una emboscada española. Él
y su mujer, Bartolina Sisa, corrieron la misma suerte que José Gabriel y
Micaela. También fue asesinada una hermana de Catari. El destino de Diego
Cristóbal fue tan trágico como el de su hermano y el de Túpac
Catari: a pesar de una amnistía que hubo en 1782,
lo apresaron en 1783 y lo condenaron a pesar de que nunca llegaron a tener
pruebas contra él: lo atenazaron con tenazas al rojo y lo colgaron hasta
morir. La lista de las ciudades
sublevadas y de los dirigentes que encabezaron las revueltas sería demasiado
extensa. Pero sería triste no nombrar a Vilca-Aspasa, quien no creyó en la amnistía y siguió peleando
hasta que fue muerto en 1784, y a algunas mujeres que lideraron la rebelión,
como las cacicas Marcela Castro y Tomasa Tito Condemaito (que dejó todo por la guerra, marido incluido,
y guerreaba siempre al frente). Las dos murieron con horribles suplicios; Tomasa junto con Túpac Amaru. |
Los textos clásicos de
Historia argentina no alcanzan a dar cuenta de las dimensiones del alzamiento, que
no sólo se hacía en nombre de los pueblos indios, sino también de los criollos
y de los esclavos negros (fue el primer líder en el mundo que proclamó la
abolición de la esclavitud).
América era por entonces
un polvorín: a lo largo de casi todo el siglo XVIII las rebeliones surgían aquí
y allá donde la opresión española se hacía insostenible –porque dejaban la vida
en las minas o eran expoliados por corregidores y toda laya de funcionarios–, y Túpac Amaru encarnó para cientos de miles de personas una esperanza
concreta de liberación.
A grandes rasgos, la gesta
es conocida: el "grito de Tinta" (cuando en noviembre de 1780
capturaron y ejecutaron al corregidor Antonio de Arriaga)
fue la señal para un levantamiento casi generalizado en las comunidades indias
del Alto Perú y el Cuzco. Pero la historia de Túpac Amaru estuvo lejos de terminar con su muerte: la rebelión
continuó bajo la dirección de los familiares que lo sobrevivieron
(particularmente su hermano Diego Cristóbal y su sobrino Andrés) y de Túpac Catari (hermano de Tomás,
Dámaso y Nicolás). El movimiento comenzó espasmódicamente varios años antes de
1780 (uno de sus puntos más álgidos fue, en abril de ese año, el asesinato de
Tomás Catari) y prosiguió durante unos años en tres
virreinatos: el del Río de la Plata, el del Perú y el de Nueva Granada. Si los
españoles obtuvieron triunfos militares fue, mayormente, sólo gracias a
delaciones previas.
Cielo
arriba de Jujuy
La situación de los indios
en el Noroeste argentino no era mucho mejor que la de sus hermanos altoperuanos. Los indios de Santa Catalina y Rinconada
habían llegado a un punto tal de mortandad que el propio rey de España llegó a
ordenar que no se los obligara a cumplir la mita (trabajo obligatorio).
Antes del grito de Tinta
ya llegaban a Jujuy las noticias de la sublevación en la altoperuana
Chayanta. Un mes después se enteraban de
levantamientos en Potosí y Chuquisaca. Las noticias
posteriores de Túpac Amaru
terminaron de alistar el fermento: entre febrero y marzo de 1781 comenzaron las
rebeliones en el Chaco jujeño (los tobas de la reducción de San Ignacio) y la
Puna.
José Quiroga, lenguaraz de
la reducción, aprovechó sus relaciones con los tobas y otros grupos para
organizar el movimiento en favor de Túpac Amaru. El gobernador militar de Jujuy, Gregorio Zegada, lo informó así: "Los indios tobas han
esparcido la voz, por su intérprete y caudillo José Quiroga, cristiano que se
ha aliado con ellos, diciendo que los pobres quieren defenderse de la tiranía
del español, y que muriendo todos, sin reserva de criaturas de pecho, sólo
gobernarán los indios por disposición de su rey-Inca, cuyo maldito nombre ha
hecho perder el sentido a estos indios".
Entretanto, en la Puna, el
sargento criollo Luis Lasso de la Vega –que también
estaba en contacto con los altoperuanos– se proclamó
gobernador de la región en nombre de Túpac Amaru. En Rinconada, Casabindo,
Santa Catalina y Cochinoca también había movimientos.
La delación de algunos
caciques y criollos condenó al fracaso la rebelión. Según una nota enviada al
virrey por el Cabildo de Jujuy, un tal Pedro Serrano denunció que Quiroga le
había dicho que "venían en defensa de la gente baja, pues a todos los
estaban matando en esta ciudad para que tuviese menos vasallos el dicho
rey-Inca". Este Serrano había fingido participar del alzamiento como
capitán para enterarse de los movimientos de Quiroga y denunciarlo. En la
localidad de Zapla también se hicieron delaciones.
El resultado fue un
combate en Zapla, en el que el gobernador Zegada tomó prisioneros y obligó a los indios a refugiarse
en el monte. Esa victoria impidió que los indios tomaran la ciudad de San
Salvador de Jujuy, que había sido sitiada. Mientras, Zegada
había pedido ayuda al gobernador-intendente del Tucumán, pero éste no pudo
prestársela, pues debía contener otros ataques en Salta.
Quiroga y su segundo,
Domingo Morales, fueron capturados y torturados antes de morir. En el juicio
sumario que se les hizo a los prisioneros, los cabecillas fueron condenados a
muerte y el resto a ser marcados a fuego con una letra "R" (de
"rebelde") y a varios años de trabajos forzados.
Wichis y chiriguanos
Lo que tenía ocupado al
gobernador-intendente Mestre en Salta era otro
alzamiento, el de los wichis.
Entre él y Zegada se encargaron de los escarmientos, tal como cuenta
en una carta enviada en abril al virrey Vértiz:
"... se me dio
noticia que el comandante don Cristóbal López y el gobernador de armas don
Gregorio Zegada habían logrado avanzar a dichos
matacos y a apresar el número de 65 bien armados, 12 pequeños y 12 mujeres, y
la vieja que traían por adivina y que los conducía a la ciudad. Pero
considerando el disgusto del vecindario, las ningunas proporciones de
asegurarlos y transportarlos al interior de la provincia sin un crecido costo
de la real hacienda (...) y finalmente que la intención de eso fue la de ayudar
a los tobas a poner a la obra sus proyectos, incurriendo en la ingratitud que
otras ocasiones, sin tener aprecio de la compasión que se les ha mirado
siempre, manteniéndolos aun sin estar sujetos a reducción, y que su
subsistencia sería sumamente perjudicial, les mandé pasar por las armas y
dejarlos pendientes de los árboles de los caminos, para que sirva de terror y
escarmiento a los demás."
A pesar de la dispersión
de fuerzas y de haber perdido a los dirigentes que los cohesionaban, tobas y
matacos dieron pelea hasta 1785. La brutal represalia a que se los sometió
apagó finalmente la rebelión, aunque siguió habiendo uno que otro estallido
hasta fines del siglo XVIII. Para entonces, la segunda fase del levantamiento
en Perú y el Alto Perú ya había sido sofocada, Diego Cristóbal Amaru y Túpac Catari
ejecutados (éste sufrió el mismo tormento que su tocayo Amaru).
Los que nunca terminaron
de dar tregua fueron los chiriguanos, que tomaron la
posta y comenzaron una nueva ofensiva hacia 1796 en el Norte argentino y el
Alto Perú contra ciudades y grupos indígenas reducidos por los religiosos. La
represión española, a cargo del gobernador de Cochabamba Francisco de Viedma y
del de Potosí, Francisco de Paula Sanz, nunca tuvo éxito contra ellos: aunque
les quemaban tierras y alimentos, les envenenaban el agua y mataban a cuantos
se les cruzaran, los chiriguanos practicaban una
especie de guerra de guerrillas y se volatilizaban ayudados por el monte. Si
algún grupo corría el riesgo de caer en manos españolas, prefería despeñarse
junto con su familia.
La campaña de Sanz
(iniciada en 1805) terminó en retirada española, luego de enfrentamientos con
grupos chiriguanos aliados a los chanés.
Mirando al Sur
Tucumán, La Rioja, Córdoba,
Mendoza, Santiago del Estero: en mayor o menor medida, ninguna región escapó a
la fiebre vindicadora. Estos movimientos eran más débiles a medida que se
alejaba del núcleo indígena asociado al antiguo imperio incaico, pero generaron
más de un sobresalto. Los levantamientos diaguitas, al norte, fueron
rápidamente sofocados, mientras que en Mendoza la insurgencia no pasó de la
publicación de panfletos antiespañoles.
Paralelamente, las deserciones de milicianos criollos a lo largo del territorio
virreinal cada vez preocupaba más a las autoridades
coloniales.
El siglo XIX tuvo otro
tenor: la marca de las luchas por la independencia en todo el continente
pusieron en suspenso los reclamos de las comunidades indígenas, aunque eso no
significó necesariamente la paz (en nuestro país tenemos fresco el recuerdo de
los malones y su contracara, la Campaña del
Desierto), y el siglo XX se caracterizó por la reorganización de los distintos
pueblos.
Pero en Latinoamérica el
conflicto no terminó. En ocasiones se manifestó sordamente, sin poder llegar a
los medios masivos. Otras fue contundente, como el derrocamiento –el 21 de
enero de 2000– del presidente ecuatoriano Jamil Mahuad, a quien los militares pidieron la renuncia luego de
una multitudinaria marcha de campesinos (los descendientes de aquellos
rebeldes) sobre Quito. En Bolivia, además de las luchas mineras de los años ’60
y 70, kollas y aymarás han
manifestado hace unos días su intención de tomar el poder y crear una nación
india. ¿Cómo recordarán a su líder para este aniversario tan redondo? Y si
hacen ruido, habrá que ver si los noticieros lo cuentan como la Historia
oficial o como la otra Historia.
© 2001