Nueva 335, 14/12/1997

Villa Borghese

FIESTA PARA LOS OJOS

Después de catorce años reabrió sus puertas uno de los museos más lindos de Roma. Construido hace casi cuatro siglos para solaz de un cardenal, el palacio -famoso en todo el mundo por su belleza- albergó también a una escandalosa celebridad: Paulina Bonaparte.

Por Amanda Paltrinieri

 

Es "la" villa, en el sentido que los italianos le dan a la palabra. Durante décadas, incluso cuando la pátina del tiempo y el descuido la habían afeado, miles de turistas llegaban a las afueras de Roma para conocer la residencia quizá más famosa de la ciudad: Villa Borghese.

Nada atrae tanto como la decadencia de un antiguo esplendor, especialmente cuando se trata de un lugar donde vivió una de las familias más poderosas de su época.

Pero hace catorce años, en 1983, el palacio dijo basta: fue preciso que se derrumbara una parte del techo para que las autoridades se decidieran a cerrarlo y reacondicionarlo de una vez por todas.

Escipión, el romano

Como los Medici de Florencia o los Colonna y Borgia romanos, los Borghese lograron instalar a uno de los suyos en la cima del Vaticano: Camilo -quien tomó el nombre de Paulo V cuando fue elegido papa en 1605-, recordado por haber condenado la teoría heliocéntrica de Nicolás Copérnico, fallecido varias décadas antes.

Camilo hizo lo que se acostumbraba entonces: nombró cardenal a uno de sus sobrinos, Escipión. Éste -también como hombre de su época- se encargó de aumentar la grandeza de la corte pontificia en materia de arte.

Ese mismo año Escipión hizo construir la famosa villa, cuyo parque de pinos es uno de los más hermosos paseos de Roma: un lugar acorde con las maravillas que comenzó a coleccionar apenas puso manos a la obra... Y nunca tan bien dicho lo de "poner manos a la obra" porque además de su inconmensurable amor por el arte, el cardenal se hizo famoso por sus métodos expeditivos para conseguir lo que quería.

Cuando un pintor no quiso venderle uno de sus cuadros, Escipión ordenó guardarlo hasta que el artista lo pensara mejor. Claro, ¿quién iba a discutirle algo al sobrino del Papa? La deposición, una obra de Rafael, fue sacada una noche de una iglesia de la ciudad de Perusa. Una multitud colérica quiso defender su patrimonio, pero a Borghese no se le movió un pelo. El propio Paulo V confiscó a un noble siete cuadros y se los regaló al cardenal. Todo, por supuesto, fue a parar a la Villa.

Pero así como era poco escrupuloso, bajo su batuta floreció una nueva tendencia que desplazó al antiguo Renacimiento y se expandió por toda Europa: el barroco, cuyos principales exponentes fueron el pintor Caravaggio y el escultor Gian Lorenzo Bernini, dos de los artistas predilectos de Escipión.

Al primero le compró varios cuadros: San Bautista, la Madonna de los palafreneros, David con la cabeza de Goliat, San Jerónimo, Autorretrato como Baco enfermo. A Bernini le encargó cuatro de las que fueron sus más conocidas estatuas: El rapto de Proserpina, David, Apolo y Dafne y Eneas y Anquises.

A la audacia -para aquel tiempo- de coleccionar tales piezas correspondió también un gran amor por las de la Antigüedad: financió grandes trabajos de excavación y adornó la Villa con imponentes estatuas de la vieja Roma.

Paulina, y después la ruina

El esplendor familiar comenzó a declinar dos siglos después, por la época en que el príncipe Camilo Borghese se casó -en 1803- con Paulina Bonaparte (recuadro), hermana del todavía cónsul Napoleón.

Camilo era más bien gordito, robusto y de talla corta, pero tenía su apostura. Y, sobre todo, una renta millonaria. "Era -lo describió uno de sus secretarios- el más extraño tipo de avaro fastuoso que se haya conocido jamás. No le importaba gastar miles de escudos en comprar elegantes fruslerías y, en cambio, no daba cien francos para una obra de caridad."

Al poco tiempo, el cuñado devenido emperador obligó a Camilo a venderle más de trescientas piezas de su colección arqueológica. (Nunca terminó de pagarlas: ahora están en el museo del Louvre con el culposo nombre de "fondo Borghese".)

A pesar de que Paulina odiaba la Villa (en realidad, odiaba vivir en Roma) le regaló una de las piezas más emblemáticas: la obra cumbre del escultor Antonio Canova que la mostraba desnuda como una Venus. Cabe aclarar que la princesa Borghese no se había convertido en modelo por amor al arte sino para escandalizar a sus vecinos.

Paulina tenía sus razones para odiar la vida en Roma: no vivía allí porque fuera la residencia de su segundo marido sino porque Napoleón se la había sacado de encima, harto de la mala reputación de su hermana.

Entre el despilfarro y las malas inversiones, a fines del siglo pasado los Borghese estaban bastante arruinados. El príncipe Paulo no tuvo más remedio que vender la Villa con todo incluido y el Estado la compró a un precio bajísimo para convertirla en museo.

Pero la decadencia de Villa Borghese continuó hasta el colapso de 1983: el decorado de las paredes se tornó desvaído, los mármoles -particularmente el de la sensual Paulina- quedaban pringosos a fuerza de ser manoseados por los visitantes y debían ser limpiados cada dos por tres.

La puesta a punto del museo también tuvo su cuota de escándalos -especialmente por la demora- hasta que estuvo todo listo: se instalaron sistemas de climatización y seguridad, se restauraron estatuas y bustos, especialmente los de la fachada, tan dañada por la intemperie. Todo recuperó la antigua fastuosidad. Los trompes l’oeil del interior volvieron a brillar con los colores originales, lo mismo que los frisos de los corredores y los frescos de los cielorrasos.

La espera valió la pena. Casi cuatrocientos años después de su construcción, Villa Borghese recuperó su lugar y hoy es nuevamente -si no el más- uno de los palacios más hermosos de Roma.

Recuadro

Los amores de Paulina

De los Bonaparte, Paulina -según Octavio Faguet, uno de sus biógrafos- fue quien más alteró la paz familiar. Nacida en 1780, fue tan ligera de cascos como hermosa. De su boca no salía una idea inteligente ni por error, pero su belleza (y su apellido) provocaba los ardores de los hombres y la envidia de las mujeres. Cuando ella llegaba a alguna reunión no se podía hablar más que de vestidos y tocados: la sola mención de algún tema artístico o literario provocaba el enojo de Paulina pues era nula en esos terrenos.

Antes de que terminara de perder su reputación, Napoleón consiguió casarla con el general Charles Leclerc. Paulina tenía dieciséis años y ninguna disposición para el matrimonio. No tardó en conseguirse un par de amantes, entre ellos uno a quien compartía con su cuñada Josefina.

Leclerc pudo haber tolerado las habladurías (tampoco le quedaba otra), pero Napoleón, no: de un día para el otro envió al general -con su esposa, por supuesto- a Santo Domingo a sofocar una rebelión de la población negra.

Paulina -como muchas francesas en Centroamérica- no tardó en descubrir el ardor de los mulatos. Eso ya fue demasiado para Leclerc. De todos modos -era un hombre muy discreto- no rompió con su mujer, sino que se limitó a lanzar un edicto: "Las mujeres blancas que se prostituyan con los negros, cualquiera que sea su rango, serán enviadas a Francia."

La joven debió cuidarse, pero no por mucho tiempo: en 1802 la fiebre amarilla la dejó viuda a los veintidós años. Paulina tomó el primer barco que zarpaba rumbo a París y llevó el corazón de su marido en una urna de oro que decía: "Paulette Bonaparte, casada con el general Leclerc el 26 pradial, año cinco, ha encerrado en esta urna su amor junto al corazón de su esposo…". Llevaba también cuatro esclavas y un esclavo para su placer personal.

Al año siguiente se casó con Borghese y la pareja viajó a Roma. A pesar de que allí se aburría demasiado (sólo sus esclavos-masajistas parecían entretenerla), Napoleón no le permitió volver: "Si te obstinas en volver a París, no cuentes conmigo. Yo no te acogeré sin que antes ceses los desacuerdos con tu marido y las antipatías por Roma. Ponte bien con el príncipe, acoge bien a los romanos y procura vivir como corresponde a mi nombre y a tu alcurnia."

Por esos días llamó a Canova y le pidió que la "inmortalice" en una estatua. Pero no una cualquiera: debía ser una Venus o, por lo menos, una Galatea. Paulina posó desnuda, recostada en una chaise-longue con una manzana en la mano. Fue la obra maestra de Canova, pero uno de los más grandes escándalos en Roma. ("¡Oh..! Estaba encendida la chimenea", dicen que contestó Paulina cuando alguien le preguntó cómo podía desnudarse ante un extraño.)

Finalmente se reconcilió con Napoleón y volvió a París en los días de la coronación de su hermano como emperador… Más aun: ella y su madre fueron los únicos miembros de la familia que lo acompañaron al exilio en la isla de Elba.

Pero la tuberculosis -agravada por la vida desordenada que siempre llevó- pudo con ella: murió en 1825, antes de cumplir los cuarenta y cinco años. Dicen que lo último que hizo fue mirarse al espejo. El príncipe estaba a su lado; la enterró en el panteón familiar. de los Borghese.

© 1997

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