Nueva 542, 2/12/2001

Brasil

LOS SEÑORES DE LA LAGUNA

La pesca artesanal del camarón, una de las principales actividades de Laguna, en el estado de Santa Catarina, agoniza jaqueada por la contaminación y la industrialización.

Por Amanda Paltrinieri

Informe y fotos: Ricardo Ceppi

No muy lejos de la Argentina, en plena tierra “gaúcha”, en el estado de Santa Catarina, está la ciudad de Laguna. Allí, donde Giuseppe y Anita Garibaldi comenzaron un amor de aquellos que hacen historia (de cuyo recuerdo se enorgullecen los pobladores), sobrevive como puede una industria –o artesanía por su método de producción- amenazada por la contaminación y la industrialización: la captura del camarón.

Un turista contemplativo puede pasar horas mirando la pesca: por la noche, decenas (o cientos) de lucecitas que titilan sobre el oscuro espejo de agua; durante el día, la manipulación de las redes, la llegada de los botes a puerto y la actividad en el mercado seducen al paseante de mirada abierta.

En las afueras de la ciudad, la colonia de pescadores cuenta con unas tres mil personas y sus familias. El número decayó con la producción: como indica Obadías Gonzales Barrero, 74 años, presidente de la Cooperativa de Pescadores Z-14 de Laguna, “no hubo una política correcta para preservar las lagunas y en consecuencia están acabando con ese manantial que era un gran criadero”. También bajó el nivel del agua: si antes tenía cinco metros de profundidad, ahora tiene dos.

La laguna (son tres, interconectadas: Santo Antonio, Imaruí y Miri), alberga camarones, siris (cangrejos), tainhas y anchoas, pero cada vez hay menos ejemplares por los agrotóxicos y la polución proveniente de las minas de carbón que arrojan sus residuos a los ríos afluentes. “Esto perjudicó sensiblemente el flujo de las aguas –expliva Gonzales Barrero-. Las especies corren riesgo de desaparecer porque el agua no trae más el oxígeno necesario para su supervivencia. El camarón todavía resiste; el cangrejo lo hace en cantidades menores.”

La cooperativa que preside Gonzales Barrero tiene sus laureles, como el premio que le otorgaron en 1998 la UNESCO y la Fundación OndAzul por la mejor iniciativa para el litoral brasileño en cuanto a protección del medio ambiente y de la pesca. Pero la realidad es lapidaria: de cien toneladas mensuales que pescaban años atrás, hoy apenas producen unas diez. Por si fuera poco, se establecieron criaderos de camarones de Malasia, que compiten con los lugareños.

La rutina de los pescadores es siempre la misma: salen con sus embarcaciones y sus redes en lo que llaman allá “la boca de la noche”. El secreto está en los faroles colocados en unos postes que también hacen las veces de sostén de las redes: los camarones entran en la trampa atraídos por la luz y luego no pueden salir (la captura es nocturna: los bichos se desplazan por la noche y pasan el día enterrados en la arena del fondo de la laguna). Alrededor de las cinco de la mañana, los pescadores vuelven a recoger la captura y pasan lo que resta del día arreglando redes y barcas.

A pesar de lo cerca que está Laguna de Florianópolis, los argentinos no suelen acercarse hasta allí. Y vale la pena hacerlo, tanto por el centro colonial de la ciudad (imperdible la catedral, toda –dicen- laminada en oro), por sus playas -algunas todavía vírgenes- y el Farol de Santa Marta, el faro más grande de América, como por ver a los últimos exponentes de una actividad que se extingue.

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